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sábado, 5 de diciembre de 2015

CATALUÑA: UN NTERPRETACIÓN PSICOANALÍTICA

(Fotos. Ángela Galisteo)

Hace unas semanas publiqué aquí un artículo titulado “Esto va a acabar mal (y cuanto antes, mejor)”. Describiendo la situación de Cataluña eché mano de una vulgar metáfora: “La miseria moral, intelectual y política acumulada rebosa por las alcantarillas y ya no hay suficientes desagües ni contenedores para evacuarla. El hedor se ha hecho insoportable”, escribí. Para mi sorpresa, tres días después encontré estos titulares en la prensa: “Algo huele a podrido en Barcelona” (El País), “El olor misterioso persiste en Barcelona” (La Vanguardia), “Barcelona, bajo una ola de mal olor” (ABC), “El día de la peste” (El Periódico). La metáfora se había hecho realidad, nube tóxica, pestilencia ambiental.
Descubro con asombro mis dotes de profeta, pero no he sido el único en ver en ese inexplicable hedor barcelonés una descripción de la situación política que paraliza a Cataluña. El País habló de “putrefacción avanzada” en un editorial que tituló “Descomposición”.  Francesc Valls escribió un artículo en el mismo medio: “Algo huele mal, muy mal”. Estas extrañas coincidencias me han hecho recordar la interpretación que de la “cultura catalana” hacía un excelente escritor y agudo psicoanalista, el argentino Germán García.
Conocí a Germán García en 1978, en Barcelona. Acababa de llegar de Buenos Aires para unirse al proyecto de la Escuela Freudiana de Barcelona que había creado su amigo Oscar Masotta, quien moriría un año después. Al poco tiempo de estar en Barcelona, con gran intuición, elaboró una interpretación psicoanalítica para explicar el “hecho diferencial” catalán.
Sostenía Germán que “lo catalán” tenía mucho que ver con “la pulsión anal”. Recordemos que Freud habló de la fase anal, anterior a la fálica, en que el niño ha de controlar sus esfínteres para alcanzar su madurez libidinal y psicológica. El excremento adquiere en esta fase un valor simbólico relacionado con la retención/expulsión. Cierta “fijación” en este estadio puede explicar algunas conductas como la obsesión por la acumulación de riqueza y dinero (la “pasta”) o la tacañería, tópicamente atribuidas a los catalanes.  
A Germán García le sorprendió enseguida el parecido de las torres de la Sagrada Familia con una montaña excrementicia, lo que no le impedía admirar su grandiosidad y belleza. Todavía no conocía el caganer, esa figura belenística que tanto choca a quienes no somos catalanes, o el navideño caga tió.  Otra prueba, la más decisiva para Germán, de la original relación entre cultura catalana y analidad, era la forma como el idioma catalán había evolucionado, “eliminando” (o reteniendo para sí) vocales o consonantes en la última sílaba de la palabra (mort/castellà/futur…), lo que le otorgaba al catalán esa particular fonética implosivo/explosiva. No conocía tampoco Germán la tendencia al chiste escatológico y otras manifestaciones festivas catalanas relacionadas con los petardos, el humo fétido, el peculiar sonido de la música de la sardana, el gusto escatológica de Dalí, los cuadros de Tàpies o Miró, por no hablar de la butifarra o la barretina (de origen frigio, al parecer, pero que cambia el cono fálico por la “masa” flácida que se desparrama por la cabeza).
Pero no han sido extranjeros, sino los propios catalanes los primeros en hablar de la relación de su cultura con lo excremental. Recordemos a Albert Boadella, por poner un primer ejemplo, quien celebró con sarcasmo una Diada enseñándonos el culo por un agujero que hizo en una estelada. O a Serafí Pitarra (Frederic Soler), uno de los padres del teatro catalán, quien usó lo escatológico como un elemento “artístico” esencial. El año pasado el TNC recuperó su memoria con un espectáculo dirigido por Jordi Oriol y Josep Pedrals, que comentaron: A los catalanes el pedo, el pipí y la caca nos hacen gracia. Somos escatológicos por naturaleza". Más directo, el actor Josep Julien dijo: No sé por qué nos gusta tanto la mierda a los catalanes.
En ningún otro lugar del mundo hay una empresa (Caganer.com) dedicada exclusivamente a fabricar caganers de todas las clases y colores (De Pujol y Artyr Mas al papa Francisco o la Virgen de Montserrat, a todos "los pasan por la piedra"). Albert Pla acaba de publicar un libro titulado Espanya de merda en cuya portada aparecen escritas las letras con heces humanas. Dalí repetía el refrán qui mengi molt i cagui fort no ha de témer la mort. En su Diario de un genio nos cuenta cómo llamaba la atención de su familia reteniendo la defecación durante días. Escribió un apéndice a su Diario titulado El arte de tirarse pedos o Manual del artillero socarrón. El propio Breton creyó que practicaba la coprofagia. Podríamos seguir con otros muchos ejemplos.


