MIS LIBROS (Para adquirir cualquiera de mis libros escribir a huellasjudias@gmail.com)

MIS LIBROS (Para adquirir cualquiera de mis libros escribir a huellasjudias@gmail.com)
MIS LIBROS. (Para adquirir cualquiera de mis libros escribir a huellasjudias@gmail.com)

martes, 8 de septiembre de 2015

EN MEMORIA DEL POETA CARLOS SAHAGÚN


(Foto: S. Trancón)

Como si hubiera muerto un niño
Así tituló Carlos Sahagún uno de sus libros, que recibió el premio Boscán en 1960. Acaba de morir en el mismo anonimato en que quiso vivir. Desde finales de los 80 no supe nada de él. Le llamaba por teléfono y nunca se ponía. Me enteré que hacía lo mismo con todos. Su desconexión con la realidad no me sorprendió. De algún modo, nunca se adaptó a este perro mundo. Cuando todavía era catedrático de literatura en el Instituto Cervantes de Madrid, me contaron que una vez se inició un pequeño incendio y él empezó a gritar por los pasillos a los alumnos: ¡Todos a la cuesta de Moyano, a la cuesta de Moyano! Amaba los libros y no imaginó mejor refugio que las casetas de los libreros.
Nació en medio de la guerra, en 1938, y eso marcó para siempre su vida. En su poesía (seis libros extraordinarios) hay dos temas recurrentes: la infancia y el primer amor. Nadie, y menos los poetas de su generación, la del 50, ha escrito versos más limpios, más profundamente emotivos y sinceros. Nadie tampoco, dentro de la poesía moderna, ha usado el endecasílabo con mayor fluidez y claridad.
Lo conocí en Barcelona en 1980. Él fue el mayor impulsor del Manifiesto de los 2.300. Cuando le presenté el texto lo aceptó de inmediato y enseguida me propuso ir a ver a Amando de Miguel para que figurara como el primer firmante. Acababan de otorgarle el Premio Nacional de Poesía, que recibió de manos de Carlos Sotelo, sustituto interino de Adolfo Suárez después de la intentona de Tejero. Me sorprendió la poca importancia que le dio a este galardón. Lo que más le preocupó fue tener que acudir al acto en avión: tenía una fobia compulsiva a los aviones.
Carlos Sahagún, políticamente, era un anarco-comunista defensor del estalinismo. Moralmente, insobornable. En la cercanía, entrañablemente infantil y visceralmente sincero. Chocó de lleno con el pseudo-comunismo del PSUC y de Carrillo, el pseudo-socialismo de Felipe González y la patraña del catalanismo. Podía defender sin reparos a Líster o a Juan el Cojo, aquel exaltado que se hizo famoso rompiendo farolas con su muleta en una manifestación estudiantil. Lo sorprendente es que ese mismo temperamento pudiera escribir poemas llenos de emoción, pureza e intensidad. Sí, era un hombre apasionadamente contradictorio.
Su poesía, en contra de lo que pudiera suponerse, no puede encuadrarse dentro de la poesía social. Hay en ella un eco inconfundible de su tiempo y de su vida, pero va mucho más allá. No se deja llevar por su ideología ni trata de rendir servicio a la política.
Quizás toda su exaltada retórica no era más que un deshago y una compensación infantil: ese no poder regresar a la infancia. (Y desde qué tristeza hemos venido,/ desde qué infancia que nos han quitado). Como escribió: Yo, capitán con mi espada de palo, /matando de mentira a los demás.
Agradezcamos su sinceridad y valentía, tan ausente hoy entre nosotros. También su viejo amor a España, “esta mala tierra que tanto amé”, cuyos días más tristes describió así: cuando entraron los lobos, después,/ despacio, devorando,/
el agua se hizo amiga de la sangre,/
y en cascadas de sangre cayó, como una herida,
/cayó sobre los hombres
/desde el pecho de Dios, azul, eterno.
Acabemos, a modo de epitafio, con sus propias palabras: Quede mi nombre escrito sobre el agua,/ 
indefenso, esperando/
la hora en que tú desciendas suavemente,/
sabiendo ya el camino, a recordarme.
http://www.libertaddigital.com/cultura/libros/2015-09-03/en-memoria-de-carlos-sahagun-como-si-hubiera-muerto-un-nino-1276556274/






