jueves, 2 de agosto de 2018
DESCANSO VERANIEGO
Llega agosto, invitándome a un merecido descanso neuro-lingüístico. Lo hago gustoso, pero quiero aprovechar la ocasión (todas las ocasiones son únicas) para desmadrarme un poco y dejar al lector con tiempo suficiente de por medio como para que me disculpe. Es el fruto de cierta saturación mediática, errática, epiléptica y esclerótica, que es como el líquido amniótico que nos rodea. Y así será lo que diga.
Y digo que esa ceremonia del PP, con el himno nacional muy cargado de decibelios sobre el fondo de una gran bandera española ondeante (virtual, no real), me produjo un malestar físico y ahora explico por qué. Que un partido que ha permitido el golpe de estado separatista (hasta Alfonso Guerra lo ha calificado así); que lo ha amamantado antes, durante y después con nuestro dinero; que encima se vanaglorie de que "Cataluña no se ha independizado", me parece de un descaro y un cinismo vomitivo.
Este partido y su registrador de la propiedad deberían haberse metido el himno, la bandera y la lengua en el armario. Por respeto a todos los españoles que amamos a España y respetamos su himno y su bandera. Porque esta ostentosa utilización de los símbolos comunes no puede hacerse para legitimar una política suicida y destructiva y disgregadora de la nación española, como fue la que hizo Aznar y continuó con creces el registrador (y que inició Felipe, prosiguió Zapatero y culminará Sánchez).
Que ahora venga Casado y, sin la más mínima autocrítica, se ponga a abanderar la defensa de la nación con una retórica vacía, augura lo peor. Porque voy a decirlo sin tapujos: esta derecha ha sido y es tibia y oportunistamente nacional. El mayor engaño ha sido siempre esa apropiación indebida de España por parte de la derecha, algo que la izquierda oficial nunca ha sabido ver ni denunciar. No entender que hoy España y su Estado democrático son la mayor (y única) garantía de la unidad, la igualdad y el bienestar de todos los trabajadores (del 80% de españoles, digamos), es de mentes obtusas, y dejo ya de lado los aspectos morales y humanos.
Pero la tragedia (tendremos que empezar a usar esta palabra) de España es que, por el lado de la izquierda, el panorama es verdaderamente siniestro: ya no se sabe quién es más pernicioso y destructivo. Con toda esa política de vendedores de feria, va buscando todas las causas posibles para hacerse defensora de todas las identidades imaginarias posibles, y ahí dirige todo su maniqueísmo, su sectarismo, se ramalazo totalitario. Cree en casi todo: la resurrección de los muertos, la justicia post mortem, el lenguaje inclusivo-destructivo, la creación de identidades sexuales por decreto, que el dinero nace por generación espontánea, que la corrupción es siempre la de los otros... Que el mundo se divide en buenos (ellos) y fachas (todos los demás).
Unos y otros siguen sin asumir y entender lo fundamental: que el problema no es, por ejemplo, si debe haber "más" o "menos" Estado, sino de que hoy sobra la mitad Estado (en lo administrativo y en lo "ideológico") y falta otra mitad en lo fundamental (la regulación de derechos imprescindibles para asegurar la unidad, la igualdad y el bienestar de todos). Hoy los políticos y sus partidos se preocupan por legislar y castigar con rigor todo lo superfluo y secundario, mientras son muy liberales y tolerantes en lo fundamental e incapaces de aplicar las leyes que ellos mismos aprueban (y dejar sin legislar todo lo que pueda molestar a los que viven muy bien "tomándose" la ley por su mano).
No tengo el día muy optimista que digamos. Pero ahí está el sol, con sus rayos mortales dispuesto a chamuscar un poco los cerebros a la espera de que se despierten otras neuronas y ¡quién sabe! hasta intenten tomar el poder. Digo neuronas, por colgar el ánimo de alguna pinza, porque sí, todo lo bueno ha de brotar de ahí, del resurgir de nuevas ideas, nuevas palabras capaces de despertar los más nobles sentimientos, hoy ocultos, sepultados por la basura televisiva, política, cultural y hasta la que se nos avecina con el nuevo director del Instituto Cervantes, ese jesuita laico, mal poeta, que habla con la unción de un obispo y se ha propuesto impulsar todas las lenguas españolas, porque ya se sabe que Cervantes era políglota plurinacional. El día que les estorbe le llamarán facha y le borrarán de todas las calles.
martes, 31 de julio de 2018
EL ORIGEN DEL MAL
De todas las explicaciones posibles, voy a desarrollar una, más o menos especulativa. Parto de la base de que el cerebro no entiende nada de moral, no se rige por criterios morales. El funcionamiento del cerebro es muy automático. Me atrevo a decir que ni siquiera acepta la categoría del no. Todo en él es positivo, no hay espacio para el no espacio. Toda información que recibe es válida y absoluta en sí misma. No le puedes decir, por ejemplo, "no pienses en eso"; éste es un mensaje totalmente incomprensible para el cerebro. El cerebro es. Todo lo que el cerebro procesa, es, no puede ser y no ser a la vez.
Esto se lo cuento yo a mis amigos cuando viene a cuento; por ejemplo, cuando alguno, ante el olvido de cualquier tontería, enseguida echa mano del Alzheimer. Le replico: si a tu cerebro le dices que tienes Alzheimer, él no va a entender que lo dices en broma o a modo de conjuro, no; se lo tomará al pie de la letra. Así es nuestro cerebro: todo se lo toma al pie de la letra. Yo por eso suelo tomarme al pie de la letra lo que digo, lo que escribo, lo que pienso, y lo que los demás dicen, escriben y piensan. Al pie de la letra y en todos los sentidos. Es el mejor modo de no equivocarse.
Doy un pasito más en mi elucubración. El cerebro lo simplifica todo. Puede analizar lo más complejo, relacionarlo todo, pero su máxima, su ley es "simplificar, simplificar", reducir todo a ideas simples. Economizar. Son esas ideas simples las que al final determinan nuestra conducta, mueven a nuestro cuerpo, construyen nuestra moral.
La otra ley, que es quizás la que más me sorprende, es que el cerebro no se rige por el principio de no contradicción. Todo es compatible, porque el cerebro no juzga, no rechaza nada. Lo único que hace es construir, con un puñado de ideas simples, una red mental coherente. Con esa red lo pesca todo, lo filtra todo, lo juzga y tamiza todo. Lo que es contradictorio, incoherente, simplemente se diluye, desaparece, no se toma en cuenta. Otra vez la ley de la economía.
Apliquemos esto al asunto del mal. El mal siempre se ha asentado sobre ideas simples que funcionan con el automatismo de un acto reflejo. Ideas-impulso, creencias, dogmas. El mal, para quien lo realiza, siempre está justificado, no es posible hacer el mal sin el sostén de un conjunto de ideas simplificadas. Dentro de un malvado siempre encuentra uno un cerebro simplificado, aquel al que le basta un puñado de dogmas para funcionar. Si pudiéramos estrujar su cerebro, exprimirlo, caerían, a lo máximo, media docena de ideas.
Voy a poner un ejemplo. Dice Iglesias Turrión que "Israel es un Estado criminal". Lo dice en la televisión pública y ya no necesita nada más. Le basta este dogma para justificar, no ya a Hamás y todos sus ataques criminales contra Israel, sino para "cabalgar contradicciones" (sic), tales como el recibir dinero y apoyo de regímenes que no dudan en ahorcar homosexuales, lapidar mujeres violadas (aunque sean niñas), quemar mujeres "adúlteras" o cortar el cuello a "infieles" (circulan vídeos terribles de todo ello por internet).
