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lunes, 8 de agosto de 2011

SER REALES, ESTAR PRESENTES

(Foto: Ángela Trancón Galisteo)

No hay tiempo, sólo hay ahora. El tiempo es una construcción imaginaria, una ilusión.
No hay espacio, sólo hay aquí. El espacio es una construcción imaginaria, una ilusión.
El tiempo y el espacio no son más que el pensamiento del tiempo y del espacio.
Ni el ahora ni el aquí tienen límites: no pueden medirse.
Sólo existe lo que existe aquí y ahora. Sólo lo que existe aquí y ahora es real.
El pasado y el futuro no existen, sólo son imaginarios. No puedo hacer nada luego ni antes ni en otro lugar que no sea aquí. Todo lo que puedo hacer sólo lo puedo hacer aquí y ahora.
Si no hay tiempo no hay continuidad. Si no hay espacio no hay solidez. La continuidad y la solidez son construcciones mentales, imaginarias.

Vivimos sumergidos en el espacio, absorbidos por el tiempo, preocupados por la continuidad y atrapados en la solidez. Vivimos en la mente, o sea, dentro de las imágenes mentales que hemos construido de nosotros mismos y del mundo que nos rodea. Las construcciones de nuestra mente absorben toda nuestra energía y atención.
Las imágenes son reales en nuestro cerebro, pero el contenido de esas imágenes no es real fuera de él. Esto significa que hemos quedado encerrados, encapsulados en un mundo interior imaginario.
Este mundo imaginario, sin embargo, no se sostendría ni tendría permanencia ni continuidad si no fuera al mismo tiempo sostenido, alimentado y reforzado por la actividad mental de los demás. Entre todos construimos el mundo imaginario en que vivimos. Ese es nuestro poder, pero también nuestra limitación y nuestra cárcel.

Para romper esta limitación, el primer paso es tomar conciencia de la trampa, de la ilusión, de la absorción en nosotros mismos, en la actividad interna de nuestro cerebro. Luego, comprender que todo cuanto vemos y pensamos es de naturaleza imaginaria y, por tanto, no tiene ni solidez ni continuidad, ni duración, ni extensión. Que todos estos conceptos son, como diría Espinosa, “entes de razón” y “entes de la imaginación”; no atributos de la realidad, sino la forma como tiene nuestra mente y nuestra imaginación de construir la realidad que nos rodea.

Que no hay tiempo, ni espacio, ni continuidad, ni extensión, ni duración, ni permanencia, ni solidez, sino sólo energía y conciencia, es algo que comprobamos al observar el contenido último de la realidad, lo que hay más allá del átomo, o sea, la realidad subatómica. La física cuántica ha tratado de explicarlo a partir de la observación de esa realidad cuántica. No se trata, por tanto, de una ocurrencia más o menos original, por más que sea una evidencia anti-intuitiva y contraria a lo que elaboran nuestros sentidos.

La sensación de que no somos reales, de que vivimos dormidos, de que somos incapaces de estar en el presente, nace de la “irrealidad” de esas construcciones de nuestro cerebro en las que hemos quedado atrapados. Paradójicamente, lo que hemos construido como sólido, continuo, permanente y duradero (incluido nuestro yo), no nos da la sensación de ser verdaderamente reales, no nos otorga la claridad ni la conciencia de ser y existir realmente. Una prueba de ello es que es que no nos creemos que realmente vamos a morir de verdad, de una vez y para siempre.
Sólo tratando de eliminar de nuestra mente el tiempo, el espacio, la solidez y la continuidad, podemos abrir una pequeña puerta por la que entre otra luz, otra claridad, otra sensación de realidad. Cuando se diluyen los límites del mundo, del espacio, del tiempo y la solidez, el mundo se vuelve más real y transparente.

En estas fechas, libres de horarios, obligaciones y rutinas, es más fácil intentar vivir esta experiencia de discontinuidad, de parar el tiempo, de diluir la solidez, de elevar la conciencia de ser, de sentirnos más reales y presentes. Lo más difícil, y lo más necesario para vivir esta estimulante experiencia, es liberarnos de la presión de los demás, de esa fuerza gravitatoria que nos amalgama con la mente de los otros, hasta el punto de creer que no existe más mundo que ese que construimos y mantenemos en nuestro cerebro.
Sólo liberando la energía y la atención que queda atrapada y absorbida por esa construcción e interpretación mental y social del mundo, a la que llamamos realidad, podremos atisbar un poco de la auténtica realidad y esencia del mundo y de nosotros mismos, eso que está más allá de la realidad mental e imaginaria en que vivimos (y malvivimos).

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