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viernes, 8 de febrero de 2019

LA DEMOCRACIA EXIGE DEMÓCRATAS


Pensar y pesar tienen la misma raíz etimológica, del latín "pensare", que a su vez proviene de "pendere", que significa pender, colgar. La balanza y la romana eran instrumentos en los que se colocaba o colgaba aquello que había que pesar. El peso lo marcaba el "fiel de la balanza". De niño, casi todo cuanto se compraba se pesaba con balanzas y romanas. Son para mí piezas entrañables, evocadoras de olores en tiendas de ultramarinos. Su desaparición indica que el mundo ha cambiado, y nosotros con él. El otro sentido de pesar (tristeza, abatimiento) es un derivado metafórico que une el pensar y el pesar: el mucho pensar puede producir pesar, decaimiento, ese carecer de fuerza para elevarnos y luchar contra la gravedad de la vida.

Si escribir en España, en tiempos de Larra, era llorar, hoy pensar (y escribir lo que se piensa) es también un pesar, un aceptar el peso de lo pensado, hasta llegar a veces al abatimiento. Porquepensar, verdaderamente, es siempre pensar de modo diferente, o sea, no repetir el pensamiento de los otros.Tenemos la mente secuestrada por el pensamiento de los otros. En cuanto pensamos algo distinto buscamos enseguida la aprobación de los demás. Pero repetir lo que otros han pensado no es pensar. Si así fuera no habríamos salido nunca de la manada, la tribu, el clan. Pensar es liberarse de la presión mental de los otros.

La democracia exige ciudadanos que piensen, por eso es tan frágil e inestable.Por eso no hay que darla nunca por sentada. Por eso es tan importante estimar y estimular el pensamiento libre, sin el cual es imposible ser demócrata. Porque existe una estrecha relación entre democracia y pensar. Ser demócrata no es tener una idea fija y preconcebida de todo aquello que debe proponerse, decidirse o realizarse, sino el ser capaz de pensar, sopesar y ponderar en cada momento lo más apropiado, lo que más interesa al bien común y el interés de todos.

Pensar democráticamente es encontrar un equilibrio, un balance entre el interés particular y el general, entre lo que me conviene a mí y lo que conviene a la mayoría. La democracia, como el pensamiento, es sopesar y elegir: entre propuestas, entre proyectos, entre partidos, entre candidatos. Allí donde los ciudadanos renuncian a pensar por sí mismos, allí empieza la democracia a tambalearse.La democracia moderna comenzó con la Ilustración, o sea, con el pensamiento libre. Renunciar a pensar es renunciar a la democracia.

Piensen ahora en Cataluñao en Venezuela, por poner los dos ejemplos de mayor actualidad. Piensen en eso del pensamiento único y entenderán que es incompatible con la democracia. Porque la democracia no es vencer, sino convencer a la mayoría. Y para convencer hay que razonar, ponderar, equilibrar el peso de un pensamiento con el de otro, los intereses de unos con los intereses de otros.

Me produce pesar el comprobar que hoy los partidos han sustituido el pensamiento, no ya por la ideología o las creencias, sino por un no pensar, por carecer, no ya de ideas propias, sino simplemente de ideas. La democracia, o sea, el pensamiento libre, ha desaparecido de su vida. Pensemos en Podemos, en el PSOE o en VOX, por no citar al resto, especialmente a los partidos separatistas, absortos en una sola idea, un único pensamiento.Lo peor es que todos lo partidos creen que lo importante es conseguir "seguidores", votantes "fieles", para lo cual basta con difundir ideas simples, cuanto más vacías, cuanto menos obliguen a pensar, mejor.

Pero repitámoslo: no puede haber democracia sin demócratas, y no hay demócratas allí donde no hay ciudadanos que piensan, que asumen el peso y el pesar de pensar libremente. Sólo las ideas convencen. Los partidos, en una democracia, no pueden ser meros instrumentos de manipulación y propaganda con el único propósito de vencer, anulando el pensamiento.

En época de crisis como la que vivimos, de incertidumbre y confusión, muchos creen que lo mejor es no pensar, renunciar al pensamiento libre, acomodarse al grupo, protegerse en el refugio de la manada, tenga las siglas que tenga. Pero esto es suicida. No tenemos otra salida que la democracia, y no hay democracia allí donde no hay demócratas, o sea, ciudadanos que piensan por sí mismos y confían en su pensamiento. A su pesar, y a pesar de los pesares.

jueves, 31 de enero de 2019

PREVER LO IMPREVISIBLE


En mi tranquila y cambiante vida, que ya empieza a ser como la sombra del ciprés, ¿qué es lo que más me ha costado aprender? ¿Qué es lo que nunca me han enseñado, ni advertido, ni estimulado a desarrollar? Hay una larga serie de verbos que deberíamos aprender a conjugar, a practicar, y esto también podría enseñarse en la escuela: atisbar, avizorar, precaver, alertar, reparar, percatarse, fijarse, observar, prevenir. Desarrollar esa capacidad oculta que a veces llamamos intuición, corazonada, aprensión, sobre aviso: o sea, llegar a prever lo imprevisto y hasta lo imprevisible. Sí, lo sé, esto es un imposible, una contradicción lógica, pero aceptemos la paradoja.

Me refiero a conocer de antemano, a sospechar o suponer que algo puede ocurrir, observando y percatándonos de señales o hechos que están a nuestra vista o alcance y que, de no tener desarrollada esa facultad observadora-anticipadora, acabará pillándonos por sorpresa, a veces con efectos demoledores. Esto vale tanto para nuestra vida personal y diaria como para la colectiva, esa charca en la que nos movemos y agitamos como renacuajos.

Nos cuentan que hemos venido a este mundo para ser felices, y pensamos que la vida plena es aquella que acumula experiencias positivas, que avanza en línea recta hacia objetivos cada vez más elevados y gratificantes; que el fin de la sociedad es progresar ininterrumpidamente, alcanzar cada vez un mayor nivel de bienestar, comodidad, placer, consumo. Necesitamos creer que todo lo que nos rodea estará ahí mañana, cuando nos levantemos, y que si algo se altera superficialmente, pronto volverá a ser como antes, sólido y seguro. Al mismo tiempo, aborrecemos la rutina, anhelamos la novedad, nos gustan los cambios, que siempre identificamos como progreso.

A mí me parece que este modo de encarar la vida, el presente y el futuro, tiene un fallo, comete un error tremendo porque no introduce un elemento que forma parte esencial de nuestra vida y del mundo: el principio de incertidumbre, eso que ya Heisenberg descubrió en el corazón mismo del átomo. Este principio no es nuevo. Fernando de Rojas, en "La Celestina", ya lo expuso de forma admirable. Citando a Heráclito dice que "todas las cosas ser criadas a manera de contienda o batalla". Y traduciendo a Petrarca: "sin lid y ofensión ninguna cosa engendró la natura, madre de todo". Toda guerra o contienda se caracteriza por la imprevisión de su comienzo y la incertidumbre de su resultado.

Todas las convulsiones de la vida política actual confirman la validez de este principio de incertidumbre. Vean a Podemos cómo se desmorona, cómo avanza VOX, cómo el PSOE se tambalea ante el desconcierto de sus electores, cómo Cs titubea y es incapaz de prever las consecuencias de su propia inconsistencia, cómo el PP, por más aspavientos aznaristas que haga, no es capaz de reconocer (y corregir) su culpabilidad en este llevarnos hacia al abismo, ese agujero negro que, aunque invisible, es un hecho previsible. ¿Qué fue de aquella paz?, diremos un día. ¿Qué será de la paz de ahora, de la que todavía gozamos?

Volvamos a "La Celestina". "¿Cómo no gocé más del gozo? ¿Cómo tuve en tan poco la gloria que entre mis manos tuve?", se lamenta Melibea ante el cráneo destrozado de Calixto. Y extiende su reflexión: "¡Oh ingratos mortales, jamás conocéis vuestros bienes sino cuando de ellos carecéis!"

Sí, lo que más me ha costado en mi vida ha sido aprender a prever lo imprevisible, el contar conque el mal, la maldad, la mezquindad, un agujero negro de egoísmo, envidia, desprecio, engaño y traición, anida en el corazón de cualquier ser humano, y que, si eres capaz de observar y atender a las señales invisibles de esa energía oscura, podrás al menos prepararte para el golpe, volverte, no inaccesible, sino transparente para que esa energía siga su camino y no se instale en ti.

Creo que la vida es un misterio insondable, y que para vivirla y gozarla intensamente, es necesario aprender a sufrir los embates de lo imprevisible; que necesitamos no sólo tener experiencias felices, sino dolorosas, adentrarnos en abismos inimaginables, porque sin conocer esos infiernos, jamás podremos valorar la paz, la justicia, el bienestar, la verdad, el amor y la amistad.

La vida es corta, aprender a prever lo imprevisto es tan necesario como respirar. No a evitar lo imprevisible, sino a contar con ello. No a estar en un permanente y agotador estado de desconfianza y alerta, sino de lucidez, de desapego, de libertad de pensamiento. Todo puede siempre ir a peor, sí, pero también a mejor. Prever y prevenir, no tenemos otro camino.

domingo, 27 de enero de 2019

INANIDAD DEL PRESENTE



Siempre me ha llamado la atención ese fenómeno al que podríamos llamar "inversión semántica", por el que una palabra pasa a significar lo contrario de lo que significaba en su origen, y que nos revela su etimología. "Nada", por ejemplo, dicen que proviene de "nata" ("res nata", cosa nacida) y de "nati", nacidos, deriva "nadie". ¿Tan efímero es todo, que al nacer ya es nada, y tan insignificantes todos, que ya nacidos somos nadie? El español ha sido muy creativo en torno a este campo semántico: nadería, nonada, anodino, anonadar, nimiedad, nulidad, futilidad, insignificancia, fruslería...

Pensando en un tema sobre el que hilvanar alguna reflexión para cumplir con mi cita semanal en estas páginas, confieso que esta vez nada me estimulaba, nada tiraba de mí, nada agitaba mi "segundo cerebro" (ese montón de neuronas que viven en nuestras entrañas, de donde siempre parto) y sí, en cambio, se fue apoderando de mí cierta indolencia, cierta sensación de inutilidad. Me vino así la palabra "inanidad", y ahí se ha quedado hasta el punto de coronarse como titular de este articulillo que, en consecuencia, no podrá ser sino "inane".

