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jueves, 15 de octubre de 2009

EL MANZANO PRODIGIOSO

(Foto: S. Trancón)


Me lo contó mi amigo Evelio Rivera. Es una historia maravillosa que le ocurrió a él, siendo niño. Cuando García Márquez nos describió el realismo mágico de Macondo, algunos quedaron muy sorprendidos y no entendieron sus afirmaciones de que las historias de Cien años de soledad no eran invenciones fantásticas, que estaban tomadas de la realidad.

La verdad es que la realidad está tan traspasada por lo insólito, lo mágico, lo inesperado, que muchas veces supera a la fantasía. Pero esto no sucede sólo en Hispanoamérica, donde la imponente geografía y una tradición mágica y milenaria han configurado un modo de ver el mundo en el que lo oculto se hace presente. También ocurría eso en nuestro país, antes de que la invasión urbana y moderna destruyera la tradición rural y su forma poética y dramática del ver el mundo. Cuento la historia, que es absolutamente verdadera.

Tenía yo unos cinco años. Me gustaba mucho ir con mi abuelo al campo, a poner trampas a los conejos, a podar los olivos, a regar los huertos. Como mi pueblo, Retamosa de la Jara, en Toledo, es bastante seco, había en él pocos frutales. Crecían mejor las higueras y los almendros que los manzanos. Pero un año más lluvioso, un manzano floreció y mi abuelo lo regó con esmero, porque sabía que a mí me gustaban mucho las manzanas. Logró que se cargara de manzanas. Cuando ya estuvieron maduras, mi abuelo me dijo: Mañana recogeremos las manzanas. Me hizo una ilusión enorme, no dormí aquella noche pensando en ir al día siguiente con mi abuelo a recogerlas. Pero cuando nos acercamos, mi abuelo comprobó desolado que todas las manzanas habían desaparecido del árbol. Nos las habían robado por la noche. Mi decepción fue total, mi abuelo se quedó abrumado.
Un día después, si embargo, mi abuelo me dijo: Vamos a ver el manzano, porque lo he estado regando y cuidando durante todo el día y a veces ocurre que vuelven a crecer las manzanas. Nos fuimos acercando y sí, perecía que se veía alguna manzana. Ya debajo del árbol pude comprobar que en efecto, habían brotado mágicamente de sus ramas un montón de manzanas, rojas, maduras, como las que tenía antes. Vamos a recogerlas antes de que nos las roben otra vez, me dijo mi abuelo. Volví con una cesta llena de manzanas, infinitamente feliz y lleno de admiración por mi abuelo, que había hecho posible el rebrote del manzano.
Muchos años después me enteré de cómo se había producido el milagro. Mi abuelo aquella misma tarde se dirigió andando a Talavera de la Reina, que está a bastantes quilómetros de mi pueblo, había comprado unos quilos de manzanas, y había vuelto andando, de noche. Luego, con paciencia y mucho arte, había ido cosiendo a las ramas las manzanas, una a una, con su rabito o peciolo, y disimulando el cosido con un hoja.
Un acto, un gesto así, es algo que uno no podrá llegar a agradecer suficientemente durante el resto de su vida.
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