Ejemplos tan brutales del mal no son prueba de perversión, trastorno mental o degeneración genética. Quizás pueda explicarse por la fuerza que determinadas ideas simples ejercen en el cerebro hasta secuestrarlo. Y quizás por eso palabras como civilización, cultura, leyes o democracia, tengan un sentido básico: el cerebro, por su propia inercia dogmática y simplificadora, necesita un desarrollo adicional, que es el que le proporciona la educación, la cultura, el ejercicio del pensamiento y la razón. Y por eso, también, es imprescindible un orden social basado en leyes claras y democráticas. La ley nos protege del mal. Lo que hoy España, mismamente, necesita frente a los cerebros simplificados del nacionalismo separatista.
jueves, 26 de julio de 2018
SUPREMACISMO MORAL
(Foto: A.T.Galisteo)
Partamos de un axioma (proposición que no requiere, en principio, demostración): todos nos sentimos superiores a alguien (sean pocos o muchos) e inferiores a otros (algunos menos). Puede nacer este sentimiento de la inevitable comparación con los otros, con quienes nos topamos y rozamos cada día y casi a todas horas. Como no podemos vemos directamente (salvo cuando nos colocamos ante el espejo), tenemos que imaginarnos a partir de la mirada del otro, que acabamos convirtiendo en espejo donde intentamos vernos.
"¿Seré como ése?" es una pregunta en la que siempre anda enredado nuestro cerebro. "No, yo no soy así", se responde muchas veces; o: "nos parecemos, pero yo soy mucho mejor"... No podemos evitar también el "ése es mejor que yo" (más guapo, más fuerte, más listo, más rico...). Para el cerebro somos casi seres imaginarios, un cuerpo unido a un yo que parece sobrevolar en torno a él. Los demás nos parecen siempre más reales que nosotros mismos.
Bueno, pues esta complicada manera que tenemos de tomar conciencia de nosotros mismos nos obliga a crear referentes sólidos con que compararnos. Nuestra consistencia, sin la cual viviríamos en permanente inseguridad, la construimos con relación a los otros. Y los otros son de dos clases: los semejantes y los diferentes. Esto se hace más enrevesado (aunque el mecanismo sea muy simple) cuando interviene un nuevo factor: la necesidad de encontrar apoyo, seguridad y protección en el grupo, en sustitución de nuestra frágil consistencia psíquica.
Ese sentirse superior (e inferior) a otro se transforma en un "nosotros somos distintos y superiores". El sentimiento de superioridad se asienta sobre la comparación y el rechazo de otros, que también implica un sentimiento de inferioridad que, para hacerse más soportable, necesita degradar y caricaturizar hasta el escarnio aquello de lo que se carece o admira.
Viene esto a despropósito de una palabra que ha empezado a circular entre nosotros a propósito del separatismo catalán: el supremacismo, palabra que sustituye al racismo, término demasiado ligado a la biología y con resonancias nazis conocidas. El supremacismo no niega los fundamentos raciales de las diferencias, pero los diluye entre otros elementos (históricos, culturales, sociales). El supremacismo recicla también otra palabra en desuso, pero todavía muy útil: el clasismo, o sea, ese sentimiento se superioridad (y desprecio) de las clases acomodadas con relación a las más pobres.
Nacionalismo, independentismo, soberanismo, son distintos modos de camuflar el supremacismo como sentimiento de superioridad, ese complejo (en el sentido psicoanalítico) que mezcla la creencia de ser "diferentes y superiores" con el desprecio y el impulso de destrucción de aquellos que nieguen esa "supremacidad", o sea, la superioridad en grado sumo (supremo es a superior, como general a generalísimo).
Pero concluyo, para cerrar el círculo reflexivo: todo supremacismo necesita hoy, para imponerse, para camuflarse, para ser útil a quienes lo usan (el supremacismo es un instrumento político de dominación), necesita, digo, convertirse en supramacismo moral. ¡Con la moral hemos topado, sí!
Sin entrar en honduras (y para no llegar a guatemala), digamos que la moral define aquellos valores humanos y sociales sobre los que se asienta una sociedad: la libertad, la justicia, la bondad, la compasión, la tolerancia, la igualdad, el respeto a la vida, etc. Cuando un grupo se apropia de todos los valores morales positivos, negándoselos a otro grupo, al que atribuye los valores opuestos, hemos de hablar de supremacismo moral. Es el caso de los separatistas-supremacistas.
Pero aún podemos redondear el círculo añadiendo que ese supremacismo moral es hoy la esencia de la izquierda oficial (PSOE-PSC-Podemos,Etc...), y quizás por eso ha acabado pensando, diciendo y haciendo lo mismo que los separatistas en casi todo. Esta izquierda, reaccionaria y desnaturalizada, se ha erigido en dueña de la moral, dictando en todos los ámbitos, individuales y sociales, qué sea el bien y el mal, lo aceptable y lo rechazable, lo puro y lo impuro. No defiende ideas, sino que impone dogmas, y en esto ha sustituido a la religión y la Iglesia. Lean la Ley de Memoria Histórica o la del LGTBI y verán cómo han superado a todos los savonarolas, ayatolás, curas carlistas y demás fanáticos felizmente desaparecidos unos, otros dominando todavía a media humanidad.
Reniego de esta izquierda fatua, henchida de supremacismo moral (hay otra, aunque seamos minoría), porque creo que la política es el espacio de la razón, la verdad y la libertad (valores políticos), no del moralismo, sea laico o religioso. Las leyes no están hechas para controlar las conciencias, los sentimientos o las creencias, sino para regular los actos que atentan contra el bien común. Lo demás es beatería, supremacismo, insolencia.
Partamos de un axioma (proposición que no requiere, en principio, demostración): todos nos sentimos superiores a alguien (sean pocos o muchos) e inferiores a otros (algunos menos). Puede nacer este sentimiento de la inevitable comparación con los otros, con quienes nos topamos y rozamos cada día y casi a todas horas. Como no podemos vemos directamente (salvo cuando nos colocamos ante el espejo), tenemos que imaginarnos a partir de la mirada del otro, que acabamos convirtiendo en espejo donde intentamos vernos.
"¿Seré como ése?" es una pregunta en la que siempre anda enredado nuestro cerebro. "No, yo no soy así", se responde muchas veces; o: "nos parecemos, pero yo soy mucho mejor"... No podemos evitar también el "ése es mejor que yo" (más guapo, más fuerte, más listo, más rico...). Para el cerebro somos casi seres imaginarios, un cuerpo unido a un yo que parece sobrevolar en torno a él. Los demás nos parecen siempre más reales que nosotros mismos.
Bueno, pues esta complicada manera que tenemos de tomar conciencia de nosotros mismos nos obliga a crear referentes sólidos con que compararnos. Nuestra consistencia, sin la cual viviríamos en permanente inseguridad, la construimos con relación a los otros. Y los otros son de dos clases: los semejantes y los diferentes. Esto se hace más enrevesado (aunque el mecanismo sea muy simple) cuando interviene un nuevo factor: la necesidad de encontrar apoyo, seguridad y protección en el grupo, en sustitución de nuestra frágil consistencia psíquica.
Ese sentirse superior (e inferior) a otro se transforma en un "nosotros somos distintos y superiores". El sentimiento de superioridad se asienta sobre la comparación y el rechazo de otros, que también implica un sentimiento de inferioridad que, para hacerse más soportable, necesita degradar y caricaturizar hasta el escarnio aquello de lo que se carece o admira.
Viene esto a despropósito de una palabra que ha empezado a circular entre nosotros a propósito del separatismo catalán: el supremacismo, palabra que sustituye al racismo, término demasiado ligado a la biología y con resonancias nazis conocidas. El supremacismo no niega los fundamentos raciales de las diferencias, pero los diluye entre otros elementos (históricos, culturales, sociales). El supremacismo recicla también otra palabra en desuso, pero todavía muy útil: el clasismo, o sea, ese sentimiento se superioridad (y desprecio) de las clases acomodadas con relación a las más pobres.