Porque hoy veo la realidad que nos rodea (que me rodea) como cosa insustancial, insignificante, saturada de nimiedades que tratan inútilmente de rellenar el vacío, la vacuidad esencial del día a día, por más agitación, aspavientos, declaraciones rimbombantes, convenciones, rescates imposibles, taladros para horadar lo duro, lo sumergido. Para sustituir la incertidumbre y la confusión y el miedo y la inseguridad esencial de la vida por un imposible sustancial, trascendente.

Pero sobre todo veo la política de nuestros políticos como el reino de la inanidad, la nadería, la insustancialidad, algo tan inasible, intangible y efímero cuanto con más virulencia se proclama y defiende. Yo creo que esta era, esta nueva era de inanidad, la inauguró Zapatero, al que algunos tardaron en descubrir como otros han tardado en descubrir la vacuidad de Iglesias, Monedero o Errejón. Pedro Sánchez, sin duda, ocupa hoy el trono de los inanes, los fútiles y vacuos (que no inocuos, sino inicuos), alcurnia insípida de la que no podemos descartar a otro que lleva tiempo haciendo méritos para entrar en este club de elegidos, Albert Rivera. La inanidad de los Puigdemont, Torras y Junqueras pertenece a otra categoría, la de los apostólicos, que son tantos y tan variados que podríamos abrir con ellos otra taxonomía.

Pero como la inanidad raya con la memez, dejaríamos este esbozo o aproximación científica a la actualidad muy inacabado, si no reveláramos que detrás de la futilidad del ahora se encuentra la fatuidad de los que acaparan la atención del momento, los que difunden el atontamiento general del presente con ínfulas de entendidos. La necedad se oculta con la impostura, la ñoñez con la vanidad, la estupidez con la insolencia. Miren hacia cualquier lado, pongan nombres, hagan juego.

Bueno, ya ven que no tengo el día ni la hora ni el momento muy lúcido, así que quédense con esta idea de que la mayoría de las cosas que consideramos importantes hoy, por el mero hecho de ser actuales, no por ello dejan de ser inanes, intrascendentes, no merecedoras de nuestra atención, y menos de nuestro desasosiego. Y que un mínimo de prudencia y sensatez nos obliga a esperar un poco, a ver qué queda de tanta alharaca, tanta algarabía, tanto fatuo vaticinador. Esperemos un poco para ver qué queda de tanto líder, tanta aclamación, tanto innovador, tanto campeador, tanto servidor de la patria, tanto estratega.

Porque la vida es frágil, el presente efímero y el futuro impredecible. ¿Y la seguridad? Quizás sólo sea eso que va por debajo, que está ahí, pero que no vemos. Como hemos comprobado que ocurre con algunas palabras, la realidad puede también acabar significando lo contrario de lo que a primera vista dice, o sea, lo que su apariencia, a la que llamamos actualidad, nos dice ahora con tanto apremio. Si dejamos que las cosas evolucionen, quizás podamos ver cómo acaban transformándose en lo contrario de lo que ahora significan. Actual no es sinónimo de urgente.

Así que, españolitos, un poco de paciencia, a barajar y a esperar, que los acontecimientos se precipitan por sí solos. Entre nosotros y la realidad sigue habiendo un abismo. Imposible eliminar de nuestras vidas la confusión, la incertidumbre y la perplejidad. Mejor pararse de vez en cuando a observar, que dejarnos arrastrar por la inanidad turbia del ahora y acabar paralizados, petrificados por lo que se nos venga encima.

martes, 22 de enero de 2019

¿VIOLENCIA DE GÉNERO?



Violencia machista o contra las mujeres, se entiende. Violencia xenófoba, homófoba, hispanófoba, también. Igualmente violencia fascista, antisemita, terrorista, yijadista... En estos casos, queda claro contra quién se dirige la violencia, y también su origen (el odio, manía o fobia contra un grupo social diferenciado). Salvo en el caso de la "violencia machista" (que incluye al autor de esa violencia, "el macho"), estos subtipos de violencia no son necesaria o exclusivamente ejercidos por hombres, pues nada impide a una mujer odiar o agredir a un hombre o a otra mujer, o ser xenófoba, homófoba, hispanófoba, fascista, antisemita o terrorista.

Digo que estos subtipos de violencia pueden más o menos entenderse y definirse, pero ¿podemos hacer lo mismo con la "violencia de género"?El genitivo "de género" es, en este sintagma, una anomalía semántica y gramatical. Necesitaría, para ser comprensible, un complemento: "de género masculino", o "contra el género femenino", por ejemplo. De hecho, no existe ninguna otra construcción sintáctica equivalente en español (¿una frase de género?, ¿un árbol de género?, ¿un enfrentamiento de género?), salvo el derivado "ideología de género".

La expresión "violencia de género" es un uso inapropiado del lenguaje que violenta las normas de combinación morfosintáctica del español,tan inaceptable como esa otra de "nación de naciones", sobre la que ya he escrito que es un imposible semántico. Sin embargo, la "violencia de género" aparece de forma obsesiva, reiterada y ostentosamente en todos los medios y en boca de todos (y todas).

Que esta distorsión lingüística haya llegado a formar parte del corpus legislativo y punitivo indica hasta qué punto hemos perdido el control de los poderes del Estado, otorgándoles una capacidad de intervenir en nuestra mente imponiéndonos un lenguaje cargado de ideología. Porque esto de la "violencia de género" funciona porque remite a una ideología sobrentendida: el feminismo ultra, que ha acabado sustituyendo al feminismo, un movimiento que en su origen defendió la muy justa y necesaria igualdad social (legal, laboral, económica) entre hombres y mujeres.

El feminismo ha acabado convirtiéndose en un esperpento de sí mismo, en la justificación ideológica de una lucha general y omnipresente contra los hombres, identificados como machos depredadores, biológica y genéticamente agresivos y maltratadores de la mujer, potencialmente asesinos, a los que sólo mediante leyes estrictas, castigos, penas y amenazas pueden ser controlados. Porque no basta con castigar los hechos -lo único que debe regular la ley-, sino que es necesario perseguir y penalizar las actitudes, los pensamientos, los sentimientos, el lenguaje, todo aquello que se interprete como el origen y la causa del mal, un mal definido siempre como absoluto.

Toda violencia o agresión de un hombre a una mujer es consecuencia de su "género" (condición biológica y sociopatriarcal); no es posible ninguna otra atribución causal (ni familiar, ni religiosa, ni patológica, ni económica, ni ambiental). De acuerdo con este reduccionismo causal, ¿cómo interpretar el que una mujer mate a su hijo, a su marido o a su padre? ¿Lo hace por ser mujer? 

La diversidad de causas y formas de violencia en nuestra sociedad obliga a que la ley se centre en los actos violentos, los tipifique en sí mismos y deje fuera cualquier atribución causal subjetiva imposible de demostrar como agravante de los hechos.El principio de que a iguales hechos, penas semejantes, debiera ser el criterio dominante. Una distorsión tan arbitraria como la que la ley actual establece perjudica no sólo a los hombres, sino a las mujeres, como se está viendo por las reacciones que está provocando.

Resulta igualmente insostenible que, por el hecho de ser mujeres, se ignore la violencia ejercida por mujeres contra hombres o contra otras mujeres, o que se olvide la violencia que los hombres ejercen contra otros hombres, como si hubiera asesinatos de primera y de segunda. ¿Por qué es más grave que un hombre mate a una mujer que a un hombre, cuando los hombres matan más a los hombres que a las mujeres? ¿Esta lacra no es también fruto del machismo, de la educación patriarcal, del ADN? 

Este peligroso entramado ideológico-moral-legislativo está produciendo efectos perversosen las relaciones entre hombres y mujeres, desvirtuando los impulsos naturales (mutuos), sometiendo la conducta a normas arbitrarias que provocan reacciones contrarias a las que se pretenden imponer. La evolución de la sociedad va hacia el respeto, la defensa de la mujer y el rechazo a toda discriminación, violencia o maltrato por el hecho de ser mujer, pero también contra todo tipo de violencia ejercida por quien sea contra quien sea. No es incompatible lo uno y lo otro. Ni creo yo que sea tan difícil recogerlo en las leyes.

sábado, 19 de enero de 2019

SUPREMACISMO MORAL


Después de las monstruosidades cometidas por los nazis, el racismo ha pasado a ser repudiado y condenado por la sociedad. Pero rechazar la ideología racista no es lo mismo que erradicarla. Ya casi nadie puede hoy esgrimir argumentos biológicos para defender la superioridad de una raza, un pueblo o un grupo social. Pero el sentimiento de superioridad, que es lo que subyace detrás de todo racismo, sigue ahí. La forma más insidiosa, camuflada y perversa es el supremacismo moral. 

Hasta la llegada del marxismo, las clases dominantes no sólo han detentado el poder económico y político, sino también el control moral y religioso. El poder siempre ha ido acompañado del supremacismo moral: los poderosos lo eran por (y para) ser los dueños de la moral. Las clases dominadas, para cambiar su situación, debieron iniciar un proceso de legitimación moral, ocupar ese espacio definido por quienes se consideraban superiores por obra y gracia de Dios o del destino. 

El esfuerzo de reconstrucción moral de la sociedad tuvo que sustituir la religión por una moralidad laica que no exigiera la fe como fundamento de las normas sociales, sino la racionalidad de la convivencia pacífica entre ciudadanos. La democracia se ha fundamentado en una doble separación: entre religión y moral, y entre moral y ley. La moral social no debe supeditarse a la religión, ni la ley debe dictar las normas morales. Todo esto choca con quienes, ya sea por sus creencias religiosas, capacidades, posición social o poder político, se consideran superiores. El sentimiento de superioridad desemboca en el supremacismo moral, fenómeno que hoy ha adquirido una importancia decisiva.

El supremacista moral se considera legitimado para imponer su ideología a los demás, para regular y controlar la vida y la conducta de los otros, los sentimientos, las ideas y hasta los gestos y las miradas. Todo debe ajustarse a una norma previamente establecida, todo debe ser moralmente correcto. Digo moral y no políticamente correcto, porque en realidad no estamos hablando del ámbito de la política, sino de la moral. 

Cuando desde el poder o los medios de comunicación públicos se dicta cómo debe uno comportarse sexualmente, verbalmente, gestualmente, emocionalmente, qué debe pensar sobre el sexo, las relaciones humanas, los inmigrantes, los musulmanes, los palestinos, los judíos, los españoles; cuando se trata de influir en su identidad sexual, imponer esa identidad categóricamente; cuando etcétera, entonces estamos ante una invasión de los supremacistas morales, sustituto de los talibanes, los savonarolas y demás inquisidores.

