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miércoles, 3 de agosto de 2011

LA PRIMA Y ELPRIMO DE RIESGO

El lenguaje se adapta a los cambios sociales, modifica los significados. “Los mercados”, por ejemplo, no son ya los lugares donde vamos a comprar verdura, carne o pescado. Tampoco son el mercado en general, o sea, la actividad de compra-venta de productos siguiendo la ley de la oferta y la demanda. Los mercados son hoy, por antonomasia, los “mercados financieros”, o sea, la compra-venta de dinero. El dinero se ha convertido en el gran tema (y en el gran problema).

Todo empezó cuando los bancos (¡de pronto!) se quedaron sin dinero, porque(¡supuestamente!) los deudores no podían devolverlo con los intereses pactados. A esto se le llamó descapitalización (no especulación y mala gestión) y se identificó con el apocalipsis: si los bancos quiebran, todo se viene abajo, empezando por nuestros ahorros. Así se nos asustó para justificar que el dinero público acudiera a salvar a la banca (o sea, a los bancos). Se hizo porque los Estados (¡se suponía!) tenían dinero suficiente y sobrante para “sanear” los bancos. Era de interés público, única forma de evitar el colapso financiero, lo que (¿a nadie?) convenía.

Pero aquí empezó el segundo problema: los que se quedaron sin dinero fueron los Estados, quienes, para no entrar en quiebra, pidieron a su vez dinero a los bancos. Lo pidieron emitiendo deuda (bonos), o sea, vendiendo dinero futuro para comprar dinero presente. Los que prestan dinero, o sea, los grandes bancos y agencias de inversión (que son casi lo mismo), imponen entonces sus condiciones: yo te presto dinero al interés que a mí me da la gana, calculado esto en función del riesgo que tengo de que no me lo devuelvas. ¿Y cómo calculas tú, oh mercado, ese riesgo? Tengo mis agencias de calificación que estudian tu economía, tu déficit, tus gastos e ingresos, y hacen un diagnóstico, un augurio, un vaticinio.

La pregunta más elemental es: ¿Y cómo sé yo que no me engañas, que no elaboras los informes, las calificaciones que a ti te convienen para presionarme y chantajearme y hacer que yo te dé más y más dinero por el dinero que me prestas? La diferencia de un punto en los intereses supone un beneficio astronómico. Si nos prestan 1000 millones a 10 años al 6%, por ejemplo, eso supone que hemos de devolver cada año por intereses 60 millones. Al cabo de 10 años (además de recuperar sus 1000 millones) el prestamista habrá ganado 600 millones limpios. ¡Menudo negocio! Pero eso en España. (Si pone esos 1000 millones en Grecia, el inversor se embolsará 1800 millones de beneficio). ¡Pero estamos hablando de refinanciar, este año, 170.000 millones de euros!

Todo esto es, evidentemente, un juego macabro, pues si yo no voy a poder pagar una deuda, cuanto más intereses tenga que pagar por ella más difícil va a ser que la pueda saldar o devolver. Lo lógico sería, para asegurar la devolución, bajar los intereses, no subirlos.
Como se ve, es un camino sin retorno, porque con más deudas, menos posibilidades de que los bancos presten dinero para la actividad económica, además de venderlo más caro. Con menos actividad menos ingresos del Estado, así que la quiebra se avecina. ¿Pero no es esto, quizás, lo que se busca? Aquí está el meollo de la cuestión, porque entonces Europa vendría a rescatarnos, o sea, que entonces serían todos los Estados los que asumirían el riesgo y no los inversores y nosotros todavía más endeudados.

Así que la prima de riesgo es un buen invento para que hagamos el primo. Sin primo no hay prima. Pero lo más repugnante de todo este vomitivo cambalache financiero es que el dinero como tal, el dinero real que representa a una economía real, ese dinero no tiene ninguna importancia, ningún valor, porque todo este monstruoso sistema se asienta sobre el dinero virtual, sobre números, sobre hipotéticos valores, sobre cuentas que circulan por ordenadores y viven en un mundo aparte, un mundo autónomo, imaginario, pura alucinación. Su relación con la economía real no es más que hipotética, basada siempre en supuestos y cálculos generales.
Vivimos en un mundo delirante, en el que el dinero virtual, su movimiento y acumulación, no depende más que de factores subjetivos, de la confianza, el riesgo, las valoraciones interesadas, los vaticinios, los rituales diarios que los brujos y hechiceros hacen cada día en la bolsa, el mercado de deuda, los informes de las agencias, todo el teatro montado para que los más poderosos sigan imponiendo sus normas, sus equilibrios de poder, sus recortes, sus sistemas de contratación, sus márgenes de beneficios, sus condiciones laborales, su todo.

Es virtual porque con él se puede seguir especulando hasta el infinito: vendiendo y revendiendo bonos (que no son más que dinero hipotético), se van aumentando los beneficios, que a su vez marcan el precio de los futuros bonos. Existen por sí mismos y para sí mismos, son agencias de inversión que pueden cambiar miles de millones de un lugar a otro en un segundo.

Mientras tanto, ¿qué pasa en el mundo real? Paro y sobrexplotación, que van unidos. Ganar menos y trabajar más. ¿Objetivo? No menos Estado, sino menos educación, sanidad, jubilaciones y servicios públicos, y más privados. No un Estado más eficaz, sino un Estado más al servicio de bancos, empresas y mercados financieros internacionales. No menos guerras, sino guerras bajo control, allí donde y hasta donde y cuando interesen. No más democracia, sino una democracia más manipulada, corrupta, disgregadora e impotente. No más seguridad, sino más miedo. Así hasta que el juego se vaya de las manos y suceda lo impredecible, pero muy probable: un verdadero caos. Y ya sabemos cómo solemos acabar con el caos. En el siglo XX lo hicimos muy bien. En Europa, dos grandes guerras y más 60 millones de muertos.
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