miércoles, 2 de septiembre de 2015

KING KONG NACIÓ EN ASTORGA



(Foto: S. Trancón)
El mito de King Kong apareció escrito por primera vez en 1570 y salió de la pluma de un astorgano, Antonio de Torquemada (1507-1569), un escritor judeoconverso autor de cuatro libros extraordinarios: Manual de escribientes, Coloquios Satíricos, Olivante de Laura (que figuraba en la biblioteca de don Quijote) y Jardín de flores curiosas. Es en este último en el que nos narra la historia de King Kong, al que no pone nombre ni cuerpo de simio, sino de oso, pero del que nos cuenta su peripecia completa, mucho más interesante que la del personaje fílmico.

La historia, cuya veracidad fundamenta en el testimonio de Juan Magno, arzobispo de Upsala, la sitúa Torquemada en unas montañas del reino de Suecia. Sucede así: la hermosa hija de un hombre rico salió una tarde al campo con sus amigas y se adentró en un espesura donde se topó as delirantes como que Cervantes o san Teresa eran catalanescatalanes, fantarando a lcon un oso “de demasiada grandeza”, que se la llevó en brazos “sin hallar resistencia ninguna”. Su primer impulso fue comérsela, pero Dios no lo permitió y el oso, movido por un instinto bien diferente, la metió en una cueva y allí “toda su crueldad se le volvió en un amor entrañable”. Después de pacientes carantoñas, logra la fiera que la joven, “aunque no por su voluntad”, consienta en tener “sus ayuntamientos libidinosos con ella”.  La cuida como a una princesa, cazando venados para ella, hasta que unos cazadores se encuentran con la bestia y logran matarla, liberando a la joven de su dulce cautiverio. Al poco tiempo, “sintiéndose preñada y esperándose que había de parir algún notable monstruo, parió un hijo que ninguna cosa sacó de su padre”, salvo el “ser un poco más velloso” que otros hombres. “Criándose con diligencia y cuidado”, se convirtió en un hombre valeroso y temido, “y teniendo noticia de los cazadores que habían muerto al que lo había engendrado, les quitó la vida”, por cumplir con “la obligación de vengar la muerte de su padre”. De su linaje procedían los suevos.




Pues sí, ya lo ven, el mito de la bella y la bestia (menos edulcorado que en el cine) tiene origen leonés. No necesitamos inventarnos, como hacen los independentistas,  delirios provocadores como que Cervantes o Santa Teresa eran catalanes; basta con que leamos a nuestros autores olvidados, como a este astorgano, para descubrir historias tan fantásticas como ésta. Ahora que estamos en época de revisión del callejero bien se merecería Antonio de Torquemada una calle en su patria chica y en Benavente (donde vivió), desplazando a algún que otro energúmeno que todavía figura en el santoral viario. De paso, bien estaría reivindicar su condición de judeoconverso, junto a muchos otros, como nuestro admirado fray Bernardino de Sahagún.  
http://www.lanuevacronica.com/king-kong-nacio-en-astorga 





domingo, 23 de agosto de 2015

RECUPERACIÓN DE LA OBRA Y LA MEMORIA DE LOS JUDEOCONVERSOS (III)


La larga presencia hebrea en España es un fenómeno singular al que no se ha dado suficiente importancia, tanto con relación a la historia del pueblo judío como a la historia y la cultura española. Dejando de lado las alusiones bíblicas a Sefarad y Tarsis (lo que indicaría una presencia judía en la Península Ibérica varios siglos antes de nuestra era), hay un dato histórico de especial relevancia. Me refiero al Concilio de Elvira (cerca de Granada) de comienzos del siglo IV, el primer concilio de la Iglesia Católica Hispana, en el que se establecieron cuatro cánones expresamente dirigidos contra los judíos: prohibición de matrimonios, uniones y relaciones sexuales entre judíos y cristianas (y cristianos y judías); prohibición de que los judíos bendigan los frutos y las tierras propiedad de los cristianos; prohibición de que cristianos y judíos se sienten en la misma mesa,  y excomunión de cinco años al cristiano que cometa adulterio con una mujer judía.

