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miércoles, 17 de noviembre de 2010

MÁSCARA Y PERSONA

(Foto: S. Trancón)


Máscara” proviene del italiano (maschera), y hace referencia a algo que cubre la cara. También puede provenir del árabe maskharah (bufón). “Persona” proviene del latín (per-sono, per-sonare, a través del sonido, resonar), que a su vez puede proceder del griego (prosopon, delante de la cara).

La relación entre máscara y persona tiene su origen en el teatro griego, en el que la máscara servía para identificar al “personaje” y también, como si fuera un bocina, para hacer resonar y proyectar mejor la voz del actor.

Esta asociación, fruto Negritade la evolución más o menos azarosa de las lenguas, es bastante sorprendente, pues originariamente sinónimos, estos términos han acabado siendo semánticamente opuestos: la máscara es lo que oculta a la persona, lo que disfraza o enmascara la personalidad.

Frente a lo verdadero (la persona, lo oculto), lo falso (el disfraz, la apariencia). La máscara se pone encima de la cara, ocultándola, inmovilizando el gesto, congelando la expresión emocional. Este es el sentido del español careta, que ha dado lugar a eso de careto, y de ahí a lo de morro y a expresiones como “tener mucha cara o mucho morro”, “caradura”, o el hiperbólico “un morro que se lo pisa”, o “más cara que espalda” (más cara, máscara… ¿es cara, es caro llevar máscara?)

La etimología, hete aquí que nos plantea un problema filosófico: ¿se oponen máscara y persona, son lo mismo, o no existe lo uno sin lo otro? Es posible que las tres cosas, y a la vez, sean verdad: somos máscaras (la apariencia es lo real, no hay ninguna esencia debajo de la máscara), somos personas (lo que ocultamos es nuestra verdadera esencia) y somos las dos cosas a la vez: máscara (pura apariencia) y persona (lo que sostiene a la máscara, lo que le da la forma).

Por un lado queremos ser nosotros mismos, permanecer, que los demás nos reconozcan como somos, no vivir bajo la tensión de tener que ocultar nuestros deseos más profundos, no tener que mentir, no tener que falsear o aparentar ser lo que no sentimos o no queremos ser. Pero, por otro lado, nos gustaría ser de otro modo, ser mejores (o peores), tener mejor apariencia, impresionar, atraer más a los demás, ser más inteligentes, más ricos, ocupar un lugar social más elevado, etc.

La máscara social no es algo accesorio, sino esencial, pues la sociedad se basa en la construcción y aceptación de “roles”, “papeles”, “funciones”, que hacen posible las relaciones sociales. Máscara no siempre es sinónimo de engaño o mentira. La máscara se puede usar para mentir y engañar, pero también para superar nuestras limitaciones, incluso nuestra timidez.

Lo peor es quedar encerrado en una sola máscara, querer ser tanto uno mismo que acaba uno siendo sólo la máscara de sí mismo. Como dijo Pessoa:
Quando quis tirar a máscara, / estaba pegada à cara.

No somos un yo, una esencia inmutable, sino una apariencia de yo, que necesita manifestarse, ser o presentarse ante los demás y ante sí mismo de muchas y muy diferentes maneras. Lo que importa no es llevar o no llevar máscara, ser esto o lo otro, sino el que cada uno construya sus propias máscaras, no vaya a comprarlas al mercado social o intente ponerse la máscara de otro.

(La peor máscara es la del caradura, el que la tiene de "cemento armado", la del político corrupto, la del psicópata que se instala en los consejos de administración, en los comités centrales, en las sedes arzobispales, las tertulias radiofónicas y televisivas, los medios de comunicación, etc. Los tenemos todo el día ante los ojos, a montones, y no paran de darnos lecciones de honradez y sinceridad).

Somos personajes, sí, diferentes, cambiantes según delante de qué o de quién nos encontremos, pero podemos ser personajes con personalidad. Somos actores, pero podemos serlo con naturalidad, no de forma impostada, amanerada, estereotipada. Esto ya lo dijo Shakespeare.
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