Este fenómeno de vuelta al oscurantismo, al fanatismo ideológico, es un paso atrás en la lucha por la libertad de conciencia, de pensamiento, de sentimientos, de conducta, de expresión y realización personal conquistadas a partir de la Ilustración y la democracia moderna. Detrás de la aparición de este nuevo supremacismo seguramente hay factores personales y también colectivos. Por un lado está la necesidad de distinguirse, de sentirse importante, de ser reconocidos, de tener poder e influencia. Por otro, el superar el anonimato, la irrelevancia de mucha gente que compensa su sentimiento de inferioridad o debilidad uniéndose a esa corriente dominante que se autodefine como los buenos, los sensibles, los defensores de los débiles, de las causas más justas.

Seguramente existen motivos ocultos, pero no menos poderosos, como es el rencor, el odio hacia quienes no piensan y sienten igual, el revanchismo, pero también injusticias y atropellos intolerables, como ha ocurrido con las mujeres y los homosexuales, algo que hoy pervive en sociedades de más de medio mundo (especialmente en el mundo islámico, algo que no parece preocupar a nuestros supremacistas morales). El error está en pretender regular la moral, en dictar leyes cuyo fundamento no es la búsqueda de la igualdad y el bien común, sino el intento de manipular y modificar las conciencias, los sentimientos, incluso la biología. El peor despotismo es el de los débiles cuando se vuelven poderosos.

Muchos de nuestros supremacistas morales justifican y camuflan su despotismo legislativo y mediático en la defensa de los débiles, pero lo hacen desde la impostura y provecho personal, porque no son ellos, precisamente, quienes más padecen esas discriminaciones que dicen combatir, sino siempre los otros, esa masa anónima a la que preocupan injusticias mucho más acuciantes, aunque menos visibles ni visibilizadas, de las que no se hacen eco los nuevos moralistas, entre otras cosas porque éstos colocan la búsqueda de la identidad (asunto personal, no colectivo) y las diferencias, por encima de la igualdad. ¿Les pongo ejemplos de desigualdades sangrantes hoy en España, de las que no se ocupan los nuevos supremacistas?

martes, 15 de enero de 2019

¿PODEMOS PRESCINDIR DE LA VERDAD?



Empieza el nuevo año y me asalta una duda metafísica nacida de los vapores que desprenden los desechos acumulados durante los pasados 365 días, por ponerle un dique numérico al río turbio de la vida. Viendo y oliendo y recordando todo lo acontecido, me llega el vaho de esa pregunta: la verdad,¿para qué? ¿Y si entráramos en un nuevo ciclo evolutivo en el que la sociedad pudiera prescindir de la verdad? ¿Y si en lugar de la verdad nos acostumbráramos a la ficción hasta el punto de no distinguir entre verdad y mentira, invención y realidad? ¿Un periodo de delirio colectivo?

Parto de un hecho empírico: es más fácil creer una mentira que aceptar una verdad. La mentira tiene la ventaja de que puede construirse con ella un relato apaciguador, coherente, inmune a la realidad de los hechos, a cuya prueba no necesita someterse. Basta con que sirva para reforzar la ideología del sujeto. La ideología (que siempre es compartida o colectiva), aclaro, es un conjunto rígido de creencias que se refuerzan entre sí de tal modo que si se pone en cuestión una de ellas, la estructura se tambalea. La verdad, en cambio, no necesita de la aceptación del sujeto para definirse y justificarse. Con la verdad (las verdades) se construye una teoría, pero no una ideología.

La verdad nace de la realidad de los hechos, pero los hechos no necesitan ser coherentes ni apaciguadores. La fuerza de la verdad nace de la rotundidad e irreversibilidad de los hechos, con independencia de la consistencia cognitiva que le otorguemos, porque la realidad no responde a nuestra lógica, sino a la suya, de la que apenas sabemos nada. Por eso la verdad es siempre más inquietante que la mentira. La verdad siempre es sospechosa, porque revela las mentiras y nos obliga a dudar de ellas. La verdad nos atrae y repele a la vez, por eso abundan más los creyentes que los científicos, los charlatanes que los hombres sensatos.

En contra de lo que se supone, con el aumento de información no ha disminuido el número de creencias y de creyentes, de mentiras y de mentirosos. Sostener una creencia o una mentira hoy es muy fácil, existen toneladas de información al alcance de cualquiera para confirmarlas. Antes bastaba con un puñadito de creencias para vivir tranquilo toda la vida; hoy necesitamos creencias para casi todo, hasta para alimentarnos, para definir nuestro sexo o para votar a un partido político.

Nuestra mente está permanentemente invadida por mensajes que no podemos, no ya verificar o poner a prueba, sino simplemente procesar. No tenemos ni tiempo ni espacio mental para hacerlo. Pero la verdad nunca nos viene dada, es preciso construirla con esfuerzo y distancia. De ahí mi pregunta: ¿y si esto de la verdad no fuera más que un deseo, una ilusión, una utopía racionalista?

En ningún ámbito se hace más patente la necesidad de esta pregunta que en el de la política. Si nos ponemos a analizar, por ejemplo, qué ha dicho y hecho Sánchez durante estos siete meses de ocupación del poder, no hay modo de establecer ningún criterio de verdad, de realidad, de consistencia objetiva. Todo, si creemos en sus palabras, es a la vez lo uno y lo otro, aquí y allá, pero siempre progreso, nueva era, avance indiscutible: "más en siete meses que en siete años", o siglos, o milenios, qué más da. La mayor prueba de la mentira es que resiste la contradicción, que basta con defender impertérrito lo que sea para que eso parezca verdad.

Podríamos decir que hoy asistimos a la "desustancialización" de la verdad. Mi duda es si una sociedad puede mantenerse sobre esta degradación, degeneración, desprecio y negación de la verdad. Si es posible sustituir la referencia a hechos objetivos por meras construcciones virtuales, por la artificiosidad de la propaganda, la imagen efímera, las declaraciones impostadas, los gestos engolados, los aspavientos solemnes, el halago de los sentimientos de identidad supremacista (sea separatista o de izquierdas).

Nada más elocuente que esas canas tintadas que el encorsetado y soberbio P.Sánchez se ha colocado justo a un ladito de la media frente y en el arranque de las sienes... Alguien le ha convencido de que así parece más estadista, más serio, más responsable. Es un truco de chalán de feria, que seguramente toma de Obama, al que las canas le salieron de verdad. ¡Qué disciplinadas las canas, que van y brotan justo allí donde marca el asesor de imagen!¡Y las horas que se habrá pasado el pinturero mirándose en el espejo monclovita!

martes, 25 de diciembre de 2018

LA CLAUDICACIÓN DE PEDRALBES


No hay más remedio, aunque sea por mera supervivencia, que hablar una y otra vez de lo que está pasando hoy en Cataluña. Es agónica la tarea de encarar el permanente desafío separatista, que cada día genera toneladas de basura mental, política y moral, tanta que absorbe casi toda la energía nacional. Liberada de esta patológica fijación, ¿qué sería hoy España si pudiera dedicar el enorme talento, creatividad, iniciativa, capacidad de organización y solidaridad de la mayoría de españoles, a resolver los problemas de la desigualdad, a crear riqueza, mejorar nuestra producción, preservar y potenciar nuestro patrimonio natural, cultural y artístico?

Pues no, mientras la amenaza de la disgregación del Estado siga ahí, como Sísifo una y otra vez intentaremos llevar el peñasco hasta la cumbre para arrojarlo al abismo. Pero como nuestra condena no es obra de los dioses, sino de los hombres, un día, y no muy lejano, esta pesadilla acabará, porque no habrá otra salida que sucumbir o derrotar a los causantes de tanto daño. Estamos llegando a un estado crítico, porque nunca los asaltadores del orden constitucional y democrático habían llegado tan lejos. Nunca se ha hecho más explícito el intento de destrucción de España y el desmoronamiento del Estado, como aparece en el "Comunicat conjunt dels Govern catalá i espanyol després de la reunió de Pedralbes", un texto que pasará a la historia como la más grave amenaza para la democracia desde su instauración en 1978.

Analicemos alguna de sus trampas semánticas, tan descaradas que es inaudito que no hayan causado mayor estupor y preocupación. El título supone ya el reconocimiento de dos gobiernos-estado (catalán y español) separados, que celebran una reunión bilateral para tratar, nada menos, de cómo culminar y hacer definitiva su separación, ya iniciada de hecho. De President a Presidente, de Govern a Gobierno, con foto incluida que refleja la absoluta paridad. Ni un sólo gesto o indicio que señale la superioridad jerárquica, institucional y política del Presidente y el Gobierno de España frente a un gobierno regional, que no otra cosa es el que preside Torra.

Sigue el comunicado afirmando que ambos gobiernos coinciden en reconocer que existe "un conflicto sobre el futuro de Cataluña". Llamar eufemísticamente "conflicto" a lo que no es más que la culminación de un proceso de rebelión e insurrección perfectamente planificado y llevado a cabo paso a paso desde hace cuarenta años con el único fin de lograr la independencia, es algo políticamente intolerable y democráticamente repulsivo. Aceptar el término es ya firmar la claudicación, reconocer que hay dos partes que simplemente discrepan y que basta con "dialogar" para llegar a un acuerdo.

El conflicto, además, no tiene nada que ver con el presente, sino con "el futuro", o sea, sobre cómo consiguen unos la independencia, y cómo otros logran hacer tragar a la sociedad española ese batracio para que no parezca lo que es. O sea, para unos "reformar el Estatuto" forzando o desgarrando la Constitución hasta dejarla hecha un guiñapo, para otros aplicando su propio marco jurídico (el ya establecido en las leyes de desconexión). Lo que prevalece, por si hay dudas, es este último "orden" jurídico, de acuerdo con lo que expresa el comunicado, del que han sido borradas de modo explícito la Constitución y el Estatuto en ella fundamentado.

Hablan también de pasar a un "diálogo efectivo" o "real", lo que significa que hasta ahora toda la matraca del diálogo, todos los encuentros y reencuentros, viceencuentros, retroencuentros y postencuentros, laterales, colaterales y bilaterales llevados a cabo no han sido más que cuento; a pesar de todas las cesiones y concesiones y dejaciones y claudicaciones y pasteleos y prevaricaciones llevadas a cabo por todos los Gobiernos, desde Felipe a Aznar, de Zapatero a Rajoy y ahora de Sánchez, todo lo cual no ha servido más que para ir haciendo irreversible lo que muchos ya hace tiempo han aceptado como inevitable, pero a lo que no está dispuesto a resignarse cabestrilmente el pueblo español, cada día más indignado y dispuesto a acabar cuanto antes con ese macabro proyecto de enfrentamiento, desunión y autodestrucción.

