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domingo, 30 de diciembre de 2012

CONTAR EL TIEMPO



El tiempo es la categoría mental más compleja, más difícil de definir, de explicar y entender. Para la mayoría, el tiempo no es más que eso que medimos y contamos con el reloj y mediante el calendario. Números. Números que miden y cuentan ciclos que se repiten: una hora, un día, un mes, un año... ¿Pero qué es eso que medimos y contamos?

Algo inasible, invisible, inaudible y hasta inimaginable. No tiene forma, ni color, ni olor, ni sonido. Algo abstracto que, para manejarlo, lo identificamos con números y palabras. Pero no podemos confundir el número y las palabras con algo objetivo, real: no existe de ningún modo, por ejemplo, el 31 de diciembre de 2012. No es ningún objeto, ninguna realidad.

El tiempo tampoco es una fuerza invisible, como lo es la gravedad. Ni un hecho, como la erosión o las mareas, o un acontecimiento, como la guerra civil española (por cierto, siempre inacabada).
El tiempo es una construcción imaginaria basada en la repetición de los ciclos de la naturaleza, especialmente del ciclo solar. Así surgió. Como categoría mental ha resultado muy útil para organizar la vida social, el trabajo, el descanso, la comunicación y las relaciones humanas. No podríamos prescindir de ella.

Entendemos el tiempo como la duración de algo. Sin cambio no hay duración. Algo dura mientras no deja de ser lo que es. Identificamos el tiempo con los cambios que se van produciendo en algo. Duración (permanencia), cambio (modificación) y destrucción (desaparición) son las manifestaciones del paso del tiempo.

Pero el tiempo sigue siendo algo incomprensible. Sólo podemos imaginarlo como algo que avanza en una sola dirección: hacia adelante. Pero Einstein nos demostró que no es una realidad objetiva, sino relativa. El tiempo sólo existe con relación a algo que se mueve: si cambia la velocidad con que algo o alguien se mueve, el tiempo transcurrido cambia también. Por eso la flecha del tiempo puede ser reversible, al menos teóricamente.


Pero a mí lo que más me interesa es el tiempo subjetivo: o sea, el modo como cada uno imagina, cuenta y vive su propio tiempo, el de su propia vida. Su tiempo de vida. Y lo primero que digo es que, más que el tiempo, lo que me importa es la vida. Pongo la vida por encima del tiempo. Nos preocupamos por el tiempo porque tememos no durar, morir “antes de tiempo”. Pero todos morimos antes de tiempo.

No me preocupo del tiempo, sino de lo que hago, lo que vivo, lo que siento. No me afano por durar, sino por vivir. Por eso no me gusta contar los días y los meses, ni celebrar cumpleaños, ni recordar fechas, ni programar compromisos. Tampoco tengo ninguna agenda y mucho menos electrónica. Si me olvido de algo es porque debía olvidarme, me digo. Como cuando tengo hambre, no cuando lo dice el reloj. Me acuesto cuando tengo sueño, no cuando toca. Lejos de llevar una vida anárquica, sigo espontáneamente un ritmo mucho más ordenado que la mayoría, aunque muchas veces no sepa ni el día ni mes en que vivo.

Al liberarnos de la obsesión por medir el tiempo, el tiempo acaba alargándose. Al no someternos a los dictados del reloj, estamos mucho más abiertos y disponibles para lo nuevo e inesperado. Al someternos a nuestro propio ritmo, no nos exponemos a los vaivenes y caprichos de los demás. Al olvidarnos de la edad, impedimos que los demás nos encasillen, definan y controlen.

Medir, contar y recordar el tiempo exige una gran cantidad de energía. Es muy costoso y fatigante. La pérdida más estúpida de tiempo es la que dedicamos a medir y contar el tiempo. Confía en tu reloj interior, que mide la vida por la intensidad con que vives, no por las hojas del calendario. Acompasa tu vida al ritmo de lo que haces. Cada cosa requiere su tiempo y su ritmo, es inútil acortarlo o alargarlo. Cuando centramos toda la atención en algo, el tiempo desaparece. Es la mejor forma de liberarnos de la tiranía de tiempo.    
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