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lunes, 23 de marzo de 2015

LA DESINTOXICACIÓN DEL EGO

(Foto: Fernando Redondo)

Cuando uno reflexiona sobre los males de nuestro país siempre se topa con lo que podríamos llamar “la patología del ego”. Es un problema que afecta a todos, pero especialmente a aquellos cuya actividad tiene que ver con la vida pública: políticos, escritores, periodistas, actores, jueces... Afecta tanto a los que son como a los que aspiran a serlo. El mal se extiende a toda la sociedad, pero es especialmente grave cuando afecta a quienes mayor influencia social ejercen.

Ya Freud nos mostró que el yo es una construcción imaginaria. Necesitamos vernos reflejados en algo para tomar conciencia de nosotros mismos. Los demás son nuestro principal espejo. La fragilidad del yo nace de su propia esencia imaginaria: nada más volátil que una imagen mental. Necesitamos sostenerla con nuestra energía y nuestro intento, pues de lo contrario se desvanece. El ser humano está siempre a punto de perder la cabeza, o sea, de no saber quién es.

La patología del ego nace de la propia constitución del yo, así que es un fenómeno universal. Pero hay muchos modos de encarar esta debilidad constitutiva. La peor de todas es la que pretende solucionar el problema del ego con más ego. Observen la conducta de cualquier personaje público, fíjense no sólo en lo que dicen, sino en cómo lo dicen, el tono, la actitud, la idea que de sí mismos desprenden: verán en la mayoría un ego sobredimensionado, hipertrofiado, compulsivamente autoafirmado, intocable, expansivo, invasivo. La vanidad se mezcla con la soberbia, el engreimiento y la autocomplacencia con el rencor, la falsa modestia y la beatería con la violencia y el desprecio a los demás.

El ego de nuestros personajes públicos está tan intoxicado que contamina cuanto dicen y hacen. Cualquier idea, crítica o propuesta que choque con el ego de alguien situado en alguna posición de poder está condenada al fracaso. Todo adquiere una sobredimensión personal, tóxica, que anula cualquier posibilidad de discusión o reflexión objetiva.


El país entero está intoxicado por el virus patógeno de ego. La incapacidad para distinguir entre una imagen positiva de sí mismo y una idea patológica, compulsiva y tóxica, se ha convertido en uno de los principales problemas nacionales. El reflejo más visible es el modo como se organizan y funcionan nuestros partidos políticos, en los que el ego de los dirigentes lo invade todo, confundiendo carisma con culto a la personalidad, coherencia con imposición autoritaria, responsabilidad con obediencia y militancia. Los nuevos partidos repiten el mismo esquema e idénticos errores. Este sí que es un problema “transversal”.  
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