Le llaman "solución política" a esto. ¡Y tratan de excluir de ella al conjunto de españoles para que sea "la ciudadanía catalana" la que decida "el futuro de Cataluña", como si eso mismo no supusiera decidir sobre el futuro de España! El PSOE está empeñado en clavarse un puñal en el pecho. Previamente, claro, ha dejado que un arribista como Sánchez le tape los ojos y selle la venda con escayola. ¡Pues que desaparezca cuanto antes y deje paso a otra izquierda que parta del principio de que España es el bien común y la mayor garantía de la igualdad entre todos los españoles!


sábado, 1 de diciembre de 2018

¿PARA QUÉ SIRVE HOY PABLO IGLESIAS?



Sorprende que la casta de Podemos, que tanto presume de intelectual y moderna, sea tan ágrafa,tan incapaz de publicar algún artículo de reflexión política mínimamente apreciable, a pesar de tener todos los medios a su disposición. Su aportación al pensamiento político es de una deslumbrante nulidad, parecida a la contribución de la tesis de Sánchez a la teoría económica. Monedero, por ejemplo, prefiere hacer el payaso cantando rap o recitando ripios ultramarinos dedicados al camarada Chávez. Los pocos artículos de Errejón destacan por su vacuidad, a veces alambicada. El vuelo intelectual de Iglesias Turrión es de avutarda esteparia. Su última creación lleva el título de "¿Para qué sirve hoy la monarquía?"

La contra-pregunta es saber para qué sirve hoy Iglesias y su pandilla, algo que, de modo consecuente, hemos de hacer extensivo a los demás partidos que viven del dinero público, y en especial a esa "sociedad instrumental" que hoy ocupa el consejo de ministras/tros de la Moncloa, que parece haber hecho un máster en la Universidad RJC en picaresca fiscal, que no en ingeniería, lo que requiere un poco más de talento. Es una pregunta angustiosa: ¿sirven hoy para algo nuestros políticos?

Iglesias, con argumentos pedestres, nos dice que hoy Felipe VI no nos sirve para nada. Que su padre sí, en su momento ayudó a consolidar la democracia, pero eso fue una excepción hoy superada. Reconoce que"lo fundamental para definir el carácter democrático de un régimen político no es que la jefatura del Estado sea electiva o no, sino que efectivamente se garanticen las libertades"; pero como hoy "la monarquía ya no es el precio a pagar para contar con un sistema de libertades (el Ejército español no es hoy ninguna amenaza [...]) su función histórica para la democracia española ha perdido su sentido".

Así que el problema de la monarquía es que ya no la necesitamos para asegurar las libertades democráticas. ¿Lo necesitamos a él?Ante argumento tal débil y falaz, Iglesias da un rodeo: "acceder a la Jefatura del Estado por elecciones y no por fecundación sería profundizar en nuestra democracia" (lo de acceder "por fecundación" es de una cursilería insuperable). No hay nada más importante, por tanto, que eliminar la monarquía. ¿Y la desigualdad, el golpismo separatista, la precariedad laboral...? ¡Mira que no tenemos tareas pendientes para profundizar en nuestra democracia!

Y prosigue remendando: "La monarquía incomoda a cada vez más progresistas y es rechazada abiertamente por una amplia mayoría de ciudadanos en Euskadi y Catalunya (sic)". "Si el 23-F reforzó a Juan Carlos, el 3 de octubre debilitó a Felipe VI, que no fue capaz de erigirse como símbolo de diálogo". Afirmaciones tan gratuitas como falsas. ¿Amplia mayoría?

Recordemos que la Constitución, que legitima plena y democráticamente a la actual monarquía, fue aprobada por más del 90% con una participación cercana al 70% del censo, y casi un punto por encima, en Cataluña.Esta es la mayor proporción de participación y voto afirmativo de cuantas votaciones se han llevado a acabo en España desde 1978. El Estatuto catalán del 2006 llegó sólo al 48% de participación, y fue aprobado por poco más del 70%, o sea, por un tercio del censo (la II República exigió los dos tercios). Contra toda evidencia, Iglesias esgrime mayorías imaginarias, incapaz de argumentar políticamente su rechazo ideológico de la monarquía, lo que sería mucho más honesto.

Y todo para acabar con esta propuesta: "Una nueva república será la mejor garantía para una España unida sobre la base del respeto y la libre decisión de sus pueblos y sus gentes". La nueva república, ¡el milagro, la salvación de España! La disgregación de España, la libre decisión de sus "pueblos y gentes" (apúntese quien quiera), será "la mejor garantía para una España unida"... ¡Le preocupa la unidad de España! Le preocupan las antiguallas forales, los privilegios históricos, la igualdad de derechos, la unidad de los trabajadores, el poder de las oligarquías territoriales, el despojo de la lengua de los hispanohablantes en media España, los corruptos de "Catalunya", el neofascismo de ERC y del catalanismo supremacista...

Como lo de Franco les ha salido por la culata (olvidemos la etimología), para vergüenza de la mayoría de españoles (que querría ver sus restos en otro sitio, sin necesidad de realizar por ello un escarnio innecesario, mera propaganda sectaria y partidista, como ha pretendido Sánchez); como esa ocurrencia les ha salido mal, pues ahora le toca a la monarquía.

Lo dicho: ¿Para qué sirve hoy Iglesias y su casta plurinacionalista?










lunes, 26 de noviembre de 2018

SER ESPAÑOL


El periodista Rafael Núñez me ha planteado en varias ocasiones, en su programa 'La Redacción Abierta' de Intereconomía, la limitación que supone definir a la nación española desde un punto de vista meramente jurídico, apelando sólo a la Constitución y el Código Penal, un discurso que no puede contrarrestar la gran ofensiva antiespañola llevada a cabo por los independentistas, que apelan eficazmente a los sentimientos, los mitos y la retórica nacionalista.

Tiene razón en esta crítica, dirigida especialmente a esa nueva izquierda, en la que me sitúo, que queriendo huir de todo esencialismo, folclorismo o historicismo metafísico (tan unidos a la definición tradicional -y franquista- de lo español), acaba refugiándose en un concepto de nación política despojado de cualquier adherencia emocional, cuya justificación última sería la de legitimar la constitución de un Estado, liberal en sus inicios (1812), hoy plenamente democrático.

Ciertamente, acuciados por el acoso de los nacionalismos, todos los demócratas, de izquierdas y de derechas, hemos tenido que acentuar la crítica a los elementos identitarios, míticos, étnicos y supremacistas, que han alimentado el separatismo y su proyecto de destruir España. El rechazo radical a estos nacionalismos dejó, sin embargo, poco espacio para un discurso antinacionalista que supiera, al mismo tiempo, reivindicar un concepto de nación pleno, que no tuviera miedo a hablar de sentimiento nacional, de los profundos vínculos afectivos, culturales, lingüísticos e históricos que nos unen a todos los españoles y que han permanecido, al menos, y de modo consciente y compartido, durante cinco siglos.

Hablamos de una realidad histórica objetivamente demostrable, no de una invención. La mayoría de españoles, a lo largo de siglos, ha reconocido su condición de tales con independencia de su lugar de origen, y esto vale también para Cataluña, El País Vasco o Galicia, que nunca han sido naciones independientes ni sus habitantes han dejado jamás de ser españoles, a pesar de sus diferencias lingüísticas, jurídicas o culturales.

El rechazo y la negación de la realidad de España, tal y como manifiestan agresivamente los secesionistas, es un fenómeno reciente surgido a finales del siglo XIX, que hoy ha adquirido un contenido y una virulencia que no pueden explicarse en modo alguno apelando a la historia, o sea, al desarrollo de los hechos históricos tal y como han acontecido. Es un fenómeno consciente y voluntariamente creado por una minoría que ha visto en el nacionalismo el instrumento más eficaz para extender y aumentar su poder y sus privilegios.

Llegado a este punto, conviene aclarar qué significa hoy ser español, entre otras razones para demostrar que no hay nada más extravagante y esperpéntico que proclamarse, exhibirse y definirse como antiespañol, siendo, sin embargo, plena, cultural, lingüística y jurídicamente español. Si todos los que hoy no se consideran españoles (para ellos esto consiste, ante todo, en ser antiespañoles), fueran consecuentes, deberían renunciar a todo lo que esa condición tan repelente les otorga y permite. Todavía no conozco a ningún separatista tan valiente (ni siquiera Lluis Llach o Puigdemont) que haya renunciado a su condición de ciudadano español, o sea, súbdito de un Estado fascista y criminal como lo es, según ellos, España. He dicho esperpéntico, porque esta forma rabiosa y emocional de no querer ser español no es más que una deformación grotesca de lo español.

¿Pero es tan malo ser español hoy? Preguntemos a un separatista qué enorme desgracia, qué destino tan funesto le ha caído encima por el hecho de nacer en España de padres españoles (la condición mínima y más común para adquirir la ciudadanía española). Piensen en la educación, la sanidad, las ayudas y servicios sociales, la seguridad ciudadana, todas las leyes que nos amparan y protegen. Imaginen un país distinto, sin las carreteras y comunicaciones que hoy tenemos, sin ejército ni fuerzas de seguridad, sin jueces y fiscales, sin hospitales, ni escuelas, ni recogida de basuras, ni normas de circulación, ni de protección de la mujer, ni ayuda a los parados, ni pensiones, por no hablar de nuestro extraordinario patrimonio natural, monumental, artístico, o nuestra industria, agricultura y comercio, o la lengua común.

Ser español significa gozar, de entrada, y por el mero hecho de serlo, de enormes ventajas, bienes, ayudas y servicios que muy pocos otros países del mundo tienen. Y esto es así porque España es una nación real, consolidada y fundamentada en una larga historia que ha hecho posible que los españoles de hoy podamos vivir en uno de los territorios más prósperos, organizados y desarrollados del mundo. Lo siento, separateros, esto es así, y de muy cobardes e impostores es el negarlo mientras se aprovecha uno de todo ello.

jueves, 15 de noviembre de 2018

VOY A DESAHOGARME UN POCO


Como no se me ha ocurrido a tiempo un tema adecuado para escribir estas líneas volanderas, y ya no lo tengo para ponerme a buscarlo, dejaré suelta, no mi lengua ni mi pluma, sino la yema de mis dedos mecanográficos (vieja palabra en desuso), y que se tiren al monte si quieren. El título adelantado me pone ya ante un dilema, un oxímoron o paradoja: ¿puede un ahogado desahogarse? Porque para desahogarse hay que estar primero ahogado. O no. Quizás baste con tener la sensación de ahogo, no necesaria (ni previamente) expirar.