Nacionalismo, independentismo, soberanismo, son distintos modos de camuflar el supremacismo como sentimiento de superioridad, ese complejo (en el sentido psicoanalítico) que mezcla la creencia de ser "diferentes y superiores" con el desprecio y el impulso de destrucción de aquellos que nieguen esa "supremacidad", o sea, la superioridad en grado sumo (supremo es a superior, como general a generalísimo).
Pero concluyo, para cerrar el círculo reflexivo: todo supremacismo necesita hoy, para imponerse, para camuflarse, para ser útil a quienes lo usan (el supremacismo es un instrumento político de dominación), necesita, digo, convertirse en supramacismo moral. ¡Con la moral hemos topado, sí!
Sin entrar en honduras (y para no llegar a guatemala), digamos que la moral define aquellos valores humanos y sociales sobre los que se asienta una sociedad: la libertad, la justicia, la bondad, la compasión, la tolerancia, la igualdad, el respeto a la vida, etc. Cuando un grupo se apropia de todos los valores morales positivos, negándoselos a otro grupo, al que atribuye los valores opuestos, hemos de hablar de supremacismo moral. Es el caso de los separatistas-supremacistas.
Pero aún podemos redondear el círculo añadiendo que ese supremacismo moral es hoy la esencia de la izquierda oficial (PSOE-PSC-Podemos,Etc...), y quizás por eso ha acabado pensando, diciendo y haciendo lo mismo que los separatistas en casi todo. Esta izquierda, reaccionaria y desnaturalizada, se ha erigido en dueña de la moral, dictando en todos los ámbitos, individuales y sociales, qué sea el bien y el mal, lo aceptable y lo rechazable, lo puro y lo impuro. No defiende ideas, sino que impone dogmas, y en esto ha sustituido a la religión y la Iglesia. Lean la Ley de Memoria Histórica o la del LGTBI y verán cómo han superado a todos los savonarolas, ayatolás, curas carlistas y demás fanáticos felizmente desaparecidos unos, otros dominando todavía a media humanidad.
Reniego de esta izquierda fatua, henchida de supremacismo moral (hay otra, aunque seamos minoría), porque creo que la política es el espacio de la razón, la verdad y la libertad (valores políticos), no del moralismo, sea laico o religioso. Las leyes no están hechas para controlar las conciencias, los sentimientos o las creencias, sino para regular los actos que atentan contra el bien común. Lo demás es beatería, supremacismo, insolencia.
miércoles, 11 de julio de 2018
CONTRA EL DERROTISMO
He defendido en reiteradas ocasiones el "alarmismo", al que he definido como "pesimismo activo", para contrarrestar ese mecanismo evasivo que tiende a negar los hechos cuando los hechos nos incomodan, desbordan y amenazan la tranquilidad en que vivimos. Defiendo la necesidad de un "alarmismo controlado", el hacer caso al instinto de supervivencia cuando nos alerta del peligro. He sido acusado de exagerado casi siempre, y no hay acusación más corrosiva, porque sirve para proteger a los "equidistantes", al mismo tiempo que invalida cualquier argumento o comprobación de los hechos descalificando al sujeto que los presenta.
Me toca ahora denunciar, por ser otro mecanismo igualmente evasivo, el fatalismo, el derrotismo, el considerar que todo, en el fondo, está perdido. Perdido de antemano. Perdido irremisiblemente porque "así somos los españoles", porque "esto no hay quien lo arregle", porque "ya es imposible pararlo". Me refiero, claro está, a la continuidad de España como nación y al desmoronamiento del Estado democrático que la sostiene. Poco a poco hemos ido pasando del "negacionismo" al "derrotismo", a interiorizar el fracaso colectivo como algo inevitable. Se me dirá que esta afirmación es también exagerada, la percepción de grupúsculos de intelectuales que poco saben de política.
¡La política! Se la arrogan los políticos profesionales para sí y envuelven todo en el misterio de "la negociación", ese arte reservado a los más astutos y calculadores. La primera obsesión del poder es autoprotegerse, autolegitimarse, dotarse de una aureola de eficacia y sensatez que le permita tomar cualquier decisión sin obstáculos, camuflando sus intereses e ignorando las consecuencias de sus actos. El gobierno actual es paradigma de esa concepción bastarda e infecta de la política.
Pero esta política y estos políticos necesitan algo más para actuar como lo hacen. Necesitan cierta "legitimidad intelectual", ampararse en un discurso que otros les ofrecen y con el que sostener lo que resultaría a todas luces insostenible, mezquino o directamente repugnante. Así está ocurriendo con la política de Pedro Sánchez y todo el PSOE-PSC, y digo todo, porque quien a estas alturas siga creyendo que este partido es regenerable, o es rematadamente obtuso o ignora lo que son vínculos tóxicos o patológicos.
He aquí un solo ejemplo de a lo que me refiero. Álvarez Junco, historiador muy reconocido, ha dicho: “Desde un punto de vista lógico, de pura filosofía política, dos nacionalismos son incompatibles. No puede haber dos soberanos en un mismo territorio. Desde el punto de vista práctico, a lo mejor no queda otro remedio”. Esto sí que es un intelectual "orgánico". Vean cómo la claudicación, el entreguismo, el derrotismo se viste de sentencia académica para legitimar lo que se considera un imposible. Piensen un momento en la terrible aberración que esta afirmación encierra.
Por un lado, separa la lógica y la filosofía, de la realidad política, como si fueran mundos con vida propia. Es una distinción muy "política", a partir de la cual todo vale: una cosa son los principios, los programas, las propuestas, y otra los hechos. Es normal que esos mundos no coincidan. El arte de la política es disimularlo y aprender a mentir con descaro y sin rubor. Por otro, acepta que en una misma realidad (no hay mayor realidad que la del territorio), es imposible la existencia de dos nacionalismos. Pero deduce que, "desde el punto de vista práctico, a lo mejor no queda otro remedio". ¿Otro remedio de qué? Nuestro historiador no lo aclara, parece que lo da por supuesto. ¿Pero qué es lo que hemos de suponer?
Que aceptemos como inevitable una realidad imposible, una especie de monstruo con dos cabezas y acaso dos medio cuerpos, y quizás con un solo aparato excretor. O que uno de los dos nacionalismos desaparezca (naturalmente el que sobra es el español), en aquellos territorios donde se presente la incompatibilidad (¿en cuántos?).
No importa que la lógica y la realidad salten en pedazos, y a un tiempo, sino el ir creando una opinión "intelectual" de que será irremediable lo que hoy todavía no se nombra, pero que se sobreentiende: el triunfo de los separatistas (de momento vascos y catalanes, los demás ya veremos). Nada más útil, para lograrlo, que difundir la idea de lo inevitable, amparados en el juicio de prestigiosos historiadores, juristas, y hasta constitucionalistas. Juicios disfrazados de sensatez y objetividad, claro, y no como lo que son, mera propaganda entreguista, derrotista, no sabemos si nacida de la cobardía, la claudicación, o el pago de favores.
domingo, 8 de julio de 2018
SATURACIÓN, ATURDIMIENTO
Sabemos que el exceso de oxígeno en la sangre, y no sólo su falta, puede provocar graves trastornos metabólicos y llegar, incluso, a la muerte. El rango ideal está en torno al 95%. Por debajo o por arriba la cosa se complica. Lo importante es que no se rompa el equilibrio entre el oxígeno inspirado (O2) y el dióxido de oxígeno expirado (CO2). ¡Todo está en los números! Que el universo se ajuste al orden matemático que expresan los números es un misterio indescifrable, porque los números son un ejemplo de meta-física pura. ¿Están en la materia, o sólo en nuestra mente?
