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martes, 7 de junio de 2016

Partidos del circulo cuadrado

(Foto:A.T.Galisteo)
En el mundo de la razón y las evidencias newtonianas (o sea, aquel en que nos movemos, respiramos, caminamos o freímos un pimiento de Padrón), los círculos no son cuadrados, ni los cuadrados, círculos. Por la misma razón, un huevo no es una castaña. En la lógica de nuestros partidos, sin embargo, rige el axioma contrario: los círculos son cuadrados y los huevos, castañas. Todos invalidan la razón kantiana para imponer el principio de que lo imposible, no sólo puede ser, sino que además es necesario. Los ejemplos son innumerables, pero vamos a fijarnos sólo en uno, el de la organización territorial e institucional del Estado. Frente a este grave e insoslayable problema, ¿qué círculo cuadrado nos propone cada partido? ¿Qué huevo castaña en su programa electoral?
Empecemos por el que más se atreve a cuadrar círculos, el PSOE. Pedro Sánchez nos explica cómo un huevo federal puede convertirse en una castaña constitucional: establezcamos “un pacto político con Cataluña que, respetando las implicaciones del principio de igualdad, reconozca su singularidad y mejore su autogobierno”, porque "es evidente que Cataluña es una comunidad nacional con personalidad lingüística, cultural, económica, histórica y política de perfiles singulares y muy acusados”. ¡Toma ya! Bilateralidad. Nación con/contra nación en pie de igualdad; o sea, la independencia del círculo cuadrado. Fíjense en cómo un huevo puede ser a la vez una castaña: no se trata de respetar “el principio de igualdad”, sino sus “implicaciones”. El modelo, para que nos lo traguemos mejor, puede extenderse a otras comunidades “históricas” (las demás son “ahistóricas”, no existen). Así que de la bilateralidad pasaremos a la “pluribilateralidad”.
Podemos es el partido más emblemático del círculo cuadrado porque, digamos, lo lleva en la sangre, círculo de círculos, círculos que se acumulan y superponen, ruedas que se enredan. La fórmula de la cuadratura es la “plurinacionalidad”, o sea, que cada “nación” decida lo que quiera. ¿Cuántas, cuáles? ¡Ya se verá! El líder melenado, ebrio de omnipotencia, piensa que dominará a las mareas disgregadoras y, una vez reconocido el derecho a hacer cada “pueblo” lo que le dé la gana, él logrará que todos los independentistas se queden en España, “seduciéndolos”.
Ciudadanos cuadra el círculo no hablando de él. Un oportunismo extraviado le lleva a dejar la “cuestión catalana” a un lado, como si fuera un problema menor o territorial, sin darse cuenta de que, aunque no sea lo único ni lo más importante, sí es lo más decisivo y determinante en el momento actual. Sin resolverlo, ningún otro problema podrá resolverse.
El PP cree que el tiempo y la política de apaciguamiento y cambalache parirá por sí sola la solución. Nada extraño, porque su única habilidad consiste en redondear las cuentas y los cuentos para convencernos de que sólo ellos son capaces de hacerlos cuadrar. Es una actitud de ciegos, como si en lugar de ojos tuvieran castañas o huevos de avestruz.

Cuando uno ve cómo los partidos que nos han de salvar de la catástrofe se empeñan en aplicar la lógica del círculo cuadrado; cuando uno comprueba lo lejos que su lenguaje está de la verdad y la evidencia terca de los hechos; cuando uno se da cuenta de su enorme incapacidad para pensar y describir y diagnosticar la crítica situación en que, como Nación y Estado, nos encontramos, es casi obligado el creer (y desear) que surjan en nuestro país otras fuerzas, otros grupos, otros partidos capaces de abrir los ojos a la mayoría de ciudadanos para proponerles un nuevo modelo de Estado-Nación que supere todos los miedos y complejos actuales. Políticos que no sean los cabeza cuadrada que hoy tenemos. Ya se sabe que, para lograr una cabeza cuadrada hay que achatarla por los polos, o sea, seccionarle la mitad del cerebro.
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