Como esto se ha puesto un poco fúnebre, me despeñaré sin miedo para mostrar mi perplejidad ante la reciente muerte del juez Juan Antonio Ramírez Sunyer, quien llevaba la causa contra los golpistas catalanes de modo impecable e insobornable, muerte que le sigue a otras dos de personas implicadas en el mismo empeño de llevar ante la justicia a los sublevados: la del fiscal general del Estado José Manuel Maza y la del fiscal superior de Cataluña, fallecido ocho días después, José María Romero de Tejada.

Mi perplejidad nace de considerar esta triple pérdida como un hecho estadístico llamativo, que se escapa a lo esperado según las leyes probabilísticas. También por la edad: 66 años Maza, 69 Romero de Tejada, 71 Ramírez Sunyer, edades que hoy no entran dentro del cálculo de probabilidades teniendo en cuenta la edad media de vida. Las dos primeras, además, añaden el hecho de ser inesperadas, bastante súbitas o repentinas, por más que todos ellos padecieran alguna enfermedad previa, enfermedades, sin embargo, que, por lo que yo sé, en la mayoría de los casos no desencadenan finales tan drásticos. Desconozco cuándo a Ramírez Sunyer se le detectó esa "larga enfermedad" (¿cuál?), porque los periodistas, no se sabe por qué, se vuelven muy reservados y pudorosos ante estas informaciones, cuando no dudan es descuartizar morbosamente a otras personas.

Pero hay más. Al fiscal Maza nadie le hizo la autopsia porque, se dijo, no era necesaria, dado lo evidente de la causa del fallecimiento, "insuficiencia renal". No sé si ha ocurrido lo mismo con los otros dos jueces. Y todo ha sucedido en menos de un año. Y todo favorece a los rebeldes separatistas y al proceso de disgregación del Estado, cuya propia existencia esta causa está poniendo en riesgo. ¿Seré yo solo el paranoico que se pone a dudar, que deja volar su perversa imaginación?

Para que no se me tome por loco, primero habrá que responder a una simple pregunta: ¿es posible que estas enfermedades y muertes no hayan sido tan "naturales", tan inevitables, tan incurables? Una respuesta racional, basada en multitud de casos históricos, no permite descartar la intervención externa e intencionada como desencadenante de hechos tan poco probables. Que hoy existen medios sofisticados para llevar a cabo algo así, hasta el punto de no dejar ni huella ni rastro (y menos si no se investiga a fondo), lo sabemos muy bien, y no sólo por las películas de espías. La segunda pregunta, inevitable, es: ¿quién y por qué podría estar interesado en provocar o adelantar estos desenlaces?

Tengo clara la respuesta, pero voy a contenerme para evitar parecer más maníaco de lo que seguramente soy. Sin embargo, invito al lector a que, controlando cualquier desatino, se deje llevar por su propio instinto y no tema verse racionalmente abocado a aceptar que el mal en estado puro, por más disimulado que aparezca, está presente hoy en muchos lados, muy activo, vivo y zarpadeando en muchos ámbitos de la vida pública, y que no contar con ese mal, no contar con que la maldad es el arma más eficaz de los poderosos, es ingenuidad antropológica, buenismo del malo, del tonto, del que no se atreve, por miedo y por pusilanimidad, a encarar su existencia y su presencia omnímoda, y así la vemos en la cúpula de los partidos, de los sindicatos, de las organizaciones empresariales, de los banqueros, pero también de cualquier ayuntamiento o concejalía, por insignificante que sea, allí donde los más mediocres y sin escrúpulos encuentran fácilmente acogida.

Por si alguien duda de mi teoría, eche un vistazo a este Gobierno, analice a cada uno de sus miembros y dígame si puede ser casualidad que se haya reunido este "ramillete con alas", esta "flor de pluma", como diría Calderón, que, empezando por su presidente, ejerza con mayor descaro el cinismo, la mentira, la arrogancia del necio y la soberbia del ignorante. Desahógate, hermano.

viernes, 9 de noviembre de 2018

DEL "PROCÉS" AL PROCESO


El separatismo catalán nunca ha sido un problema catalán, sino de España. Ha sido -y es- un error decisivo analizarlo y circunscribirlo a Cataluña, porque esto supone aceptar, de entrada, una falacia inaceptable: la existencia de una Cataluña como realidad separada, diferenciada y diferente de la realidad de España. Ni existe ni ha existido nunca esa dualidad Cataluña/España que se ha instalado en la mente de casi todos.

Pero, además, es un error porque todo lo que pasa en Cataluña repercute en el resto de España, y al revés, lo que pasa en el resto de España explica lo que sucede en Cataluña. Si esto ha sido así desde el Imperio Romano (en que ni existía Cataluña ni España), mucho más desde 1714, y no digamos desde que Franco entró triunfante en Barcelona. Lo que sí puede comprobarse, al menos desde el siglo XVIII, es que la burguesía catalana ha logrado algo verdaderamente insólito: mezclarse con toda la burguesía y oligarquía española al mismo tiempo que mantenía su sentido de posesión y dominio sobre un territorio, Cataluña.

Si la oligarquía y burguesía catalana ha logrado siempre obtener privilegios "internos" (exenciones, aranceles, inversiones, industrialización, etc.) ha sido por tener, al mismo tiempo, un gran poder e influencia en España. Basta revisar la presencia de catalanes en todos los gobiernos e instituciones franquistas, por referirnos al periodo más reciente. Pero ha sido sobre todo durante la democracia cuando este poder catalán ha llegado a ser determinante del rumbo de España, hasta el punto de que nunca ha estado más cerca de lograr su objetivo último: disolver la realidad de España en un conglomerado de "naciones" más o menos "federadas" sobre las que Cataluña ejercería su indiscutible hegemonía.

Esto no es un delirio ni fruto de una pesadilla: nunca ha estado España más cerca de desparecer como nación. No es una hipótesis de futuro, sino un proyecto ya iniciado y bastante avanzado. Porque ya hemos pasado del procéssecesionista de Cataluña al proceso disgregador de España. O lo que es lo mismo: del golpe de Estado en Cataluña, al golpe a la democracia en toda España, un golpe de Estado camuflado, cuya manifestación más insidiosa es ese "golpe de Estado ideológico" que impone, desde la "ideología de género" o la "memoria histórica", el desprecio de los símbolos nacionales o la persecución de la lengua común.

"Golpe" es hoy una palabra equívoca, porque alude a un momento inicial brusco, concentrado y, por lo mismo, transitorio, que solo tiene dos posibilidades: el triunfo o el fracaso. Si mantenemos hoy la palabra es para destacar lo principal: la voluntad clara de cambiar radicalmente el orden político establecido para imponer otro. Históricamente esto siempre se ha llevado a cabo con violencia, de modo rápido y cruento. Hoy estamos asistiendo a otro tipo de golpe de Estado, coactivo y violento (hay muchas formas de violencia), pero no cruento, silencioso, continuado. No un "golpe", sino sucesivos "golpes": proceso.No llevado a cabo sólo en Cataluña por los separatistas supremacistas, sino en toda España por los plurinacionalistas, federalistas, populistas e independentistas de todo pelaje.

Ante este negro panorama, la pregunta más importante es: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Hay muchas explicaciones, pero yo voy a esbozar una: por la enorme influencia del "poder catalán" en el diseño y evolución de nuestra democracia desde el minuto cero (e incluso antes). El proyecto estratégico disgregador de ese poder encontró enseguida un personaje excepcional, quiero decir excepcionalmente dotado para urdir un entramado corrupto de intereses, favores, cesiones, apoyos, silencios y engaños. Me refiero a Jordi Pujol, el personaje más importante de cuanto ha ocurrido en España en los últimos 40 años.

Pujol fue capaz de enredar, con sus artimañas y su concepción de la política como el arte de la amenaza, el engaño y el disimulo, no sólo a Felipe González y Aznar, sino a todos los poderes del Estado, empezando por la monarquía. Partiendo de un momento especialmente difícil, confuso y turbulento (franquistas, militares, ETA...), Pujol logró erigirse en el elemento estabilizador decisivo del inestable equilibrio político y, a partir de ahí, maniobró, sobornó, engañó, amenazó... Logró que todos quedaran, de un modo u otro, "atrapados" en su red mediante un arma fundamental: el espionaje, los dosieres, la prevaricación y la corrupción.Montó un poderoso sistema de inteligencia a su servicio, después de lograr desmantelar el CESID en Cataluña.

¿Se acuerdan de aquello de "caurantots"?Si vas segant, diguem, la branca d’un arbre al final cau tota la branca, tots els nius que hi han: No és que després caurà aquell d’allà! Aquell d’allà que… No, no…, és que després cauran tots!” ¡Caerán todos, todos, no uno aquí y otro allá, sino todos..! Caerá el árbol entero, amenazó enfurecido en el Parlamento catalán en septiembre de 2014. Y añadió: "Si todo hubiera sido tan corrupto, tan terrible y esos gobiernos tan incapaces, no se hubiera aguantado, y eso condenaría a toda la política catalana". Pues sí, aguantó, y precisamente por eso, porque toda la política catalana ha sido "tan corrupta y tan terrible". En el colmo de su cinismo y descaro dijo también: "No he estat un polític corrupte. Era un home amb molts diners, però vaig dedicar la meva vida i els meus recursos a construir Catalunya".Vamos, que sacrificó su vida por Cataluña, y todo por una minucia, unos miles de millones.

Ya estaba todo esto anunciado en aquel Programa 2000que se destapó 1990, en el que Pujol planificó minuciosamente catalanizar hasta el último rincón de la sociedad civil, cultural, política y administrativa de Cataluña con el claro objetivo de "alcanzar su soberanía" y convertir a "Cataluña (Països Catalans) en el centro de gravedad del sur de la CEE". La llegada de Sánchez a la Moncloa, con todas sus concesiones al separatismo independentista (la última: negar el delito de rebelión) hay que entenderla dentro de este marco general. Es sin duda un salto hacia adelante en esa estrategia general perfectamente definida. Un pequeño paso para Sánchez, y un gran paso para el proyecto separatista.