            (Sambenito de Andrés Duarte Coronel, condenado por hereje judaizante, reconciliado y relajado en el año 1619. La foto la tomé en el Museo Diocesano de Tuy)

El establecimiento de estos cánones (con independencia de su incierta cronología) nos está indicando “que los judíos eran muchos e importantes, y que tenían mucho trato e influencia sobre los cristianos” (J.M.Blázquez). La justificación de estas prohibiciones va a ser la misma que se repita a lo largo de los siglos hasta la expulsión de 1492: impedir la influencia de los judíos sobre los cristianos. ¿Miedo al otro, miedo a su superioridad moral, miedo al “contagio”, a la atracción que pudiera ejercer su modo de pensar, de creer y de vivir?  
Mi investigación sobre el fenómeno judeoconverso trata de comprender los mecanismos psicológicos, culturales y mentales, que se ocultan detrás de los sucesos históricos visibles. En el III Concilio de Toledo (589), por ejemplo, se prohibió de nuevo el matrimonio entre cristianos y judíos, a la vez que se impedía a los hebreos la ocupación de cargos públicos. Estos sucesivos intentos de segregación parece que no lograban nunca su propósito. ¿Por qué?
Junto a este rasgo psicológico (atracción/rechazo), que está en la base de la relación entre judíos/no judíos, me interesa resaltar otro elemento extraño: la voluntad de permanencia del pueblo judío en la Península Ibérica. La presencia de los judíos en Sefarad es algo que va más allá del asentamiento de unos cuantos grupos o individuos. Es como si, especialmente a partir de la destrucción del Segundo Templo (70 de n.e.), los judíos hubieran considerado a Sefarad como sustituto simbólico y geográfico de la Tierra de Israel. No se entiende de otro modo su determinación de permanecer en la Península a pesar del cúmulo de obstáculos, persecuciones y muertes sufridas a lo largo de los siglos (recordemos que mucho antes de 1492, ya Sisebuto decretó en el 616 la expulsión masiva de los judíos que no se convirtieran al cristianismo; y que luego Ervigio impuso la conversión forzosa). Resulta insatisfactoria una explicación basada en factores meramente económicos, comerciales o de  supervivencia.
Lo cierto, y llamativo, es que durante muchos siglos, hasta su expulsión de España y Portugal, más de la mitad de la población judía vivió en nuestra Península. No estuvo perdida en una Diáspora imprecisa, sino asentada en una ámbito geográfico y cultural concreto. De él recibieron una influencia importante y en él desarrollaron y proyectaron a su vez su talento, trabajo y creatividad. Este hecho forma parte de la historia del pueblo judío. La aportación de los hispanojudíos medievales y de los conversos al desarrollo de la cultura judía en todos los ámbitos, desde la medicina a la literatura, del pensamiento a la ciencia, de los estudios talmúdicos a la Cábala, es un hecho que no puede limitarse a la llamada “cultura sefardí”. Tampoco puede entenderse la cultura y el pensamiento español sin su contribución esencial, empezando por la dignificación y desarrollo del romance castellano como lengua de ciencia, cultura y derecho, en sustitución del latín (a lo que contribuyó decisivamente la Escuela de Traductores de Toledo impulsada por judíos). No olvidemos que el latín era la lengua del poder de la Iglesia.
Para bien y para mal, nos topamos con la presencia de hispanojudíos y conversos a lo largo de casi cinco siglos (del XII al XVII) en los ámbitos más determinantes de la sociedad: cultural, religioso, económico y político. Digo para bien y para mal, porque no podemos olvidar la contribución de un converso como Tomás de Torquemada, principal impulsor de la Inquisición, a la tarea de erradicar de España el judaísmo, así como a Pablo de Santa María (Salomon Ha-Leví, antiguo rabino), a su hijo Alonso de Cartagena, a Alfonso de Valladolid o a Alonso de Espina, conversos antijudíos que escribieron tremendos tratados para rebatir el judaísmo.
Cuando hablo de judeoconversos incluyo también a estos renegados que pusieron todo su empeño en atacar al judaísmo. Todavía no se ha estudiado la presencia y la influencia de los judeoconversos en la Iglesia Católica Hispana. ¿Hasta qué punto el cristianismo es una perversión del judaísmo? ¿Hasta qué punto el catolicismo intransigente de Trento se asentó sobre ciertas tendencias rabínicas? Tenemos que hacernos todavía muchas preguntas. No todas las aportaciones judías al catolicismo fueron iguales. Basta pensar en Teresa de Jesús, Miguel de Molinos o Juan de la Cruz, pero también en el Padre Las Casas, Francisco de Vitoria, Juan de Ávila o Fray Hernando de Talavera, confesor de la reina Isabel la Católica, que defendió a los conversos y acabó siendo acusado por la Inquisición. 
Acabamos de conocer la muerte del cardenal Jean Marie Lustiger, un judío cuyos padres perecieron en Auschwitz. Tenía 13 años cuando se convirtió al catolicismo para escapar de los nazis; cuando estaba a punto de volver al judaísmo fue nombrado obispo y decidió seguir dentro de la Iglesia, pero nunca dejo de considerarse judío: “Decir que no soy judío es como negar a mi padre y a mi madre, mis abuelos y abuelas”. En el funeral de París se empezó cantando el kaddish. Su caso nos recuerda a otros obispos españoles del siglo XV y XVI.
No se trata de considerar a todos los judeoconversos por igual. No es lo mismo un renegado o un malsín que un  criptojudío. La mayoría, los b’nei anusim, son sin duda el grupo más importante y el que despierta nuestra simpatía, pero no hemos de caer en la tentación simplista de considerarlos a todos criptojudíos. A Cervantes, por ejemplo, se le ha hecho hasta “criptocabalista”. Ni es necesario para comprender y valorar su obra, ni tampoco tenemos ningún dato que lo justifique.

