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jueves, 16 de junio de 2016

PERIODISMO POPULISTA

(Foto: S. Trancón)
Vamos a meternos con el gremio. Simplifiquemos hablando de “periodistas”, cajón de sastre en el que también cabe un cubo de basura. Ya es casi imposible distinguir entre un profesional de la información y todo lo demás, esa fauna variopinta de charlatanes, egópatas, analfabetos, exhibicionistas y provocadores. Cursilería y chabacanería, bobería empalagosa y marrullería verbal, todo se mezcla hasta aturdir al lector, espectador, oyente. ¡Son los medios, estúpido!
Los medios. Esos aparatos ideológicos, esas máquinas de triturar cerebros,    pero, (¡gran paradoja, como la vida!), imprescindibles instrumentos de información y comunicación. Ya no podemos vivir sin ellos, sin  su poder e influencia. Definen el mundo, establecen sus límites, nos obligan a permanecer dentro de su campo de concentración porque fuera de su alambrada de púas nada existe. Viven para amasar dinero, y lo consiguen, porque en realidad son pocos para mucho pastel. Han encontrado el truco: atrapar como sea al mayor número de “mirantes”, “escuchantes”, “leyentes”. De lo único que se trata es de secuestrar la atención, mantener la mente ocupada con estímulos superficiales en constante cambio. Nunca ha sido más fácil manipular la opinión publica﷽﷽﷽﷽lar la oponite siempre cambion eststual, todo se mezcla hasta aturdir al lector, espectador, oyente, al que se len ública, controlar a lo que Ortega llamó “las masas”, hoy dignificadas con el nombre de “ciudadanos”, pero radicalmente “alienadas” y “oprimidas” (viejas palabras que deberíamos recuperar).
Analicemos la resurrección de fenómeno populista. El populismo es, ante todo, una ideología en la que todo está permitido con tal de alcanzar el poder (Mussolini, Hitler, Franco, Perón, Chávez, por citar a los más cercanos). Como el poder se toma por asalto, dicen, no por consenso, el uso de la democracia no es más que “instrumental”, una forma de camuflaje. La mentira, el engaño, la ocultación de intenciones, no sólo es “legítima”, sino necesaria. La gran palabra, el constructo mental con el que justificar todo sin necesidad de dar explicación alguna, es “la gente” o, según convenga, “el pueblo”, y ahora, “la patria”, otra resurrección “franco-castro-chavista”.  
Pero lo que hoy quería traer a esta columna “doricojónica” (como diría Crémer) es un hecho más concreto y demostrable: que no existiría periodismo populista si no hubiera o hubiese periodistas populistas. Haylos, y cada día más, pues parecen reproducirse por contagio. Vean la Sexta, la Cuatro, la Tres, la Cinco, todo el sistema catódico decimal, la Ser y la no Ser… De los más famosos a los menos famosillos, la mayoría se apunta al periodismo populista, que es lo contrario del periodismo crítico, informativo. Todo es complacencia emética, adoración y halago y compadreo hacia el poder emergente y galopante, al estilo de “la resistible ascensión de Arturo Ui”.
También haylos del otro lado, porque si Podemos goza de derecho de pernada, el PP sigue manteniendo sus incondicionales, igualmente populistas, con la diferencia de que éstos ya han alcanzado el poder y de lo que tratan es de mantenerlo enfrentando dos populismos simétricos.

Según Metroscopia el 95% de españoles considera la situación política mala o muy mala, y el 74% está insatisfecho con el funcionamiento de nuestra democracia. Ésta parece ser la verdad, ésa que desprecian los periodistas populistas, la única que debiera preocuparlos. Porque lo más grave es la degradación y el desprestigio de la verdad, la verdad de lo que la mayoría de ciudadanos piensa y siente cuando no les someten a la hipnosis mediática. Lo último, ésa estupidez de convertir a los niños en periodistas, la versión más depurada del populismo. Y los políticos, obedientes, se someten a todo tipo de majaderías y pruebas, como si estuvieran concursando en el Gran Hermano. No es que pierdan la dignidad, sino la cabeza, que muestran tener llena de banalidades y naderías, fruto de una “lobotomización” mediática que les impide, no ya pensar por sí mismos, sino simplemente pensar.
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