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miércoles, 21 de diciembre de 2016

HISPANOFOBIA Y ANTISEMITISMO

(Foto: S. Trancón)


Le debo a Elvira Roca Barea el descubrimiento de esta asociación entre hispanofobia y judeofobia. A pesar de haber reflexionado mucho sobre nuestro pasado judeoconverso, nunca caí en la cuenta de esta posible relación, que la autora de “Imperiofobia y Leyenda Negra” fundamenta nada menos que en los orígenes de la Leyenda Negra, a la que tanto contribuyó, paradójicamente, el converso, rencoroso y maquinador Bartolomé de las Casas, a quien yo tenía en exceso valorado por su indudable contribución a la noble causa de la defensa de los indios. Libros como éste son imprescindibles para esa tarea urgente de reescribir nuestra historia con menos retórica, mayor objetividad y menos autodesprecio.

Dice Elvira Roca que en Europa pronto empezaron a asociarnos a los españoles con los judíos, llamándonos “marrani” (“marranen” en alemán), o sea, cerdos judíos, pigs. ¡Y eso después de la expulsión de 1492!, cuando echamos de aquí a los judíos. Se quedaron tantos, bajo capa de conversos, y fueron tan decisivos, que el protestantismo europeo no encontró mejor insulto, reavivando el antisemitismo medieval y generalizándolo al conjunto de los españoles. Surgió así la Leyenda Negra, que no tenía otro objeto que denigrar la proeza del Descubrimiento y la extensión del Imperio, un invento propagandístico de éxito sólo comparable al del antisemitismo, pues ambos aún hoy perduran: “Decían que estábamos mezclados con los judíos (…). La hispanofobia tiene un vínculo fortísimo con el antisemitismo. Posteriormente, (...) les funcionó el tópico de que éramos unos bestias, para lo que el relato de Fray Bartolomé fue fundamental”, nos dice Roca Barea.

Es llamativo que hoy se hayan avivado ambos discursos, la hispanofobia y el antisemitismo, desde la izquierda oficial, y tanto da que sea moderada como extremista, pues en esto coinciden. Elvira Roca encuentra la explicación de este vínculo histórico, que sin duda persiste hoy con nuevas justificaciones encubridoras, como puede ser el mal llamado conflicto palestino-israelí o la conversión del indigenismo en nueva ideología del retroprogresismo militante. Al unirse y retroalimentarse estas dos fobias (odio y miedo), se ha producido una sorprendente mezcla ideológica, pues la izquierda asume el discurso y la actitud de la derecha reaccionaria, tradicionalmente antijudía, y lo une a una tradición intelectual, extranjerizante y liberal, que luchó contra un españolismo conservador defensor del antiguo régimen.

Es preciso decir, ante esta confusa mezcolanza, que la izquierda española ha sido tradicionalmente todo lo contrario, o sea, filosemita y defensora de los judíos, compartiendo una indudable simpatía y hermandad (sentimiento extendido incluso entre los anarquistas), y ello por varias razones, como son nuestros vínculos con el mundo sefardí, el rechazo del nazismo o la importante contribución de los judíos a la lucha antifascista a través de las Brigadas Internacionales en nuestra guerra civil. Esto duró casi hasta finales del franquismo, y yo todavía recuerdo la admiración de la izquierda hacia los “kibuts” israelíes que encarnaban lo mejor del ideal socialista. La derecha fue, en cambio, mayoritariamente antisemita, y a ello contribuyó el régimen de Franco. Es curioso que hoy la izquierda sea tan justificadamente antifranquista y comparta con el franquismo y la ultraderecha, sin embargo, un feroz e irracional antisemitismo (que disfraza de antisionismo por ser lo “políticamente correcto”).

Tampoco la izquierda ha sido nunca antiespañola, como hoy lo es gran parte de la izquierda socialista y toda la izquierda nacionalista y populista. ¿Habrá que recordar que la mejor tradición de la Ilustración, del liberalismo político, de los intelectuales del 98 y la Institución Libre de Enseñanza, de la Generación del 27, de los artistas e intelectuales del exilio, y de los poetas y escritores de postguerra, todos fueron inconfundiblemente defensores de la idea de España, amantes y admiradores sinceros de nuestra cultura y de todo lo español, que albergaron esos nobles sentimientos que plasmaron en sus obras y unieron al deseo de una España mejor, pero nunca renegaron de ella, como hoy hace esa izquierda obtusa, ignorante y pervertida?

Tampoco esta larga tradición que encarna lo mejor de nuestro espíritu crítico ha sido antisemita, sino todo lo contrario, especialmente a partir de la admirable tarea del doctor Ángel Pulido, “descubridor” de los sefardíes en 1903 a raíz de su viaje por los Balcanes. Que hoy, tanto la derecha acomodaticia como la izquierda dominante, se unan en su sentimiento antisemita (disfrazado, repito, de antisionismo antiisraelí), compartiendo un pro-palestinismo genérico y acrítico, que no quiere analizar objetivamente el “conflicto”, es algo que sólo se puede explicar por la fuerza de la propaganda, la manipulación constante de la información y la beligerancia del fanatismo instalado en las conciencias, que reaviva lo peor de nuestra tradición.


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