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martes, 9 de noviembre de 2010

EL UNIVERSO ES ENERGÍA

(Foto: S. Trancón)
El universo es energía que fluye. Es quizá la mejor definición que hoy podemos hacer del universo. Lo que no podemos definir es la energía, sólo observarla.

La energía se condensa y se expande, pero nunca permanece quieta, inmóvil. La consistencia, la solidez, la permanencia, no es más que aparente. Una piedra es una inconmensurable acumulación de átomos que bullen, de partículas que mantienen una febril agitación y no llenan más que una pequeñísima parte del espacio que ocupan: la mayor parte de la piedra es vacío.

Para romper la rutina de la percepción, para ver el mundo con nuevos ojos, hemos de incorporar este hecho a nuestra vida cotidiana: imaginar que todo lo que vemos está en movimiento, que a través de todo lo que parece estático, fluyen corrientes, olas de energía.

Heráclito, el Oscuro, hace ya veinticinco siglos, se dio cuenta de esta verdad observando la corriente de un río. Sí, no podemos bañarnos nunca en el mismo río, pero, además, nunca somos los mismos cada vez que nos acercamos a su orilla. Lo que en realidad dijo Heráclito fue: En el mismo río entramos y no entramos, pues somos y no somos [los mismos].

También dijo Heráclito que el principio de todo era el fuego, o sea, la energía, y que la energía, a su vez, estaba regida por el logos (hoy diríamos “ley del todo”, “teoría unificada”, mente, incluso conciencia). Siguiendo la metáfora del río, el fuego sería el agua, y las orillas y el suelo, el logos.

Aceptar el “panta rei”, el “todo fluye y cambia”, es aceptar la muerte de todo, incluida nuestra propia muerte. Es de aquí de donde nace, quizás, nuestra resistencia a ver el mundo como un flujo ininterrumpido y eterno de energía.

Todo lo permanente es aparente y efímero. No te aferres a nada. Allí donde la energía se estanca, surge un problema. Toda enfermedad es un estancamiento de energía: la energía queda atrapada en una imagen, una palabra, una impresión, una idea, un miedo, una experiencia…

De niño, una vez cacé un verdecillo: tierno, de suaves plumas, me miraba con ojillos asustados. Cuando intenté meterlo en una caja de cartón, agitó sus alas y, sin apenas darme cuenta, temiendo que se escapara, lo asfixié. Nunca olvidé la lección.
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