Pero hablemos de saturación sólo como metáfora. Digamos que el oxígeno es la información, eso que respiramos a cada instante y sin lo que no podríamos vivir. Entre el mundo y nosotros está el aire, y en el aíre, el oxígeno. No podemos dejar de respirarlo, no podemos dejar de estar informados de qué es lo que está pasando a nuestro alrededor. Mi llamada de alerta es ésta: ¿y si estuviéramos saturados de información, y si nuestro cerebro estuviera hiperoxigenado, hiperventilado?
Recibimos mucha más información de la que podemos asimilar. Como la información que recibimos a diario es, además, contradictoria, el esfuerzo por poner orden y darle sentido es mucho mayor. ¿Tenemos tiempo para hacerlo? No. Así que no sólo se trata de tener capacidad, sino de disponer de tiempo: tiempo de reflexión, de ponderación, de análisis. ¿Consecuencias?
El aturdimiento es una de ellas. Un cerebro aturdido es el que, por exceso de impactos, no es capaz de reaccionar con un mínimo de control y seguridad. Piensa reactivamente, que es tanto como decir que no piensa. No valora ni juzga, sino que activa sus esquemas previos (pre-juicios) y usa la nueva información para confirmarlos.
Otra reacción del cerebro acosado es echar mano del relativismo y, por principio, no arriesgarse a defender nada, darle una parte de razón a todo el mundo, guardándose, al mismo tiempo, lo que en realidad piensa si va contra lo que se cree políticamente correcto. Hay grados, desde el se siente sinceramente perplejo al cínico o impostor.
Pensemos en cualquiera de las últimas noticias que nos acosan, saturan y aturden: excarcelación de los de la "manada" (llamarlos así condiciona nuestra reacción), llegada masiva de inmigrantes (llamarlos refugiados condiciona nuestra reacción), acercamiento de los presos golpistas (llamarlos sólo presos...), actuaciones del gobierno separatista (no sólo catalán), la propuesta pedrista de reforma constitucional (llamémosle cambio de Constitución) para crear un Estado plurinacional (o sea, destruir el actual Estado democrático), elecciones democráticas en el PP (descarada lucha interna por el poder), etc.
Añadamos la renuncia inexplicada de Zidane, la destitución alocada de Lopetegui, la actuación dubitativa de Fijóo, los dilemas de Macron y Mekel, el auge del racismo en todas sus versiones (francesa, alemana, italiana, vasca y catalana), la masacre interminable de Siria, las maniobras orquestales de Iglesias y su compadreo con Torra y el tarda-torrentismo independentista. ¿Y si hablamos de Erdogan, de Putin o de Trump? No son temas ajenos, influyen en nuestra vida diaria mucho más de lo imaginable, por no nombrar a China. ¿Y qué pasa en África? ¿Por qué no nos saturan con información sobre el coltán, los diamantes, el petróleo, el uranio, el oro y todas las materias primas que Europa, Rusia, EEUU y China están explotando de modo inconfesable, con métodos que ni en los peores tiempos de la colonización hubieran sido imaginables? ¿Y del colaboracionismo entre mafias y ONGs?
Nuestro problema no es tanto la falta de información, sino la saturación de información trivial (totum revolutum), al mismo tiempo que se nos ocultan datos decisivos, esos que servirían, por sí solos, para juzgar y poner orden en ese exceso intencionado de información, información previamente categorizada por el propio medio que, lo sabemos desde McLuham, es también el mensaje.
No es necesario correr detrás de todo lo que se mueve porque, lejos de estar mejor informado, puede uno acabar aturdido y paralizado. Es mejor analizar una sola noticia importante, ir más allá de la excitación superficial, que pretender estar "informado" sobre cientos de acontecimientos, tan intrascendentes y artificialmente exagerados como suelen ser los que ocupan los titulares cada día.
Recordemos lo que Pedro Recio de Agüero le dijo a Sancho, que se iba tras todo lo que olía: "Omnis saturatio mala, perdices autem pessima", que él mismo le tradujo: "Toda hartazga es mala; pero la de las perdices, malísima". Perdices son lo que nos ofrecen constantemente los medios, aprovechándose de nuestra hambre. Así que, consejo me doy, siguiendo al de Tirteafuera: absit!
sábado, 7 de julio de 2018
LA CASTA Y LA COSTRA
¿Se acuerdan cuando Iglesias y su coro podemita no articulaba dos palabras sin que una fuera "la casta", epítome de todos los males y blanco de todas las iras? Hoy ya suena a viejo, ellos mismos han abandonado el término, agotada su capacidad mediática. Es el destino de esos "significantes vacíos" que sirven para suscitar emociones tan difusas como efímeras. Y tienen, además, el efecto indeseado de volverse contra quienes los usan.
Es difícil hoy no pensar en la casta al ver el chalet de la pareja anticastao al oír a Monedero, el talibán del chaleco, condenar a todo lo que se mueve sin su permiso, capaz de pagar a Hacienda, para evitar ser sancionado, un dinero que yo, y el 90% de españoles, jamás tendremos (sí el eximio Màxim Huerta, de fugaz recuerdo). Así que, en recordando hoy aquello de la casta, no puede uno por menos que asociarlo a la costra, ese emplasto de ideas que, de momento, no ha servido más que para que unos vivillos vivan del cuento anticasta.
Pero lo más sorprendente es que en ese saco, en el que se metía a todos los "de arriba" (banqueros, políticos y élites extractivas...) nunca aparecían los separatistas, lo que en términos marxistas quedó siempre muy bien definido como "burguesía nacionalista" que, en Cataluña y el País Vasco, es tan visible que no hace falta realizar ningún máster en politología para identificarlos. Basta echar mano de los apellidos o de los juzgados anticorrupción. La connivencia y concomitancia de esta casta con la otra, la de los Gürtel, es tan evidente que había que hacer un esfuerzo para no relacionarlas.
La existencia de esta casta, como grupo de poder bien organizado, es algo que nadie, y menos si se es de izquierdas (sea marxista, comunista, anarquista, socialdemócrata o sindicalista), puede negar, por eso resulta más sorprendente que al hablar de casta, la verdadera casta, la más poderosa, la nacional-separatista, haya quedado libre de toda culpa. Tanto es así que hoy se ha formado ya una tupida maraña en la que esa burguesía corrupta, clasista, supremacista, racista, neofascista y totalitaria, se siente bien protegida y defendida por quienes todavía se autoproclaman de izquierdas, desde el PSC-PSOE a Podemos y todos sus clones.
Pues habrá que volver a hablar de casta, ahora sí, bien identificada, incluyendo en ella a todos sus encubridores y defensores, explicando que, si todavía goza de inmunidad, es gracias a esa costra, a esa mugre mental en que se ha convertido el discurso oficial de una izquierda descarriada que ni siquiera respeta los principios más elementales de los que nace, ese análisis de la clase dominanteque Marx estableció como punto de partida de todo lo demás, que es lo que hoy, pese a todo, sigue siendo un instrumento útil de análisis de la realidad.
Nunca fue tan visible, tan arrogante, tan descarada la voluntad de dominación e imposición de una minoría sobre la mayoría, como en el caso de las burguesías catalana y vasca, cuyo proyecto pasa por disolver todo lo que facilite la unión entre los españoles.Su gran habilidad ha sido el lograr el apoyo de quienes, dentro del sistema de producción y de riqueza, ocupan el puesto de explotados y dominados, marginados, además, por la barrera clasista de la lengua como señal de pureza de los orígenes.