(Delante de la entrada de la antigua sinagoga de Turégano, hoy desaparecida. Agosto 2015)

Hoy se está dando gran importancia a las huellas físicas de la presencia judía en España: restos de sinagogas, mikvaot, casas, barrios, cementerios… Es una tarea admirable y necesaria, pero creo que lo es aún más la recuperación documental, literaria, hist ens perecieronnfluyentes de lo que superficialmente pudivisibles son mucho mho mgrados. sia como el órica y cultural de los judeoconversos. El motivo es que estas huellas invisibles son mucho más decisivas e influyentes de lo que superficialmente pudiéramos considerar. Se trata de una historia oculta, una corriente poderosa que hoy quiere salir a la luz porque somos muchos los españoles que queremos enfrentarnos a ese pasado y comprender mejor nuestra historia y nuestro propio modo de pensar y sentir.
El miedo, por ejemplo, es un sentimiento que lleva a la prevención, la desconfianza y la sospecha, que crea una actitud que resulta difícil de explicar a quienes no han vivido en familias en las que ese miedo difuso se remonta a muchos siglos atrás. Los judíos de hoy sí pueden comprendernos. Un efecto, todavía hoy observable, es el hecho de que las casas en España siempre están protegidas de la mirada exterior. Todas las ventanas tienen persianas y visillos: se puede ver hacia fuera, pero no al revés. Tampoco los españoles somos hoy muy dados a invitar a cualquiera a nuestras casas. Quizás como compensación de esta reserva, los españoles hacemos gala de espontaneidad y sinceridad: es la otra cara del fenómeno. Como la valentía o la osadía, tan española, que muchas veces no es otra cosa que desafío a la autoridad, reacción en contra del rechazo o la exclusión, algo a lo que tuvieron que enfrentarse los judeoconversos.
Podríamos seguir hablando de muchas otras cosas, pero con lo expuesto creo que es suficiente para llamar la atención sobre una investigación pendiente. No se trata, como algunos han insinuado, de que los descendientes de conversos queramos ser reconocidos oficialmente como judíos, algo que a la mayoría ni nos interesa ni nos preocupa. Es algo distinto y más importante (y no sólo para nosotros).
http://www.aurora-israel.co.il/articulos/israel/Mundo_Judio/66877/



jueves, 13 de agosto de 2015

LA OBRA DE LOS JUDEOCONVERSOS (II)


(Foto: A.Galisteo)

