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jueves, 24 de febrero de 2011

AQUEL 23 DE FEBRERO

(Foto: S. Trancón)
Yo estaba dando una clase de literatura en el Instituto Puig Castellar de Santa Coloma de Gramanet. En cuanto se supo que Tejero había tomado el Congreso se suspendieron las clases. Yo me fui a mi casa. Quería pensar qué debía hacer. En el 78 había sido detenido y llevado a los calabozos del la Guardia Civil de Barcelona. Pasé una noche en un antro siniestro, un sótano situado en pleno Barrio Gótico, junto a prostitutas y locas cogidas en una redada, que entonces eran todavía frecuentes. Me interrogaron y a las dos de la mañana, cuando uno está psicológicamente más débil, volvieron a llamarme. Me pusieron una trampa grafológica que estuvo a punto de delatarme. Tenían mucha experiencia en su trabajo. Un antiguo falangista, conserje del instituto, me había denunciado por ser el responsable de una revista, a la que puse el nombre de Nocturnidades, en la que aparecía un artículo sobre el Ejército que consideraron delito. Coincidió con el proceso a Els Joglars por la Torna. Así que en aquel febrero del 81 yo tenía pendiente un consejo de guerra, pues lo de la amnistía se refería a delitos anteriores. Naturalmente, si el golpe iba adelante, no era cosa de dejarse atrapar. Otros, con mucho menor motivo, se escaparon a Francia. Ahora acabo de enterarme de que los golpistas habían elaborado listas provinciales con los que debían ser fusilados en las primeras horas. La cosa iba más en serio de lo que ahora tendemos a suponer. Recuerdo estos hechos, no con ningún ridículo afán de protagonismo, sino para que se entienda algo del ambiente del momento.

Pero de lo que quería hablar era de otra cosa. Es una reflexión de carácter lingüístico. Me resuenan las frases de aquella noche. Son verdaderas joyas. Veamos.

Primero, el "¡Quieto todo el mundo!". Fijémonos en el "quieto" y en "todo el mundo". Una hipérbole descomunal. Sólo un Dios Omnipotente puede pronunciar una frase así. O un demente. Si tiene, además, una pistola en la mano, la hipérbole grotesca se convierte en amenaza trágica. Pero ahí está el lenguaje, haciendo natural lo que no puede ser más que delirio. El español, y aquí es donde quiero llevar mi análisis, es una lengua proclive a estos excesos, no sólo verbales, porque las palabras "performativas" (o sea, las que no sólo dicen, sino hacen) tienden a los actos.

Volvió Tejero a mostrar sus delirios de omnipotencia con aquel "¡Al suelo todo el mundo!", que fue seguido de una ráfaga de metralletas. Sólo gente acostumbrada a aquel ruido ensordecedor, como Carrillo, Suárez o Gutiérrez Mellado, supieron mantener una actitud de heroica dignidad, sin agachar la cabeza. De nuevo la orden iba dirigida al universo entero.

Más apaciguado fue aquel vulgarismo de "¡Se sienten, coño!", de tan difícil análisis lingüístico, que revela la propensión escatológica y sexista del español al abuso de las diferencias anatómicas, recurriendo a una fonética contundente.

La orden de "Abran fuego", si se iba la luz, es otra de esas frases que merecen un comentario. La metáfora es de una visualidad escalofriante. Los disparos "abren fuego", taladran, dejan el paso libre. Lo de "fuego", cuando todo está a oscuras, encierra también una inquietante paradoja.

No puedo por menos de relacionar toda esta jerga cuartelera con aquel "¡Muera la Inteligencia! y ¡Viva la muerte!", de otro loco peligroso, el tuerto Millán-Astray. Yo lo uso para explicar a mis alumnos el oxímoron. Aprovecho también para recordarles el valiente discurso de Miguel de Unamuno, frente a aquella horda de energúmenos que querían lincharlo:

Pero ahora acabo de oír el necrófilo e insensato grito "¡Viva la muerte!" y yo, que he pasado mi vida componiendo paradojas que excitaban la ira de algunos que no las comprendían he de deciros, como experto en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso que digamos esto con un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero desgraciadamente en España hay actualmente demasiados mutilados. Y, si Dios no nos ayuda, pronto habrá muchísimos más. Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor."

Y acabó:

Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parce inútil pediros que penséis en España. He dicho".

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