Nunca, y por lo mismo, ha sido más revolucionario hoy (en el sentido marxista)que la lucha de los trabajadores, explotados y asalariados -la casta de los dominados- por defender el proyecto de España como espacio común, el único capaz de hacer frente al proyecto separatista de la casta nacionalista. Sólo disolviendo y quitándonos de encima esa costra, esa cochambre mental que hace pasar por de izquierdas el proyecto más reaccionario y clasista de nuestra historia, podremos empezar a hablar de España sin complejos. La España de la igualdad y la libertad (inseparables) sólo puede ser posible si la izquierda es capaz de desenmascarar todo el engaño y la confusión en que estamos sumergidos. La derecha, incapaz de articular su propio discurso, debería ser la primera interesada en que esto así ocurriera. Para ello debería empezar por romper -sin buscar más emplastos ni componendas- con esa viscosa connivencia con la casta nacionalista en que han chapoteado sus dirigentes políticos.
martes, 26 de junio de 2018
POR ASÍ DECIR
El separatismo (el nacional-catalanismo-parafascista) es, en su entraña (que ya intuyó Valle-Inclán, era la más negra de España) racismo puro y sin atributos (los ejemplares de superhombre y supermujer catalanes relumbran en los cuerpos garridos de los Turules y Junqueras, las Forcarelas y Roviras, por no hablar de los Ortuzar Arruabarrena). Pero ahí están, y hasta se citan con el presidente del Gobierno para hablar en pie de igualdad. ¿Para cuándo una enciclopedia del racismo vasco y catalán? Tendría que estudiarse en las escuelas de Cataluña y el País Vasco para evitar el contagio.
Pero la reforma constitucional es urgente, ha dicho (por así decir) Maritxell Batet, que tiene apellido de grato recuerdo, pero que se proclama, como Sánchez, plurinacionalista, que es lo más adecuado para descabezar al monstruo racista nombrado en el párrafo anterior. Todo su bagaje mental debe de ser eso de que, para hacer una tortilla, es necesario romper los huevos. Pues ahí estamos, guiados por tan luminoso faro: necesitamos tener claro contra qué hemos de empotrar la nave. Que ya dijo el obispo Torras i Bages que a Cataluña la hizo Dios, y no los hombres, y Mosén Verdaguer añadió, en consecuencia, que el catalán era obra directa de Dios. En catalán nos lo contará y cantará Maritxell, con Borrell dirigiendo el coro (¡ay, Maruzzella Maruzze, tus ojos son de verde mar!, que le cantaría aquel otro José Guardiola...)
Y yo les resumo, por si todavía quiere alguno enterarse, cómo ha ido la cosa catalana, al menos para que me entiendan un poco. Por etapas: catalanismo (no nos comprenden), nacionalismo (no nos quieren), independentismo (nos roban) separatismo (nos oprimen), golpe de estado (quieren destruirnos). O de cómo es posible que los oprimidos opriman tan brutalmente a los opresores. Porque, ¿quién manda hoy en Cataluña? ¿Quién tiene el poder y el dinero? ¿Se lo cuentan así los del PSC a sus todavía seguidores, aunque escasos, currantes charnegos y sin patria?
Los virus son casi indestructibles, pero necesitan un cuerpo en el que instalarse para sobrevivir. ¡Ah, y ahí llegó la izquierda, la dizque izquierda, la más obtusa y reaccionaria de nuestra historia, que le prestó el cuerpo al nacionalismo, todo su sistema linfático al servicio de la causa incausada de la identidad, la vasca, la catalana, la gallega (hasta Feijoo se ha hecho transfusiones) y le siguen ya la andaluza y todas las que se apuntan a la tarantela plurinacional.
Pero va a ser que no, porque las piedras no hablan, ni siquiera las rocas de Montserrat hablan catalán, que yo he estado allí y he pegado bien el oído. No, las lenguas no emanan de la tierra, ni siquiera la vasca; ni las identidades, ni los pueblos, ni la sangre pura corre por los arroyos de la patria ni baja de las cumbres para regar los campos de los que hemos de expulsar al enemigo. Que a la Virgen de Montserrat, por lo que he leído, la amamantaron durante tres siglos monjes vallisoletanos y si así no fuera, el monasterio hoy sería una ruina, y la montaña sagrada un montón de pedruscos. No, la lengua no es el alma del pueblo, porque el pueblo no tiene alma, no tiene alma metafísica, sino historia. Y la historia es lo que ha sido y fue, no lo que los nacionalfascistas se inventan a su antojo e interés.
Pedro Insua lo ha explicado muy bien (ver "1492, España contra sus fantasmas"). Fuimos un imperio generador y genitivo que engendró 23 naciones, entre ellas la nación española, nación histórica y política y democrática hoy, con la misma o mayor legitimidad que cualquier otra de Europa y el mundo, y que eso no lo vamos a cambiar por más reformas pedristas (y pedruscas) nos impongan. Y que esa reforma criptoindependentista, en el mejor de los casos, no podrá ser posible por falta de acuerdo, o, si lo fuere, saltará por los aires. Aviso para los suicidas, incluidos los de la COE, y el Círculo de Economía y todos esos empresarios apoltronados que creen que su negocio está por encima del bien y el mal nacionalista.
Es un decir, un por así decir.
PULSIÓN AUTODESTRUCTIVA
Acaba de publicarse un libro sobre el que quiero alertar a los lectores: "1492, España contra sus fantasmas", obra de Pedro Insua, uno de los pensadores más activos y estimulantes del panorama actual. Es quizás el libro más riguroso escrito hasta el momento en contra de los mitos negativos de la leyenda negra, hoy reactivados gracias a los nacionalismos separatistas, pero también al resurgir de atávicos prejuicios antiespañoles extendidos por toda Europa. Son muchas las sugerencias que este libro imprescindible despierta, pero hoy me voy a centrar sólo en una, que formulo como pregunta: ¿existe algo así como una pulsión autodestructiva en la "estructura psíquica" de los españoles?
Comprendo que, así formulada la hipótesis, puede conducir a despeñar la reflexión sobre esencias metafísicas o entelequias espirituales de imposible concreción. Por eso empiezo por lo más obvio: parece un hecho histórico recurrente que España como nación, y los españoles como colectividad, han tenido que luchar, más que contra elementos externos, contra sus propios impulsos autodestructivos. Los elementos críticos internos desembocan con frecuencia en factores disgregadores y hasta desgarradores. Podríamos decir que tendemos a ser hipercríticos respecto a lo propio y condescendientes con lo ajeno.
Traigo a discusión esta hipótesis para entender mejor los efectos perversos de la leyenda negra, y el por qué ha encontrado entre nosotros tanta aceptación acrítica, casi rayana en la credulidad y el papanatismo. ¿Podemos relacionar esta pulsión colectiva autodestructiva con lo que Freud llamó "instinto de muerte", enfrentando Tánatos a Eros? ¿O es simplemente el efecto de unas minorías inconformistas, a veces rencorosas, que han tenido una gran influencia en la "opinión pública", desde el libelo de Las Casas a los Goytisolos de hoy? Y: ¿hasta qué punto se trata sólo de un fenómeno externo, sostenido por factores ambientales, o tiene también un arraigo o fundamento en eso tan difícil de analizar, a lo que Freud llamó "estructura psíquica", en la que lo psíquico ya no es algo puramente subjetivo e individual?
Que hoy vivimos uno de los momentos más exacerbados de esa pulsión autodestructiva es algo que podemos compartir una mayoría de españoles, preocupados por la deriva incontrolada de los actuales acontecimientos. Esta reflexión tiene, por tanto, pleno sentido, ya que nace de la necesidad de comprender, no sólo lo que está pasando, sino qué nos está pasando. Yo tengo cierta explicación, que requeriría un espacio mucho más amplio que éste para desarrollarla, pero que aquí me atrevo a esbozar: los españoles estamos "fascinados" por el otro, orientados mental y psíquicamente hacia el otro, tanto que es inevitable convertir al otro-los otros en la fuente de todos los conflictos. Paradógicamente, esta apertura hacia el otro, a veces sin reservas, provoca la reacción contraria, el afianzamiento en uno mismo, la confianza exagerada en uno mismo, el mal llamado individualismo.