¿Cómo entender, si no, que nadie de la familia Pujol, a pesar de estar todos inculpados, haya pisado todavía la cárcel? ¿Cómo entender los silencios de Aznar y Felipe González, desde el escándalo de Banca Catalana a los Pactos de Majestic? ¿Cómo entender que los poderes fácticos, empresarios, periodistas, banqueros, magistrados...? Pujol ha conseguido que la corrupción se haya convertido en secreto de Estado.¿Hasta cuándo?¿Cómo parar este proceso disgregador, que aprovecha la conjunción fatal de la crisis económica y política para acabar con nuestro Estado democrático? Es necesario un verdadero plan estratégico general, que una todas las fuerzas y recursos de la sociedad española para, con total claridad y determinación, iniciar un proceso que revierta todo aquello que ha avanzado gracias a la ceguera, el entreguismo y el derrotismo de nuestros máximos responsables políticos y económicos, muchos de ellos atrapados en una red de corrupción, claudicación, cobardía y proteccionismo mutuo que ha llegado a un nivel insoportable. ¿Quién asumirá e impulsará esta urgente tarea? ¿Quién tendrá el coraje de llevar a cabo este proyecto apremiante e inaplazable?

martes, 30 de octubre de 2018

LA ECONOMÍA Y LA DERECHA


Soy hipersensible a la simetría. Enseguida veo un ojo más pequeño que otro, una mandíbula ligeramente desencajada hacia un lado, la mitad de un labio superior que se va hacia la nariz... Durante un tiempo me persiguió la asimetría facial de Xavier Domènech, ese que se morreó en el Congreso con Pablito Iglesias, que también arrastra su asimetría corporal con andares oscilantes (hombros encogidos arriba, barriguita incipiente abajo, melena encoletada buscando el medio de la espalda). Bueno, quiero decir que, si en mi anterior bicolumna hablé de la economía y la izquierda, hoy me toca divagar sobre la economía y la derecha. Y así como empecé mi anterior diciendo que la izquierda se arma mucho lío con la economía, digo ahora que la derecha, por el contrario, no tiene problema alguno con la economía.

Como la izquierda, la derecha tiene también su ley reduccionista del mundo: ganar dinero, y cuanto más, mejor. Poco le importan las leyes y estructuras económicas, las contradicciones sociales y demás entretenimientos de los economistas. Si se adorna con terminología economicista es para ocultar lo único que le interesa: la obtención y acumulación del máximo beneficio, al que considera el fundamento del orden social. Se parapeta en la economía como realidad abstracta y neutral, y habla de crecimiento como sinónimo de progreso, y progreso como bienestar para todos. Así de simple.

La derecha supone que toda riqueza es fruto del talento y el esfuerzo individual, y no repara en que existen otros factores, como es la condición económica heredada, el privilegio y la existencia de leyes que protegen y aseguran la desigualdad impuesta, el abuso, la explotación y el aprovechamiento del talento, el tiempo y la fuerza de trabajo de otros. Y sobre todo: que sin el Estado, su poder y riqueza se vendrían enseguida abajo. Aquí es donde yo veo flaquear más a la derecha, pues, mientras enfatiza la iniciativa individual y predica contra el Estado como elemento distorsionador de la "libertad de mercado", usa al Estado como su principal valedor, poniéndolo siempre que puede a su servicio. La derecha es siempre, diga lo que diga, proteccionista. Sin el Estado, repito, no sería nada.

Porque nunca pone en el balance de sus éxitos todo aquello que le debe al Estado: desde la preparación de la mano de obra (educación, formación), a la salud de sus trabajadores (sistema sanitario), la seguridad (jurídica, ambiental, social), la protección del territorio, infraestructuras, comunicaciones, redes internacionales, normas que regulan las relaciones sociales y, en general, todo lo que asegura la paz social, sin la cual no hay negocio posible. Hoy todos necesitamos de la existencia de un Estado poderoso, eficaz y protector, aunque sea algo mastodóntico y muchas veces inútil (este es otro grave problema que, por cierto, ni derecha ni izquierda quieren afrontar).

Dicho lo dicho, y dicho que enriquecerse, no sólo es legítimo, sino que quizás sea hoy el estímulo más eficaz de la actividad humana, el asunto más importante es equilibrar la función del Estado de tal modo que, no sólo asegure la igualdad efectiva de oportunidades (eliminando todo tipo de proteccionismo y privilegio), sino que actúe en función de un principio de justicia equitativa, que suele confundirse con el de justicia redistributiva: que cada cual contribuya al bien común en función, no tanto de lo que tiene o gana legítimamente, sino de lo que recibe. Quiero decir que, más que "redistribuir la rIqueza" para que todos tengamos lo mismo, se trata de que "quien más recibe, más pague". Si hacemos un balance, parece claro que quienes más "reciben" del Estado son quienes más tienen (este principio vale también para que quienes menos tienen, no abusen del Estado).

Me rondan estas ideas a propósito de ese gran mito moderno, la economía como realidad sagrada, inaccesible para los ciudadanos de a pie, como es mi caso. Parto de que el discurso económico es hoy, ante todo, un arma de propaganda y legitimación política. Porque la economía es siempre política, y así lo entendió y explicó Marx.Incluso Stuart Mill dijo que “ningún problema económico tiene una solución puramente económica”. Aquí, tanto la izquierda clásica como la derecha, son incapaces de afrontar radicalmente el problema de fondo, que no es el capitalismo y el mercado, sino el mercantilismo y el desarrollismo insostenible actual: qué se produce y cómo, cuáles son sus efectos en el bienestar, la salud, el medio ambiente, las relaciones sociales, el progreso cultural y humano. De esto, unos y otros, ni pío.

LA ECONOMÍA Y LA IZQUIERDA


Se arma mucho lío la izquierda con la economía. Nacida de un discurso racional riguroso (el marxismo, basado en el materialismo filosófico), ha acabado, sin embargo, desnortada, incapaz de encarar la realidad cambiante del capitalismo. No ha salido del reduccionismo de "la lucha de clases", al que va colocando sucesivas etiquetas (ricos/pobres, casta/pueblo, etc.). Pero ni siquiera esto: puestos a reducir el mundo (la economía, el pensamiento, la moral, la política..., todo) a esa antítesis, vean cómo encabeza el gran acuerdo político la izquierda de los hermanos Picapiedra que nos quiere gobernar: "Después de 7 años de recortes y asfixia de los Gobiernos de Partido Popular (sic), nuestro país ha retrocedido en igualdad de oportunidades, en cohesión social, en libertades y derechos, en calidad democrática y en convivencia". 

Un burdo diagnóstico (recortes, asfixia) y un único culpable (el PP de Rajoy). Ni análisis de estructuras económicas, relaciones de producción y de poder, contradicciones ideológicas, ni nada: el mal en estado puro contenido en unas siglas frente al bien inmaculado encarnado en un gobierno de progreso. Caso omiso, ignorancia supina y lavado con aguarrás de cualquier reflexión sobre la influencia y dependencia de nuestra economía del resto del mundo, de la crisis económica general, de la globalización y demás nimiedades. Pero también, y esto es todavía más elocuente, ausencia de cualquier alusión a la responsabilidad de los gobiernos territoriales, especialmente a la sangría de Cataluña y el País Vasco, el coste de cuyos privilegios y política de apaciguamiento supera en miles de millones a todos los recortes habidos y por haber.

¿Retroceso en "igualdad de oportunidades"? ¿Se refieren a la "sumisión lingüística", la obligación de hablar en catalán, gallego o euskera en media España para conseguir un título o un puesto de trabajo? ¿Tienen hoy las mismas oportunidades niños, trabajadores, funcionarios, en cualquier lugar de España? ¿Y el recorte de "libertades y derechos"? ¿Hablan de la Cataluña de los hispanohablantes y no separatistas? La pérdida de "la cohesión social y la convivencia", ¿la ha provocado Rajoy el consentidor, con su entreguismo, su política fiscal y económica, calco de lo que habría hecho el PSOE, hasta en el aumento del gasto público y la deuda? ¡Pero aquí vienen los libertadores!

El documento presentado como tabla de salvación, es tan inane, tan superfluo y superficial que, ni aun en el supuesto de que se cumpliera al cien por cien, los efectos reales sobre la mayoría de españoles serían tan insignificantes que resultaría insultante el vendérnoslo como cambio ni solución de nada. Pero lo peor de todo es no tener en cuenta los efectos perniciosos que estas medidas puedan producir. Baste el ejemplo de la subida del salario mínimo: ¿se han previsto los efectos sobre la contratación a tiempo parcial de jóvenes, sobre los contratos temporales, sobre la economía sumergida, sobre los autónomos, sobre el aumento correspondiente de las cuotas de la Seguridad Social, etc.? Que el efecto más inmediato sea la subida del sueldo de los cargos de Podemos resulta un sarcasmo. Una medida aislada como ésta sólo sirve para hacer demagogia populista y no encarar los problemas de fondo.

Porque el problema es la indigencia mental, la incapacidad para pensar en verdaderas reformas, y en la cobardía para atajar los problemas en su raíz, el no atreverse a plantar cara a la actual estructura y el funcionamiento del Estado, el despilfarro de las autonomías, el gasto incontrolado de los cien mil chiringuitos que sostiene el Estado, desde organizaciones empresariales, partidos y sindicatos, a organismos públicos y semipúblicos parásitos, al ejército de asesores y enchufados, subvenciones a diestro y siniestro, el sobrecoste de la obra pública, la evasión y el fraude fiscal, el consentimiento de la economía sumergida y el mercado de falsificaciones, la corrupción y su metástasis larvada, la renuncia a recuperar la millonada entregada a los bancos para el "rescate" de las Cajas, el descontrol en el reparto de las ayudas públicas, etc.

¿Economía? Sí, la más elemental, la que se hace con sumar y restar. Hay dinero de sobra para sostener y mejorar el llamado Estado del Bienestar, pero ese dinero se va, se esfuma, se dilapida para mantener privilegios y prebendas (incluido el pago de intereses a los bancos alemanes), para sostener redes clientelares, para favorecer a oportunistas y verdaderos sátrapas especializados en vivir del Estado. ¿Capitalismo? ¡Ni eso! ¿Y la izquierda? ¿Qué izquierda, la defensora del bien común y los intereses de los trabajadores, o sea, de la mayoría? Ésa, ni está ni se la espera.

miércoles, 24 de octubre de 2018

PLAGIO Y MUCHO MÁS


Hay hechos que se convierten en radiografías del estado mental y moral de una sociedad. El escándalo de la falsa tesis de Pedro Sánchez es uno de ellos. Analizarlo, aunque sea superficialmente, nos da más información sobre la España de hoy que miles de estudios políticos y sociológicos. Por ejemplo, sobre el PSOE, su desvarío ideológico, el cinismo ilimitado de sus dirigentes, empezando por su líder; pero también sobre la "clase" política en general, la impostura y el descaro con que fabrica su imagen pública, el uso de la mentira y el engaño como instrumento "natural" para alcanzar el poder, primero dentro del aparato del partido y luego en las instituciones públicas.