En mi anterior artículo reivindicaba la obra de los judeoconversos destacando su influencia decisiva en el origen y desarrollo la literatura y cultura española. El fenómeno, que sólo ha sido estudiado parcialmente, tiene gran importancia para comprender el pasado, pero también para interpretar el presente.
            Ya dijimos que el fenómeno converso es muy complejo y que sólo adquiere sentido al considerarlo en su conjunto. Estamos hablando de un largo período que va de mediados del XIV a finales del XVII, pero cuyas consecuencias se prolongan hasta hoy. Durante este tiempo las circunstancias sociales fueron cambiando y obligando a los conversos a enfrentarse a distintas formas de persecución e intolerancia.
Aunque obvio, es necesario decir que no existirían judeoconversos si no hubiera habido leyes antijudías, persecuciones, asesinatos y matanzas promovidas en nombre de la religión. Sabemos que los motivos religiosos encubrían todo tipo de intereses políticos y económicos, pero también factores ideológicos y psicológicos, desde la envidia al miedo al diferente, de los estereotipos y prejuicios raciales a la construcción del enemigo expiatorio.
            Dejando de lado las conversiones de la época medieval, forzadas por persecuciones y amenazas (visigodos a partir del 586 y almorávides y almohades en el siglo XII), hemos de situarnos a mediados del siglo XIV para empezar a hablar de la existencia de judeoconversos como grupo social diferenciado. Hasta entonces, gracias a la protección de los reyes y nobles (con los que se mezcló una minoría judía poderosa y muy influyente que a su vez protegió a la comunidad hebrea), la presencia judía era “tolerada” y no causaba ningún problema social importante. Es a partir de la guerra civil entre Pedro I y Enrique de Trastámara (que acabó en 1369) cuando el destino de los judíos españoles empieza su declive definitivo, porque por primera vez se utiliza el antijudaísmo como arma política provocando el asalto de sinagogas y el asesinato de judíos. Poco antes, en 1348, ya había ocurrido lo mismo al ser acusados los judíos de propagar la Peste Negra. Fanáticos predicadores como el arcediano Ferrán Martínez no cesaron en su labor de furibunda persecución, lo que desembocó en las revueltas de 1391, que se iniciaron en Sevilla y se propagaron por toda España causando la muerte a miles de judíos. No sabemos cuántos, pero sólo en Sevilla seguramente pasaron de 3.000.
Este acontecimiento es sin duda un hecho decisivo para entender el fenómeno converso. Cuando alguien está a punto de ser degollado y sabe que su única salvación consiste en pedir a gritos el bautismo, ¿qué es lo que puede hacer? Ya Maimónides había defendido la conversión externa para salvar la vida, si bien con el propósito de poder escapar a un lugar donde se pudiera volver a practicar la fe. Él huyó, pero en 1391 la mayoría quedó atrapada y no pudo hacerlo. ¿Cuántos se bautizaron entonces? No lo sabemos, pero algunos autores hablan de más de 100.000.
Tenemos, por tanto, a partir de esta fecha, a la comunidad judía dividida en dos: los conversos forzados y aquellos que han podido seguir manteniendo su fe al refugiarse en aquellos reinos, ciudades y pueblos donde la persecución fue menor, como el Reino de León o Navarra. Esta situación favoreció que la mayoría de conversos acabara “judaizando”, o sea, manteniendo su adhesión al judaísmo al relacionarse con la otra mitad que poco a poco volvió a practicar sus rezos y ritos públicamente al no estar prohibido por ninguna ley. Esta situación de coexistencia se prolongó durante casi un siglo, amparándose en cierta protección de la monarquía que necesitaba a los judíos y conversos por ser su principal apoyo económico, no sólo como recaudadores de impuestos, sino por sus aportaciones y préstamos millonarios.