Hablamos muchas veces de cainismo y guerracivilismo, un fantasma que hoy resurge y despierta cierto fatalismo antropológico. Hay que analizarlo para comprenderlo y así contrarrestar con mayor éxito todo lo que este fatalismo arrastra. La tendencia a sobrecargar emocionalmente las discusiones, a personalizar y argumentar ad hominem, a crear sectas en lugar de partidos, a partir internamente a los propios partidos, es algo que hoy se refleja en la tendencia disgregadora y autodestructiva de todo lo común, que amenaza nuestra propia existencia como comunidad política.
Pero también es cierto que, paralelamente a esta pulsión autodestructiva, existe un gran impulso creativo, individual y colectivo, que nos da confianza en nuestras propias fuerzas regeneradoras, en nuestra capacidad para organizarnos colectivamente y vencer todas las dificultades, en desactivar el efecto paralizante de nuestros fantasmas.
Fantasmas que, y aquí introduzco yo un matiz, no sólo son creados e inducidos por los de fuera, sino por nosotros mismos, porque nacen de nuestros miedos y hasta de nuestra impulsividad vital, de nuestra gran capacidad creadora, que desborda a veces lo humanamente reconocido como tal. Los ejemplos históricos están ahí, y todavía hoy despiertan en nosotros cierta perplejidad y asombro. No hace falta recurrir a ninguna hipótesis genética ni racial, basta con constatar que revelan aspectos de la naturaleza humana que, fruto de específicas condiciones históricas y geográficas, los españoles hemos sido capaces de hacer realidad.
Confiemos en que, una vez más, de nuestro fondo de reservas energéticas surja ese impulso vital capaz de vencer esa insidiosa pulsión autodestructiva, la que hoy parece arrastrarnos y envolvernos en una oscura pesadilla.
jueves, 21 de junio de 2018
CONTRADICTIO IN TERMINIS
Despreciar la lógica tiene consecuencias nefastas y hasta nefandas. No hay principio ético, moral, político y humano más útil y saludable que ajustarnos a las exigencias de la lógica básica. Por ejemplo, estar alerta y no aceptar la "contradictio in terminis", la "petitio principii" o el "argumentum ad nauseam". Son tres de los muchos sofismas que hoy articulan el discurso político y el parloteo insufrible de los tertulianos. Y ni siquiera tenemos ya la posibilidad de alertar a nuestros bachilleres sobre estas poderosas y pegajosas trampas del lenguaje al haber desterrado la filosofía de las aulas.
La imposición de la ideología "progre" (cada día más reaccionaria por simplista) está plagada de esta "contradictio". Por ejemplo, aquello de "prohibido prohibir", que suena muy bien, que apela a la "libertad total", no deja de ser algo contradictorio en sí mismo. Si prohibo todo, debo prohibir también el derecho a prohibir el prohibir, con lo cual nos quedamos donde estábamos, o sea, que tenemos derecho "a prohibir unas cosas" y derecho "a no prohibir otras". Lo mismo pasa con la "libertad total": si es total, yo seré libre de ir contra tu libertad o tú contra la mía, así que con ese principio no resolvemos lo fundamental: para ser libres en unas cosas, hemos de dejar de serlo en otras.
La petición de principio es todavía más insidiosa y común. El "derecho a decidir" (se oculta el "decidir la independencia") se argumenta para defender... ¡el derecho a decidir! Pero si eso es precisamente lo que que hay que demostrar, que unos pocos tengan el derecho a dividir, a separarse y expropiarnos de algo que pertenece a todos. Lo mismo pasa con la democracia. Somos demócratas, dicen los nacionalistas, luego todo lo que hacemos es democrático. Pero si precisamente es al revés: si lleváis a cabo acciones antidemocráticas, eso significa que no sois demócratas.
Con la libertad de expresión es quizás con la que resulta más fácil saltarse la lógica para imponer falacias y sofismas. Las grandes palabras (libertad, igualdad, justicia, democracia) son fácilmente manipulables. Cuando se usan como argumento siempre hay que destronarlas, bajarlas del pedestal y el respeto que inspiran. De abstractas hay que transformarlas en concretas, y del singular pasar al plural. Hay que dejar de hablar, por ejemplo, de libertad para describir libertades concretas. Entonces empezamos a descubrir los usos espurios y las trampas que el propio lenguaje encierra.
Las emociones son necesarias, y no podemos prescindir de ellas, pero nunca pueden ser guías, sino acompañantes. La lógica, en la aque se basa el ejercicio de la razón, no puede ser nunca despreciada, pues es el único instrumento que tenemos para movernos con seguridad por este mundo y controlar, entre otras cosas, a las emociones. La lógica, además, suele ser reveladora de la verdad, a cuyo servicio está. No siempre desenmascara a la mentira, pero hace más difícil el engaño.
¿Y en cuántas contradicciones de este tipo están cayendo los neojipos, los anticasta, los antisistema, los aspirantes a pasar de Vallecas a Galapagar, de minipisos, minitrabajos y minisueldos, a tener "una pequeña gran mansión", como diría Groucho, asegurando que él se conformaba con disfrutar de "las pequeñas cosas" de este mundo? Lo malo es que de estas cosas sólo pueden gozar unos pocos, o sea, las "élites extractivas". Pero lo más insólito es pretender ocultarlo todo con un plebiscito. También se le llama ahora a esto "democracia directa".
sábado, 9 de junio de 2018
¿ALUCINACIÒN O COBARDÍA?
Metáfora o alegoría, hoy siento una conmoción parecida al contemplar cómo nos precipitamos hacia esa vía que puede acabar en catástrofe inevitable. Ciegos, en hilera, mientras oscurece, sin escuchar las voces que gritan anunciando el peligro, nuestros políticos cruzan las vías sin prevención alguna, ignorando que un tren circula cada vez más veloz hacia su destino y sin obstáculo alguno. Es el tren separatista catalán, por acudir al manido símil ferroviario. Se ha puesto al mando un maquinista fanático, pero no loco. Y no es que vaya a acelerar, es que está acelerando: jamás ningún otro había llegado a tanto, a mostrar sin pudor ni atenuante alguno cuál es su ideología, su infame racismo, su odio pestilente, su plan golpista. Se acabó la ambigüedad.Lo que ayer hubiera levantado todas las alarmas, hoy aparece ya como normal.
Esta es la normalidad rajoyana, por la que ha suspirado el alucinado de la Moncloa. Lo llamo alucinado porque se me han agotado todos los calificativos del diccionario. Quiero pensar que, preso de un trastorno mental, vive en un mundo de puro delirio al que él llama normalidad. La pregunta es si esta alucinación nace de un fondo de insondable cobardía o es fruto de una degeneración neuronal. O de ambas.
Siento repetirme. Lo que está ocurriendo en Cataluña es algo inconcebible en una democracia. Es la realización de un golpe de Estado anunciado, radiado, televisado, "implementado" (como dicen ellos) paso a paso. Un golpe posmoderno (Daniel Gascón). Los golpes también evolucionan, se adaptan a la nueva realidad. Lo mismo que la guerra. Hoy la guerra se lleva a cabo de muchas formas. También hay una guerra posmoderna. Los perezosos, los obtusos, siguen pensando que no hay guerra, que no hay violencia, porque no hay muertos a la vista, muertos por las aceras o las cunetas. Es la filosofía mostrenca de los Rajoy y las Sorayas. "Esperemos a los hechos". Como si el decir no fuera ya un hacer. Como siel insultar, el amenazar, el proclamar, el utilizar TV3 y los medios públicos, el adoctrinar, el usar toneladas de dinero público para hacer propaganda y crear "estructuras de Estado", no fueran ya "hechos jurídicos y fácticos" incontestables, por citar unos pocos.
