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miércoles, 26 de julio de 2017

LA LIBERTAD COMO ILUSIÓN


Ilusión tiene un sentido negativo (algo que parece real pero no lo es) y otro positivo (algo que provoca entusiasmo y esperanza). Sólo en español adquiere este sentido positivo, y quizás por eso podemos pasar tan fácilmente de ilusionado a iluso, de visión a alucinación, de ideal a utopía, del ensueño a delirio. Cervantes construyó con esta dualidad a don Quijote y logró describir esa inquietante propensión a ir de un extremo a otro sin solución de continuidad, que es quizás el rasgo histórico que define mejor al español.

(Angela T. Galisteo)
De todas las ilusiones, la que más me interesa es la ilusión mental. Me refiero a esas ideas y creencias que tomamos por reales aunque nunca nos hayamos parado a comprobar si son o no meras ilusiones. La que más arraigo tiene, quizás porque no podamos vivir si ella, es la ilusión de libertad. El sentido de identidad individual se fundamenta en la ilusion mental de que somos lose fundamentas en la ilusia comprobar si no son meras ilusiones.itar que, como ocurris en disputa son ón mental de que somos dueños de nuestras ideas y pensamientos y que, por lo mismo, las decisiones que tomamos cada instante nacen de nuestra voluntad.

Si algo me ha enseñado la vida es que ni nací libre, ni soy ni seré nunca libre y que, sin embargo, necesito ser libre, creer en mi libertad, luchar por ella y ejercerla tanto como necesito respirar. Precisamente porque la libertad es una ilusión, por un lado no me hago ilusiones sobre ella (que es tanto como no hacerlas sobre mí mismo y mis poderes), pero, como también es un anhelo necesario, no dejaré de construir dentro de mi mente un espacio libre de prejuicios, de ideas impuestas, de hábitos y automatismos: esta es mi verdadera libertad, la libertad de pensar y juzgar por mí mismo en función de lo que veo, lo que siento, lo que sé y lo que razono.

Sólo cuando uno se toma a sí mismo como lo que es, un ser único e intransferible; sólo cuando uno se responsabiliza de su individualidad, puede compartir con otros sus ideas, contrastarlas, discutirlas, despojarlas de toda imposición y dogmatismo, que es lo contrario de la libertad. Responsabilizarse de las propias ideas exige un estado de permanente vigilancia para no dejarse arrastrar por la tendencia al gregarismo, la adaptación al grupo, la acomodación al entorno, el miedo a la exclusión y el aislamiento.

Observo a muchos que me rodean y pienso que serían capaces de morir por unas ideas que no son suyas porque jamás se han parado a despojarlas de la ilusión de verdad que encierran; capaces de entregarse con una pasión desbordada a defender ideas que otros han metido en su cabeza y en las que creen con fe ciega; seres que se creen muy libres mientras reaccionan como autómatas en cuanto alguien pone en duda sus creencias.

Aspiro a ser cada día más libre, o sea, a tener ideas propias, construidas sobre la objetividad y la razón; ideas libres, que sólo ellas pueden ser liberadoras; ideas descontaminadas, que no me obliguen a aceptar lo que otros dicen por miedo al rechazo, al chantaje de la inseguridad. Aspiro a tener cada día más ideas y menos ideología, porque las ideas pueden ser propias, pero la ideología es siempre colectiva. Compartir ideas sin necesidad de defender una ideología, porque el paso de ideología a creencia, y de creencia a dogma, es casi inevitable. La clave está en no confundir las ideas con la persona, romper esa tendencia perversa a identificarnos con nuestras ideas, haciéndolas carne de nuestra carne. Yo soy mucho más que mis ideas, y más cuando se convierten en creencias y dogmas a las que entrego mi seguridad. Porque cuanto más inseguro, más dogmático.

Al no darle valor objetivo a las ideas, al confundirlas pegajosamente con nuestras emociones y nuestra identidad, acabamos convirtiendo cualquier idea en opinión, o sea, en una idea de mi propiedad. Contradecirla, por lo mismo, es atacar a la persona, despojarla de algo que le pertenece. Pero no, las ideas, una vez expresadas, ya no son de uno, son de cualquiera que las analice, discuta, acepte o rechace.

Apliquen estas reflexiones a la política dominante, donde toda idea (incluso buena) acaba convirtiéndose en opinión, ideología, dogma, religión y secta. Vean a los ultraseguidores de Podemos, de Pedro Sánchez, de los nacionalistas, euskaldunes y galleguistas; a los antisemitas propalestinos (siempre disfrazados de antisionistas), a los antitaurinos hispanófobos, los animalistas agresivos, a la policía política del movimiento LGTBIQ, a los chavistas, los monederistas, los ultraliberales, los antiabortistas o, de modo extremo, a los islamistas y sus defensores. Todos, por supuesto, se creen muy libres, incluso defensores de la libertad. Ilusos, pero peligrosos.





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