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miércoles, 9 de noviembre de 2016

REESCRIBIR LA HISTORIA DE ESPAÑA

(Foto: S. Trancón)
Juan Pedro Aparicio acaba de publicar “Nuestro desamor a España”, un ensayo que ha merecido el Premio Internacional Jovellanos. Lo presentamos en la Casa de León en Madrid Rogelio Blanco y este escribano, con la presencia de Juan Pedro y de José María Hidalgo, el infatigable animador cultural de la Casa. La apasionada discusión que se produjo entre la mesa y parte del público me dicta estas reflexiones, mucho más breves de lo que el tema requiere.
En mi intervención destaqué la valentía y lucidez del autor, el atrevimiento de poner en duda los tópicos e interpretaciones reduccionistas de la historia de España, disolviendo el mito castellanista. Este pensamiento “extramuros de la oficialidad” es imprescindible para reinterpretar nuestro pasado y comprender mejor los problemas del presente. El afianzamiento de un sentimiento natural de pertenencia a España, sin complejos, debe basarse en el conocimiento real de lo que fuimos y lo que somos. Es aquí donde se suscitó el debate de mayor interés. La discrepancia fundamental surgió en torno a la pregunta “¿qué es la historia?”
Para algunos, entre los que se encontraba al Alto Comisionado de la Marca España, la historia es sólo “lo que hacen los historiadores”, algo, por tanto, subjetivo, hasta el punto de que no podemos afirmar que exista una “historia real”, ya que todo es interpretable. Me extrañó que desde posiciones conservadoras se defendiera ese relativismo histórico propio del posmodernismo “líquido”, al mismo tiempo que se escandalizara ante la crítica del esencialismo castellanista de los autores del 98, a quienes debemos, entre otros, la última versión oficial de la historia de España.
Repetiré algo que en ese debate expuse: hay que distinguir entre la historia real (la constatación de los hechos) y su interpretación. La historia se basa en la descripción de los hechos reales, no en los hechos inventados. Por difícil que sea comprobar y definir los hechos, sin esta premisa toda la labor de los historiadores se viene abajo, no hay modo de diferenciarla de la invención literaria. Sí, la historia es lo que hacen los historiadores, pero lo que hacen, no lo que inventan. Lo que hacen para reconstruir del modo más objetivo y veraz los hechos del pasado. La interpretación viene después y un buen historiador distingue estos dos planos.
Juan Pedro Aparicio nos cuenta hechos que han sido ignorados o directamente borrados de la historia oficial: todo lo que precedió al final del reino de León en 1230 y la decisiva intervención de la Iglesia Católica en el cambio de rumbo que entonces se produjo. El secreto, el enigma de España no está en la simplificación literaria que hizo Ortega en su “España invertebrada” cargando las tintas sobre la “embriogénesis defectuosa” de los visigodos, “alcoholizados de romanismo”. Fue una encarnizada y prolongada “lucha de tronos” lo que acabó con ese embrión democrático, esa “cuna del parlamentarismo” que Juan Pedro y Rogelio Blanco lograron fuera reconocida por la UNESCO. Es muy oportuno hoy recordarlo, cuando nuestro sistema democrático es atacado por el frente común de los independentistas y la izquierda reaccionaria.
Los hechos del pasado son irreversibles, y lo que hemos de evitar es proyectar sobre ellos la mentalidad y los juicios del presente. Lo que necesitamos es “desideologizar” la historia de España, descontaminarla de las interpretaciones oficiales que enfatizan la influencia de Castilla, de sus hombres y su indefinible identidad, sobre el conjunto de España, dejando de lado la historia real en la que, desde el idioma hasta los hechos más decisivos de nuestra historia, son el resultado de una gran variedad de influencias, energías, conflictos y empeños compartidos desde la no tan remota Edad Media hasta hoy. Así hemos acabado construyendo nuestra identidad común más importante: la identidad democrática, esa en la que se funden y armonizan todas las otras identidades, las que nos vienen del pasado y las que creamos en el presente. Para defender esta identidad democrática, la que nos hace a todos los ciudadanos libres e iguales, necesitamos reescribir la historia de España, destacar todo aquello que, a pesar de los avatares históricos, nos unió y nos sigue uniendo.


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