Por ejemplo, también, sobre esa "clase" periodística (parte de ella) empeñada, no en descubrir la verdad, sino en servir a sus amos (la actitud de reconocidos periodistas defendiendo el "no plagio" del Presidente del Gobiernopasará a los anales del servilismo periodístico). O sobre la degradación de nuestra Universidad, cuyo pésimo funcionamiento ha facilitado la actuación impune de tanto saqueador. Pero también sobre el silencio de los corderos, esos ciudadanos creyentes que se adhieren a un partido o una causa con una fe a prueba de "plagios".

Porque este "trabajo" es cualquier cosa menos una tesis doctoral. No cumple los requisitos mínimos: ni por el contenido, ni por la forma, ni por la redacción y presentación. No es sólo que sea "cutre" o de baja calidad, es que es una falsa tesis, mera apariencia de tesis. No lo es porque ni define el objeto de investigación ni delimita su campo de análisis. Reto a cualquiera, empezando por el propio Sánchez, a que defina cuál es el objeto de su investigación, qué hipótesis plantea, qué demuestra, qué aporta de nuevo a la comunidad científica.

Todo es hojarasca, imprecisión, una acumulación descriptiva (no analítica ni interpretativa) de datos y generalidades inconexas, arbitrariamente elegidas, cuya principal misión parecer ser el rellenar páginas, presentado con un lenguaje administrativo y burocrático, sin un atisbo conceptual serio, ni sólido, ni estimulante, ni iluminador de nada. Plano, seco, insulso, inservible, inútil, impostado. ¡Tan parecido al lenguaje del propio Sánchez!

Todo indica que el aspirante a doctor descubrió un día que "la diplomacia económica" era algo "muy modelno", y pensó que con ese concepto podía abrirse camino dentro del mundo académico como experto en algo que ni él sabía lo que era: “Tengo que escribir unas notas sobre diplomacia económica, alguien puede aconsejarme literatura económica para leer? Gracias”, pidió con impúdica ingenuidad en twitter un año antes de acabar su tesis. Parece claro que ni la había empezado. ¡Literatura económica! Mira que no hay libros... Nada de extraño que en este pastiche ilegible quepa todo, de la "Promoción de la Cerámica" al "Distrito Aeronáutico de Sevilla" o "El Plan Japón del Ayuntamiento de Madrid", "temas"a los que dedica más de medio centenar de páginas.

Presentado todo, además, de manera zarrapastrosa, con faltas de sintaxis y puntuación, con un sistema de citas (cuando no plagia), cochambroso, fuera de cualquier norma académica. Las repeticiones, reiteraciones textuales y de contenido son asfixiantes a lo largo de este batiburrillo, recopilación atrabiliaria de documentos copiados, traspuestos y plagiados. (Hay párrafos de doce líneas copiados literalmente hasta tres veces en capítulos distintos).

Porque todo el texto está plagado de plagios, plagio de citas sin determinar la fuente, o sea, apropiadas indebidamente (el plagio es un robo intelectual), pero también plagio de ideas, tantas que resulta imposible determinar con precisión la fuente, aunque rastreables a partir de la embarullada bibliografía presentada.

La pregunta es: ¿quién le otorgó a Sánchez la previa y obligada "suficiencia investigadora"?¿Ha realizado los cursos de doctorado? ¿Alguien lo ha comprobado? Dudo que haya podido pasar el filtro obligatorio de al menos media docena de profesores, cuando muestra ser académicamente un tarugo de tomo y lomo (por lo de la encuadernación, al menos). Item plus: ¿cómo una engañifa de este calibre ha sido aprobada "cum laude" por un tribunal? ¿Y cómo no están todos ya, empezando por el plagidoctor, inhabilitados, despojados de su título y fuera del ámbito universitario? ¡A hacer trampas a la rue!

Que un personaje así, fabricado artificiosamente mediante el engaño, la impostura, la mentira y el descaro, haya llegado a Presidente del Gobierno, y que todavía no haya dimitido, ni la oposición ni nuestro Parlamento le hayan obligado a dimitir, eso dice mucho más, repito, sobre la degradación de nuestra democracia que miles de estudios y análisis y estadísticas. ¡Y no hemos dicho nada sobre Cataluña!


sábado, 13 de octubre de 2018

ENTRE MI YO Y MI EGO



Hace tiempo me inventé una máxima que necesito recordarme cada poco: "Confía más en ti mismo y menos en tu ego". Los filósofos, psicólogos y (sobre todo) psicoanalistas, se han hecho mucho lío con esto del sujeto, el yo, el ego y el sí mismo. Han escrito cosas muy serias y sesudas, pero también muchas chorradas, desde Kant a Lacan (perdón por la aliteración). Yo simplifico, que el arte de pensar consiste muchas veces en hacer simple lo complejo y enigmático lo simple.

Empecemos distinguiendo el "yo" del "ego". Digamos que el yo es la conciencia que tengo de mi mismo como un ser individual, distinto y separado del mundo. El yo es la percepción de mí mismo: mi realidad corporal, emocional, existencial, física y vital. El yo es la conciencia de lo que soy. Uso el verbo ser para expresar el hecho de mi continuidad, de mi existencia como algo permanente, con independencia de la lenta transformación que mi cuerpo va experimentando. Como Yahvé, "yo soy el que soy".

El ego es algo distinto. El ego es una construcción imaginaria, la imagen idealizada de mi mismo. Una imagen interiorizada y con la que me identifico, dotada de rasgos únicos y excepcionales (superdotada, diríamos), lo que permite al sujeto sentirse siempre importante y superior a los demás (al menos en algo). El ego es, por su propia naturaleza, supremacista.

Y narcisista. Se construye muy tempranamente, antes que el lenguaje, en la fase del espejo (Freud) y se sostiene a través de la mirada del otro (la madre). Dada su naturaleza especular e imaginaria, frágil e inconsistente, necesita constantemente la reafirmación del otro, la aprobación del otro, para sostenerse. El ego es el yo imaginario, no el yo real. El yo real acepta lo que es, no se deja engañar por lo que imagina ser. Es muy distinto identificarse con el yo real que con un yo imaginario.

El yo y el ego se mezclan y confunden, pero es muy sano diferenciarlos.Porque yo no soy mi ego. Mi ego forma parte de mí, pero no es más que un sucedáneo de mí mismo. Yo soy mucho más que mi ego. Lo necesito, pero como sirviente, no como amo. Yo no estoy al servicio de mi ego, sino que mi ego ha de estar al servicio de mí. Somos seres escindidos. Peleamos contra nosotros mismos: el ser que somos (mortal, insignificante) contra el ser que imaginamos ser (inmortal, importante). 

Estamos siempre pendientes de adular al ego, de no ofenderle, de darle coba. Al nuestro y al de los otros. Y esto es agotador. Y tóxico, y enfermizo. Valórame por lo que soy (lo que hago, lo que digo, lo que pienso, lo que siento), no por lo que imagino ser. El primero que necesita liberarse de la tiranía de su ego soy yo. Por eso agradezco a quienes me ayudan a bajarle los humos a mi ego. Porque el verdadero aprecio, afecto, amor, nace de reconocer el yo del otro, no de alimentar su ego. Ayudar a que confíe en su yo, en su ser, no en su fantasía de ser. Yo no rindo pleitesía a un fantasma, no adoro a un fantasma que se cree Dios.

El ego es muy frágil, se encoje y asusta por nada. Está siempre en estado de alerta, no tolera el más mínimo fracaso. Cualquier cosa le ofende porque es débil. Y si llega a hacerse fuerte ante los demás, entonces se convierte en tirano: utiliza a los demás para imponer su ley. Por eso la relación con los otros es siempre conflictiva, porque el que toma las riendas, la iniciativa, suele ser el ego.

Egos contra egos: todos ponen por delante a su ego, la imagen de sí mismos, su importancia personal. El ego vive de sentirse importante. Visto desde fuera, todo esto es disparate, desatino. Un espectáculo cómico. Sus consecuencias, en cambio, son dramáticas. En todos los ámbitos, personales, profesionales y también políticos. La política exacerba los egos, vive de alimentar los delirios del ego. Imposible luchar contra eso. Contra los egos chocan los proyectos más nobles, los más lúcidos, los más racionales y necesarios. Por eso toda política está condenada al fracaso.

La vida, en cambio, es el reino del ser. Sólo existimos y avanzamos porque, pese a todos los delirios del ego, nuestro yo, nuestro ser real, mortal y limitado, acepta su condición, confía en su poder y actúa, y al actuar, transforma el mundo, empezando por sí mismo.

sábado, 29 de septiembre de 2018

LA HORA DE LA INFAMIA


Estamos asediados, aturdidos, abducidos por eso que los medios de manipulación de masas llaman "actualidad política". No hay modo de quitárnosla de encima. Es como el zumbido de un enjambre sobre nuestras cabezas. En medio de tanto barullo no tenemos tiempo ya ni de indignarnos. Tratamos de guiarnos por un sentido elemental del orden y la justicia, pero es imposible asimilar tanta tropelía, tanta infamia, tanta mezquindad. Los nombres se amontonan cada día y ya no hay modo de llevar la cuenta ni de recordar sus apellidos. ¿Quién se acordará la próxima semana que hubo una ministra llamada Montón, que en su máster plagiado llegó a decir que "la maternidad es esclavitud" y "la familia la derrota de las mujeres"? 

¿O que el engolado, relamido y sobrevalorado ministro Borrell haya defendido, entre otras memeces, que los golpistas catalanes sería mejor que no estuvieran en la cárcel, y que las bombas que vendemos a Arabia Saudí, son tan humanitarias que "no producen efectos colaterales" porque "dan en el blanco que se quiere con una precisión extraordinaria"? ¿O que la ministra portavoz, de apellido Celaá, haya insistido en que las bombas "son láser de alta precisión y si son de alta precisión no se van a equivocar matando a yemeníes"?

¿Y si pasamos a la Tesis pedrusca, o sanchesca, simple engañifa, refrito o potaje indigerible, hojarasca de muy baja estofa, que un grupo de amiguitos de su mismo nivel intelectual calificó cum laude, en un ejercicio de endogamia degenerante, insultante y denigrante del prestigio académico de nuestras universidades? Y tanto da mirar hacia la izquierda oficial como hacia la derecha retrorrenovada, la de un Casado que tiene la consistencia de un globo de chiche, tan pronto divorciado de la realidad, porque lleva el pecado dentro de su zapato, y ya cojea y flaquea y mansea a ojos vista.

