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martes, 29 de septiembre de 2009

MAGIA Y CIENCIA

(Foto: S. Trancón)
Ha hablado en este bloc bastante sobre qué entiendo por magia o mundo mágico. Me he declarado defensor de ese pensamiento que nos acerca al misterio del mundo, cuya existencia es para nosotros profundamente inexplicable. También me he declarado defensor de la ciencia y el espíritu científico, que quiere explicar y entender ese misterio. Quisiera ahora, brevemente, aclarar esta paradoja.

Magia y ciencia comparten un mismo afán de conocimiento, pero se diferencian en que una, la magia, busca sobre todo la experiencia, el sentir la presencia de lo inexplicable, esa realidad que es mucho más que todo lo que podamos imaginar o sentir. La otra, la ciencia, busca ante todo el pensamiento objetivo, la validación de hipótesis irrefutables acerca de aquello que podemos observar. No son incompatibles. Ambas formas de conocimiento son necesarias.

Pero magia es una palabra sobrecargada de connotaciones “fantásticas”, induce a confundir el pensamiento mágico con la superstición, el delirio, lo milagroso. Por eso debo aclarar ahora que soy enemigo de toda superchería, de toda esa literatura que sobrevalora la mente, el control mental, la fuerza del pensamiento como si fuera algo de la misma naturaleza física que una mano o los músculos de nuestro cuerpo. “Todo aquello que pienses y desees de verdad, lo lograrás”, se repite con frecuencia en esos manuales de engañosa autoayuda. No hay que confundir el pensamiento positivo con la creencia en la omnipotencia del pensamiento. La realidad no es una mera copia de nuestra mente, tiene su propia fuerza y sus leyes.

Esto no significa infravalorar la fuerza y el poder de nuestro intento. Nada logramos sin el intenso prolongado e inflexible de alcanzarlo. Pero ni el intento ni el pensamiento son fuerzas que actúan mágicamente sobre la realidad, sino sobre nosotros mismos, sobre nuestras actitudes, disposiciones, atención y entrega a un propósito. ¿Parece poco?

La ciencia nos ayuda a comprender la complejidad del mundo y a reconocer que la realidad no es humana, no es algo personal, algo que nosotros podamos manipular directamente con la fuerza de nuestro pensamiento. No somos Dios, porque ese doble de nosotros al que llamamos Dios, no existe, no puede existir. Si existiera ese Dios, tal y como ha sido concebido por la mayoría de las religiones, y el mundo dependiera de él, pues ese mundo (este mundo) no existiría, no podría existir. El mundo, tal y como lo podemos pensar y sentir, es algo en verdad inconcebible, por eso está tan alejado de cualquier idea humana de Dios. Meterlo en nuestra mente, sea mágica o científica, es como meter todo el mar en una botella. (Una botella donde previamente hemos metido a Dios).

La fuerza del pensamiento (mágico y científico) es enorme, pero apliquémoslo allí donde ese pensamiento puede actuar, no lo usemos para alimentar fantásticos deseos de omnipotencia e inmortalidad, poderes que no nos han sido otorgados.
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