Los judeoconversos del siglo XV anteriores a la creación de la Inquisición de 1487 pudieron mantener, por tanto, sus vínculos con el judaísmo a través de familiares y amigos, pero también porque el judaísmo era todavía visible en las juderías y sinagogas. Aunque clandestinamente, tendrían acceso a los libros, ritos y prácticas judías. La presión social y popular, azuzada por el clero, sin embargo, volvería cada vez más problemática y arriesgada esta conducta, que debía de estar muy extendida, ya que es este el motivo principal por el que se crea la Inquisición: impedir que los cristianos nuevos judaizaran a causa de la influencia de quienes seguían siendo judíos. Con la expulsión, pocos años después, se pretendió acabar definitivamente con el problema.
Debemos situarnos en la mentalidad de la época. Hasta ese momento el catolicismo oficial aceptaba que existieran “infieles”, o sea, creyentes de religiones como el judaísmo o el islam, a las que consideraba equivocadas o pervertidas. El cristianismo era la única fe verdadera, que había que propagar por todos los medios. Para lograr la conversión había dos métodos: la fuerza y la predicación. Después de la ola de terror de 1391 se intensificó el método de la predicación y la persuasión.  Vicente Ferrer encabezó este empeño. Los judíos trataron de defender su fe esgrimiendo argumentos bíblicos, especialmente en contra de la supuesta llegada del Mesías en la figura de Cristo. Se dio mucha importancia a este combate dialéctico. Se trataba de una batalla simbólica de la que debía salir derrotado el judaísmo a fin de convencer a la mayoría de judíos de que renegaran voluntariamente de la “ley de Moisés”. La gran Disputa de Tortosa (1413-1414) supuso la derrota oficial del judaísmo como doctrina y su deslegitimación teológica. Paradójicamente, no fueron cristianos viejos, sino antiguos judíos los que impusieron sus tesis antijudías con mayor retórica, virulencia y teatralidad. Los principales rabinos acabaron convirtiéndose al final de la Disputa. Este hecho tuvo una repercusión enorme, produciendo una desmoralización y postración en toda la comunidad judía. El Decreto de Expulsión de 1492 acabó de decidir el destino de los conversos resistentes, que quedaron no sólo aislados y perdidos emocional y mentalmente, sino marcados por la sospecha, sometidos a una vigilancia obsesiva y condenados a la marginación y la exclusión tras la imposición de los estatutos de limpieza de sangre que se iniciaron en la revuelta antijudía de Toledo en 1449 y se extendieron a partir de 1482. 
Lo que sorprende de esta dramática historia, cuyo resultado más previsible hubiera sido la total erradicación de fenómeno judío en España, es que los conversos siguieran manteniendo una vinculación mental, psicológica y cultural con la tradición judía, incluso más allá de sus creencias y actitudes conscientes; que ni las hogueras ni los sambenitos lograran su aculturación ni borrar la huella de sus antepasados; que interiormente vivieran esta escisión entre los dos mundos como un estímulo creativo que les impulsó a buscar nuevas formas de estar en el mundo, de encarar los misterios de la fe y el anhelo de trascendencia; que la tensión y el desarraigo social y cultural les llevara a desarrollar un mundo interior que acabó alumbrando la mentalidad moderna, el pensamiento libre, la racionalidad laica, el espíritu crítico y la preocupación social.

Cada autor judeoconverso es un mundo inexplorado lleno de deslumbrantes creaciones personales. Leerlos hoy desde la perspectiva que señalo es una experiencia llena de emoción y enriquecimiento espiritual y humano. Su obra está ahí, a la espera de nuestro descubrimiento y estudio. No hablo sólo de autores muy conocidos como Cervantes, Fernando de Rojas, Luis Vives, Juan de Mena, Góngora, Gracián, Tirso de Molina, Mateo Alemán, Antonio de Nebrija, Juan Valdés, Andrés Laguna, Juan de la Cruz o Teresa de Jesús, a los que redescubriremos si tenemos en cuenta su condición de judeoconversos, sino de cientos de otros autores cuya lista no podemos aquí reproducir, pero de la que daré sólo algunos nombres limitándome a los nacidos en el Reino de León entre finales del XIV y principios XVI, a los que he empezado a estudiar con motivo de la III Conferencia Internacional sobre el Legado Judío de Zamora, donde presenté una ponencia titulada “Literatura de judeoconversos de origen leonés”: Clemente Sánchez de Bercial, Alonso de Zamora, Juan del Encina, Jorge de  Montemayor, Andrés Pérez de León,  Lucas Fernández, Gómez Manrique, Martín Martínez de Cantalapiedra, Gaspar de Grajal, Fray Cipriano de la Huerga, Fray Bernardino de Sahagún, Luis de Carvajal, Francisco López de Villalobos, Cristóbal de Villalón, Antonio de Torquemada… Es una pequeña muestra referida a una zona geográfica limitada que tuvo como característica el haber sido lugar de refugio de muchos judíos y conversos antes y después de 1492, lo que explicaría el hecho de que la mayoría de estos autores haya nacido en pequeños pueblos donde les resultó más fácil la ocultación y la supervivencia. Otro dato que hace más fascinante su peripecia personal.