Con esta doctrina saltaría en pedazos todo el sistema jurídico y democrático. No podríamos detener a terroristas hasta que hicieran explotar sus bombas o a violadores hasta que el hecho no ocurriera delante de tres jueces que coincidieran en la valoración del delito. Hemos visto a más de un centenar de parlamentarios disfrutando de medio año de vacaciones espléndidamente pagadas. Esto tampoco es un hecho, al parecer, sino un derecho adquirido. Y extendido a todos los forajidos a los que pagamos para que dinamiten el orden constitucional. Todo esto es normal para esa fatídica mezcla sináptica de alucinación y cobardía.
Antonio Robles ha escrito: "Estamos ante una guerra no declarada. Quim Torra es un fanático supremacista dispuesto a romper la paz social y lo que haga falta. Sin reparar en costes de ningún tipo. Incluido el enfrentamiento civil. Con Quim Torra no habrá una declaración inofensiva de independencia, sino un órdago sin marcha atrás".Hasta el espectro de Montilla ha dicho que "cada día es peor que el anterior", e Iceta que "esto acabará en batalla campal". Mientras tanto el cabestro sigue sesteando, advirtiendo que no debemos "caer en la ansiedad".
Sólo nos salvará del golpe brutal contra la realidad la reacción de lo que, pese a todo y a todos, sigue siendo el pueblo español, la conciencia nacional, el sentimiento de pertenencia a una comunidad libre y democrática que no quiere autodestruirse. Para esta tarea se necesita otra derecha, pero también otra izquierda.Habrá que hacerlo posible, porque no hay otra salida.
miércoles, 6 de junio de 2018
SOY IBERISTA
Tiene el verbo ser en español una fuerza semántica arrolladora y única en comparación con otras lenguas. Al distinguir entre ser y estar, otorga a todo lo que es, una especie de presencia ontológica atemporal. El ser (sustantivo y verbo) es un desafío al tiempo y el espacio, un deseo categórico de eternidad y permanencia. La paradoja está en que, al mismo tiempo, sirve para decir que "somos" mortales y que nada en este mundo "es" permanente. Hechas estas reservas, pues sí, digo que "soy" iberista.
Lo soy casi desde pequeño, porque estudié en Tuy y crucé muchas veces su puente metálico fronterizo para pasear por Valença do Minho. Allí escuché por primera vez a un niño aquello de la "Batalha de Aljubarrota", la derrota castellana de 1385, que figura como hito fundacional de Portugal. El niño lo contaba con una mezcla de orgullo y resentimiento. Tan temprana educación patriótica, con el tiempo, me ha hecho pensar. Entiendo ahora mejor algo que, para ser iberista, uno debe aceptar: ni un solo portugués deja de sentirse profunda y orgullosamente portugués. Es algo que, por desgracia, no podemos decir de la mayoría de españoles respecto a nuestra nación. Ellos, es cierto, no han tenido ninguna leyenda negra que combatir. Pero aquí no sólo la asumimos, sino que la aumentamos, dada nuestra propensión a la hipérbole cuando se trata de criticar lo propio.
Luego vino Unamuno, Pessoa, Eugénio de Andrade, Saramago... Es escandalosa la ignorancia que los españoles tenemos de la literatura portuguesa, cuando ya Cervantes nos habló en el Quijote de unas mozas de Sayago que recitaban a Camoens... ¡en portugués! (digo de paso que a estas pastoras, cantando y recitando a la vera del río, en una fiesta campestre, difícilmente las podemos imaginar por tierras manchegas, y sí por tierras de la Raya y de León, donde también se ubica la primera y más importante novela pastoril, "Los siete libros de Diana", escrita por un portugués, Jorge de Montemayor o de Metemor-o-Velho).
No puedo dejar de lado otro elemento de mi aprendizaje iberista que tiene que ver con el acercamiento al mundo judío sefardí, tan ligado a Portugal. Varios años he acudido como ponente al Congreso Internacional sobre el legado judío en Zamora, organizado por Jesús Jambrina, Anun Barriuso y José Manuel Laureiro, que han estrechado lazos muy importantes entre los pueblos de la Raya al ir descubriendo la presencia judía que todavía pervive en esas apartadas tierras. La huella de Sefarad es algo que debería incorporar cualquier proyecto iberista, como lo es el de la Plataforma por la Federación Ibérica, a cuya presentación en Madrid acudí el pasado sábado.
Es admirable el proyecto que defiende esta Plataforma, impulsada por Pablo Castro, que propone llegar a constituir una Federación o Confederación entre Portugal y España, algo que va más allá de estrechar lazos culturales. Coincide en esto con el Partido Ibérico creado por Casimiro Sánchez, que acaba de proponer 101 medidas concretas para hacer realidad ese acercamiento. No puedo por menos que alegrame de estas iniciativas y desear que avancen hasta impulsar un movimiento que haga posible una verdadera Unión Ibérica.
Como uno de los impulsores del partido Centro Izquierda de España-dCIDE, creo también en la necesidad de ir hacia esa integración, propósito que quedó expresado de este modo entre sus objetivos: "Frente a los intentos de disolución de España como nación y como Estado democrático, dCIDEse declara abiertamente partidario de estrechar los lazos culturales, sociales y políticos con Portugal, tanto por razones históricas y geográficas, como de interés económico y estratégico común. Creemos en las enormes ventajas de caminar hacia una integración de la Península Ibérica a todos los niveles que respete la mutua soberanía y potencie todas nuestras posibilidades de desarrollo y colaboración. Es necesario estimular los sentimientos de igualdad, fraternidad y respeto que ya existen entre nosotros, españoles y portugueses, dejando de lado cualquier actitud de superioridad, ignorancia o insolidaridad. Es contradictorio mirar hacia Europa mientras damos la espalda a Portugal. Todas nuestras propuestas y programas de actuación tendrán en cuenta este decidido propósito de construir una Unión Ibérica integradora".
No puedo menos que recordar, para acabar, el impacto que en los de mi generación dejó la Revolución de los Claveles. Estuve en Lisboa al poco de triunfaresa "revolución" que coincidió con los estertores del franquismo. Todavía resuena en mis oídos el "Grândola, Vila Morena" de Zeca Alfonso, uno de los cantos más bellos y emotivos que conozco. Sí, hay muchas razones para unir España y Portugal, unión que ha de ser política, pero mucho más.
DOS CEREBROS
Cerebro extrovertido versus cerebro introvertido, para simplificar. Ambos constituidos, "como todas las cosas criadas", "a manera de contienda o batalla", que diría Fernando de Rojas, traduciendo a Heráclito. Me explico. Somos seres encerrados en una burbuja de energía. Esa cápsula nos protege y nos da el sentido de la existencia al actuar como un espejo: dondequiera que miremos vemos nuestro reflejo, nuestra imagen cóncava, algo que Valle-Inclánacabó descubriendo al pasar delante de los espejos del callejón del Gato (de Álvarez Gato). Esa autoimagen nos da la sensación de permanencia, de continuidad, de supervivencia. El cerebro encapsulado es aquel que queda absorbido por ese reflejo, el reflejo de sí mismo, la propia imagen proyectada en la burbuja que nos autocontiene. La superficie de esa esfera, fluida y transparente cuando nacemos, acaba volviéndose rígida y opaca.