¿Y si miramos hacia esa pandilla de penenes podemitas que ha llegado por puro azar a la política creyéndose catedráticos eméritos de Harward? ¿O a doña Carmena, que parece querer convertirse en doña Croqueta de la política, que ha conseguido que Madrid esté todavía peor que estaba, por no girar hacia el este patrio, allá donde reinan y gobiernan los más eximios, fruto depurado del árbol fabuloso de la raza catalana, con la ayuda transitoria de esa lumbrera de ancha cara y poderoso cuello, que se les ha Colau? ¿La hora de los infames?

Infame es quien carece de crédito y honra, vil, malvado, indigno de ocupar el puesto o cargo que ocupa. Alguien que ha perdido toda credibilidad y reputación, y que debiera ser, cuanto menos, ignorado y apartado de cualquier responsabilidad pública. La infamia se construye con mentiras, engaños, bravuconadas de burofax, amenazas, intimidaciones, acuerdos secretos, cambalaches, traiciones y compraventa de voluntades, todo lo cual exige un ejercicio depurado de cinismo, de descaro, de desdén y desprecio de los principios morales más elementales. Inventarse currículos o alardear de títulos académicos de feria es la manifestación más abyecta de la impostura. Cuando en la vida política y pública lo que domina y predomina es este tipo de conductas, es que la democracia está degenerando, perdiendo su propia esencia y sentido.

domingo, 16 de septiembre de 2018

HISTORIA Y MEMORIA


La Ley de Memoria Histórica de Zapatero, y la revanchista ampliación llevada a cabo por Sánchez, se estudiarán como ejemplo de aquello que un Estado democrático jamás debe hacer: legislar sobre la conciencia, el pensamiento y los sentimientos. Porque ésta es la pretensión última de esta ley aberrante: imponer, no sólo una visión o un relato, sino un juicio, unos sentimientos, una interpretación y calificación moral de los hechos del pasado. Esta absurda imposición, de naturaleza totalitaria, prostituye tanto el concepto de historia como el de verdad, y hasta el mismo sentido de la democracia.

Partamos de una primera verdad, incontrovertible: el pasado sólo existe en nuestra mente, la realidad es irreversible, no hay modo alguno de resucitar el pasado, y menos a un cuerpo o a una momia. La muerte es un hecho último, y todo muere a cada instante, por más que nos empeñemos en conservarlo, recuperarlo o revivirlo. Cualquier conversión del pasado en presente no deja de ser una invención, un intento de construir una realidad imaginaria en sustitución de la realidad del presente.

Una segunda verdad es que el presente es tan complejo, contradictorio e imprevisible, que necesitamos dotarlo de cierto orden para darle sentido, y por eso no podemos evitar interpretarlo en función del pasado y como anticipación del futuro. Es aquí donde interviene la historia y la memoria, tanto personal como colectivamente. Así que podemos decir que sí, el pasado está aquí, pero sólo como interpretación, elaboración y reconstrucción imaginaria de unos hechos irremediablemente desaparecidos.

Dejemos la memoria personal que, como bien sabemos, está permanentemente reelaborando los recuerdos para acomodarlos a las necesidades subjetivas y emocionales del presente. Es el yo, la imagen personal y el concepto de sí mismo lo que está en juego en esa constante reconstrucción de la historia personal. La memoria colectiva sufre las mismas distorsiones y acomodaciones en función de las tensiones y necesidades del presente. Precisamente porque esto sucede así, es por lo que ha surgido una ciencia, la historia, como un intento de descripción e interpretación del pasado que respete la realidad de los hechos del modo más objetivo posible, y de acuerdo con los registros que de esos hechos se conserven.

La historia, por tanto, nada tiene que ver con la memoria ni los recuerdos; se construye, precisamente, porque ni la memoria colectiva ni los recuerdos personales son de fiar. Exige un esfuerzo de objetividad, un propósito de constatación y respeto a los hechos que contrarreste cualquier tentación de tergiversación y utilización interesada del relato de lo sucedido. La historia está, por lo mismo, en las antípodas de la cualquier manipulación partidista e ideológica del pasado. Por eso he dicho que el Estado comete un abuso intolerable cuando trata de legislar sobre la historia con la pretensión de imponer una interpretación subjetiva y partidista de los hechos del pasado que llega, incluso, a tener consecuencias penales.

El Estado, sin embargo, tiene la obligación de proporcionar a todos los ciudadanos por igual, una educación y una formación que les permita el mayor grado de autonomía y realización de sus capacidades y talentos personales. Esto implica que les proporcione un conocimiento de los hechos más relevantes del pasado de acuerdo con los estudios más reconocidos que la historia nos proporciona.

Lo que no puede consentir un Estado democrático es que la historia se sustituya por un amasijo de interpretaciones, versiones, invenciones y fantasías, cuyo único fin sea controlar la conciencia y los sentimientos más elementales de los ciudadanos, creando identidades étnico-culturales que buscan legitimarse con la más burda interpretación de los hechos del pasado, como ocurre hoy en Cataluña y en casi todas las autonomías. Que la educación se haya puesto al servicio de mezquinos intereses partidistas y de las oligarquías territoriales es un pavoroso ejemplo de dejación y degradación democrática. Que coincida en esto una izquierda cada día más reaccionaria y obtusa, con los intereses de las burguesías caciquiles y territoriales, es algo que no resiste el más mínimo análisis y coherencia moral y política.

Esta izquierda mentalmente indigente y emocionalmente enferma, está logrando, contra todo pronóstico, y en contra de la evolución biológica y natural de los hechos, no sólo resucitar a Franco y reactivar automatismos que van del carlismo al falangismo, sino abonar el terreno para el resurgir de una ultraderecha renovada, tal y como está sucediendo en toda Europa. Y esto sí que es entregarnos al pasado, insuflarle vida a los monstruos y fantasmas de pasado.

viernes, 7 de septiembre de 2018

DEL DICHO AL HECHO



"Con frases no se ataca al Estado", ha sentenciado Carmen Calvo para exculpar la amenazante propuesta de Quim Torra: "No nos tenemos que defender de nada, hemos de atacar al Estado español". Nos aclara Calvo que "la política no se hace con frases, sino con hechos". Precisa que "cualquier medida constitucional requiere hechos jurídicos", o sea, que, mientras no haya "hechos jurídicos probados", Quim Torra y, por tanto, cualquier ciudadano, puede decir lo que quiera, donde quiera y como le dé la gana. Echemos abajo la mitad del Código Penal y, de paso, la Ley de Memoria Histórica y la de Igualdad de Género. Si con frases no se puede "atacar" a nada ni a nadie, ¿a qué vienen todas esas leyes que pretenden condenar hasta un piropo?

"Cabalgar" estas contradicciones es, por lo visto, algo normal y legítimo. Suscita inquietud el comprobar que la vicepresidente siga al pie de la letra la doctrina de Rajoy y el PP de "no intervención" en el caso de los constantes insultos y amenazas del independentismo catalán. Porque no: es absolutamente falso e insostenible que con palabras no se pueda "atacar". Sí se puede: atacar, ofender, insultar, amenazar, injuriar, intimidar, dominar, humillar...

Una frase no es nunca sólo una simple frase. Toda frase es la expresión de un deseo, una intención, un propósito, y se pronuncia para influir en el otro. Toda frase, no sólo "dice"algo, sino que "realiza" algo, produce algo, hace algo. La lingüística ha explicado ya hace tiempo que "decir es siempre hacer".Que no existe un decir que no sea, a la vez, un hacer. Por eso define el lenguaje como "actos del habla".

Es un disparate jurídico el anular la relevancia penal del decir reduciéndolo a un acto meramente subjetivo que se agota en la conciencia del hablante, un pensamiento interno que no tiene proyección alguna fuera de su cerebro. Porque hablar no es sólo pensar, sino expresar públicamente lo que se piensa, que a su vez es, para el receptor, expresión de lo que se siente y lo que que se persigue. Y más cuando se hace públicamente, ante cientos de personas, en un lugar y un contexto determinado que sirve para interpretar y valorar lo dicho, contexto en el que el acto de hablar realiza y lleva a cabo los efectos buscados, con el añadido de que hoy, mediante los medios, se puede ampliar ese contexto y sus efectos a millones de personas, y más si el hablante lo hace desde una posición de poder y representación simbólica excepcional, como es el caso de Torra y la Vicepresidente.

Nadie habla por hablar, o sea, sin intención ni propósito alguno: lo hace siempre para algo, aunque sólo sea para divertirse. Separar las palabras de los hechos es algo imposible. Esto no significa que las palabras realicen siempre lo que dicen. Eso depende de lo que se diga. Si yo insulto a alguien estoy realizando lo que digo, pero si grito ¡fuego! no quiere decir que yo esté provocando un incendio. Naturalmente, de las palabras a los hechos hay un trecho. Habría que añadir que casi siempre ese trecho es muy estrecho, y más cuando se trata de agitar, de impulsar, de animar a alguien o a una masa a que haga algo.

En contra de lo que dice Carmen Calvo la política se hace, sobre todo, con palabras, con frases, precisamente para evitar los hechos consumados, para impedirlos. Por eso no hemos de dejar pasar nunca palabras ni frases ofensivas y amenazantes, que incitan al odio, al ataque, a la subversión del orden democrático, como es el caso. Nunca las palabras son inocentes ni inocuas, producen efectos, o sea, hechos. Para evitar los hechos irreversibles hay que impedir el discurso que los hace posibles. Porque las palabras llevan a cabo una realización anticipada de los hechos. No se puede decir cualquier cosa sin que eso carezca de consecuencias sociales, políticas o jurídicas.

El decir es un arma política de primer orden. Dejar decir es dejar hacer. Parece increíble que a estas alturas, después de la experiencia del nazismo, por poner el ejemplo más trágico, no sepamos que las palabras son hechos, y que los hechos de incitación verbal son actos tan peligrosos como las balas o las bombas, porque llevan a ellas, porque crean las condiciones mentales, colectivas y psicológicas necesarias para que los actos finales tengan lugar. De una fase de preparación mental y psicológica se pasa a otra de agitación, visibilización y exhibición de fuerza (en la que ya estamos); por último, se produce el asalto a los resortes últimos del poder (el que quede por conquistar, claro).