Entiendo por cultura, no una esencia física, metafísica, étnica o biológica, sino “unos modelos de conducta” (modelos de sentimiento, de pensamiento, de relación), que se aprenden con el lenguaje y la primera socialización, y que “determinan” los modos de comportamiento, los valores sociales y la creatividad.
Pero cuando hablamos de rasgos diferenciales culturales no hemos de entenderlos nunca como exclusivos o únicos. Casi nada es absolutamente original o exclusivo de una cultura. Tampoco hemos de entender la cultura como un todo uniforme y menos el presuponer que podamos atribuir los rasgos generales a los individuos concretos. Teniendo en cuenta estas limitaciones, el interés de esta interpretación psicoanalítica freudiana radica para mí en su capacidad para analizar y comprender mejor la actual situación de la política catalana.
El “proceso” puede explicarse como una reacción egoísta (retener todo para mí) propia de la fase anal, caracterizada por la obstinación y la prepotencia. El victimismo como medio de chantaje y amenaza (que ha vuelto a escena) tiene también que ver con el sado-masoquismo que Freud relacionó con este estadio. Ahora estamos viviendo un momento de “contención”, de retención forzada y forzosa de los impulsos, que retrasa la “liberación” independentista. Ante el conflicto con la Ley (del padre), Mas-Collet ha dicho: “Si tenemos que arrodillarnos, lo haremos, pero que paguen”, algo inimaginable en boca de un español “fálico”. Poner la pasta por delante de la dignidad, eso nunca.
Para completar esta interpretación debemos introducir el elemento clave del conflicto, el choque con la pulsión fálica, más propia de la cultura española. No estoy estableciendo ninguna comparación de superioridad. La fase fálica no conduce necesariamente a la madurez ni el equilibrio emocional. Lo que señalo es que la superación del estadio anal supone entrar en conflicto con el padre y dominar el miedo a la castración, propio de la fase fálica.
Que el independentismo vive enredado en este conflicto lo pone hoy de manifiesto su incapacidad para “matar al padre”. La CUP, dominada mayoritariamente por charnegos (o sea, por individuos más influidos por la cultura “fálica” española), está decidida a acabar con Mas (convertido simbólicamente en el padre del independentismo actual), a lo que se resisten los “más catalanes”.  No es nuevo el conflicto. Habría que recordar al anarquismo catalán de los años 30, dominado por mis paisanos leoneses Pestaña, Diego Abad de Santillán y Durruti, enfrentados al catalanismo independentista. Ante las dudas, la reserva y la cobardía del catalanismo, el independentismo charnego, movido por un impulso fálico más que anal, se toma el “proceso” en serio y quiere, aunque sea suicida, llegar hasta el final. Nada más “español”. Si vencen los otros, los “escatológicos”, quién sabe lo que sucederá; a lo mejor acaba todo en una gran “pastanaga” navideña que nos atufe a todos. El belén ya está montado.

  
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