
Tengo una cueva al fondo de mis ojos, una cueva que acaba en un agujero negro que todo lo engulle. Soy un imán que atrae las partículas del universo y las lleva hacia ese agujero que está en el centro de mi ser. Quizás cumplamos una función ecológica: absorber la energía que nos llega de los confines del universo para llevarla hacia ese adentro que comunica con el infinito. Somos receptores-transmisores de energía. La pasamos de este mundo a otro que desconocemos.
Al fondo de mis ojos, pero también de mis oídos, y de mis manos, y de mi lengua. Al fondo de mi pecho. En el centro de mi cuerpo, donde hay un torbellino invisible que atrapa todo lo que me rodea, lo disuelve y lo hunde en la nada. Y nada puedo hacer para retenerlo: me traspasa, me sobrepasa y se va.
Sí, vivir es morir hacia adentro. Muero a cada instante. Muere todo lo que percibo, veo y palpo. Este irremediable asomarme al abismo. Nada permanece en mí. No me iré: ya me voy. No voy a morir: ya muero. La muerte no llegará: ya está aquí. Sólo soy un darme cuenta. El temblor, el pavor, la vibración del asombro. Asomado a la infinitud. Ese disolverme en el no ser. Ese pasar del ser al no ser y del no ser al ser.
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