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lunes, 20 de septiembre de 2010

QUEMAR EL CORÁN


Un fanático y desconocido predicador anuncia a sus cincuenta feligreses que tal día va a quemar una pila de libros del Corán. Esto ocurre en una parroquia perdida de Florida (EEUU). De pronto, es como si se anunciara una inminente guerra atómica: el miedo recorre el plantea como una serpiente invisible. Es tan fácil hoy provocar un estado de ansiedad y pánico universal, que cualquier comparación con los miedos apocalípticos de antaño parece un juego. La desproporción es tal que uno se pregunta si la humanidad entera ha caído definitivamente en la psicosis.

Todo parece, sin embargo, muy racional, porque la amenaza es cierta: el fanatismo religioso islamista puede provocar verdaderas atrocidades. Ya las está cometiendo. Pero de ahí a poner en jaque a medio mundo va un abismo. Lo más contradictorio es que ese alarmismo espectacular es precisamente lo que puede de verdad incitar y alentar las reacciones fanáticas y suicidas. Parece claro que son los intereses de una minoría poderosa los que manejan y manipulan cuando quieren y como quieren este miedo global, como ocurrió con la famosa gripe A. Poco podemos hacer frente a todo ello, salvo reflexionar para no dejarnos manipular en exceso.

Para empezar: Es más peligroso el miedo irracional que la amenaza real. La realidad tiene un límite; la imaginación, no. Es el miedo lo que lleva a la intransigencia y la violencia, ya sea real o simbólica, como la quema de libros. La vida social es cada vez menos real y más especular e imaginaria. Es mucho más difícil luchar contra un fantasma que contra un tanque.

Para continuar: El mundo árabe está metido en un callejón sin salida, dominado por unas minorías oligárquicas y medievales, con un poder inmenso basado en el petróleo, que utilizan la religión como el mejor instrumento de control de millones de personas que de otro modo no soportarían la tiranía y la humillación en la que hoy viven.

Para acabar: El Corán no sólo no es la solución, sino que se ha convertido en un obstáculo casi insalvable. Hoy la sociedad y el pensamiento árabe están secuestrados por la influencia omnipresente del texto coránico: no se puede hacer ni decir ni pensar nada sin el apoyo y la autoridad del Corán o de alguna de sus miles de interpretaciones, escuelas y ayatolás. Basta ver cómo los llamados islamistas moderados hacen piruetas para encontrar un texto o una interpretación medianamente aceptable, democráticamente aceptable, para darnos cuenta de que este camino no lleva a ninguna parte. Es imposible construir un pensamiento moderno y democrático basándose en el Corán, del mismo modo que lo sería hacerlo sobre la Torá o El Nuevo Testamento.

La historia de Europa nos enseña que la religión no puede ser nunca la base del derecho ni del orden social. Mientras el mundo árabe no se libere de la influencia paralizante del Corán y establezca sus leyes al margen de la tutela ideológica, religiosa y mental de las mezquitas, todo seguirá donde está e incluso cada vez peor. Una prueba irrefutable de que vamos por mal camino es el miedo que la sociedad occidental tiene a ejercer la crítica y el pensamiento libre cuando habla del islam, sus símbolos y su medieval e inaceptable visión del mundo y la vida. Es increíble que para rechazar la lapidación de una mujer o el ahorcamiento de un homosexual haya que buscar un versículo del Corán en que apoyarnos.
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