El cerebro extrovertido, al contrario, no fija la atención en sí mismo, sino que trata de ver a través de la membrana que nos contiene y protege, intentando hacerla cada vez más translúcida y ligera, más apta para ver "lo que hay fuera". Y de lo que hay fuera, lo más difícil de observar, siempre, es a los otros, porque son lo más parecido a nosotros mismos. Saco una primera conclusión: las personas autoabsorbidas en su imagen son siempre las más difíciles de tratar, porque son incapaces de contemplar el mundo sin ver en él siempre la propia imagen proyectada. Hay que sacarlos de sí mismos y esto, para muchos, es algo física y psicológicamente imposible. Como también vuelve a decir Fernando de Rojas, "estando en el mundo yacéis sepultados", ensimismados.
Un cerebro vivo es aquel que está permanentemente abierto al mundo, descubriendo siempre algo nuevo, algo para él nunca visto ni oído ni observado. El cerebro, o se transforma, o muere.De ahí la enorme importancia vital que tiene el no quedar atrapado en el propio yo, en la autoimagen especular. Sin duda, todos tememos a la muerte, que siempre viene de fuera y amenaza con romper esa cápsula protectora. Pero el truco, la sabiduría consiste, no en protegernos endureciendo la superficie de la esfera o cubriéndola (platearla o azogarla) hasta transformar el cristal en un espejo, sino en permitir el paso de la luz, que la energía del mundo nos penetre y atraviese. La energía del mundo y la energía de los otros.
Nuestras neuronas viven interactuando con el mundo, y especialmente con las neuronas de los otros. Existe un instinto cerebral, neuronal, que nos lleva a conectar con otros cerebros, otras redes neuronales. Los cerebros ensimismados acaban perdiendo la capacidad de empatía, de conexión con los otros.Pero como no podemos vivir sin los otros, por más encerrados que estemos en nosotros mismos, se puede producir un fenómeno profundamente perverso, que es el crear una cápsula colectiva autoprotectora que funciona como una ampliación del propio autorreflejo. Una especie de supraorganismo de replicantes ensimismados.
Atisbo aquí una deriva siniestra con la que no esperaba toparme al seguir el hilo de mi hipótesis inicial. Siempre es arriesgado pasar del individuo al grupo, pero es imposible separarlos. Así que puede existir también un encapsulamiento colectivo, una red especular colectiva en la que queden atrapados los individuos que necesitan sostener una imagen agrandada de sí mismos. ¿Los nacionalismos, la fantasía de las identidades colectivas, el sentimiento de superioridad, la necesidad de conexión con otros replicantes, el encapsulamiento colectivo, son fenómenos relacionados con eso que he llamado "cerebro ensimismado"?
El cerebro ensimismado es un cerebro inseguro, asustado, que teme "eso que hay ahí fuera". Crea un caparazón, un exoesqueleto que limita sus movimientos. Hemos evolucionado, somos seres fluidos, abiertos, ágiles. No hay mayor placer que salir a explorar todo lo que hay ahí fuera. El inabarcable, incomprensible y fascinante mundo que está ahí, esperándonos.
viernes, 4 de mayo de 2018
¿LENGUAS ESPAÑOLAS?
Siempre me ha sorprendido la ambigüedad del artículo 3º de nuestra Constitución que dice que "el castellano es la lengua española oficial del Estado" y que "las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas". Y: "La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección". Con lo fácil que hubiera sido decir que "el español es la lengua oficial del Estado" y no ese retorcido enunciado que, de un plumazo, hizo desaparecer el "español" para sustituirlo por el "castellano" y, de paso, elevó a otras lenguas peninsulares (no dice cuáles) a la categoría de lenguas "españolas".
Veamos y desenmascaremos el pufo, tan burdo como indisimulado. El castellano hace siglos que se convirtió en el español, asimilando las modalidades lingüísticas cercanas e incorporando léxico de las hablas americanas. Hoy es una lengua universal por la extensión y el número de hablantes. Llamarle castellano es pretender encerrarlo en un espacio originario que ya ni siquiera existe, algo tan forzado e inapropiado como llamar romano al italiano. Esta maniobra no ha sido inocente. Su efecto inmediato es despojar a España de su única lengua común y, por tanto, la única a la que se puede considerar, con propiedad, española. Al remitirla a su origen se quiere hacer visible que no es, en realidad, una lengua de todos, sino sólo de Castilla, que es quien la ha impuesto al imponer su dominio. Este es el contexto sugerido.
Pero, mientras se le niega el nombre de español, se equipara al "castellano" con "las demás lenguas españolas". Las lenguas regionales pasan a ser españolas, y el español, en cambio, no deja de ser una lengua (regional) más. Este es el equívoco, el cambalache semántico abiertamente dirigido a despojar al español de su rasgo de lengua común. Pero digámoslo sin miedo: ni el vasco, ni el gallego, ni el catalán son lenguas, en rigor, españolas; se hablan en una parte de España, junto al español, pero no se las puede atribuir un calificativo que sólo es apropiado para el sustantivo, o sea, España. Es llamativo que sean, no los nacionalistas, sino los demás, quienes se empeñen en afirmar que esas lenguas regionales son también españolas. Para los nacionalistas sus lenguas, no sólo no son españolas, sino, en realidad, "antiespañolas", incompatibles con el español, al que nunca ellos considerarán, en recíproca coherencia, otra lengua vasca, gallega o catalana. El español es para ellos lengua foránea, extranjera, impuesta, impropia.
Los federalistas y partidarios de la tercera vía (¿la de tres raíles?), creen que con ese gesto de buenismo lingüístico convencerán a los independentistas de que sus lenguas (y ellos) son amigablemente acogidos por el resto de españoles (¿por qué no castellanos?), y que así se sentirán más a gusto en el "Estado español". Tamaña ingenuidad es hoy ya abierta estulticia, si no maldad disimulada. La misma que el propio artículo 3º de la Constitución encierra, pues es imposible pensar que un texto tan confuso, científica y políticamente insostenible, se haya podido colar por torpeza o despiste. No. Por esos gestos, por este enseñar la patita, sabemos que los secesionistas introdujeron "caballitos de Troya" acá y acullá en el articulado de la CE, y ha sido esa "apertura constitucional" la que han aprovechado para meternos en el lío actual, en el que hasta una rebelión y sedición manifiesta, todavía encuentre dificultades legales para definirse y castigarse como merecen.
La otra rendija, convertida hoy ya en portalón del corral identitario, es eso de "las distintas modalidades lingüísticas de España" que deben ser protegidas y respetadas. Imposible definir ni cuántas ni cuáles, pues cada montaña, valle, riachuelo, peñasco o legajo sirve hoy para marcar la frontera de una nueva lengua. Ahí están esos intrépidos salva-lenguas (o linguas), oportunistas en busca de un cargo de recuperadores y normalizadores de las lenguas oprimidas, dispuestos a que la gente hable lo que ellos inventan con zurcidos y remiendos, del bable al lliunés, del mañico al castúo o el andaluz. Todo con el propósito de usar la lengua como instrumento político para inventarse una identidad con la que poder controlar el espacio social más libre y democrático que existe, como es el del uso de la lengua.
Tanta aberración fatiga. Tanta confusión desespera. Tanto fanático y político oportunista empieza a ser turbador. Si no reaccionamos impulsando la sensatez, defendiendo la libertad de hablar lo que resulta ser más propio y natural, la lengua común, el español, sin perder ni el tiempo ni el dinero en la conservación artificial de modalidades lingüísticas (dialectos) minoritarias, reinventándolas e imponiéndolas "contra natura" y "contra communicatio", pronto acabaremos en manos de verdaderos cabestros que nos dirán hasta cómo hemos de mugir para sentirnos distintos, especiales, dueños de nuestra propia identidad.
Veamos y desenmascaremos el pufo, tan burdo como indisimulado. El castellano hace siglos que se convirtió en el español, asimilando las modalidades lingüísticas cercanas e incorporando léxico de las hablas americanas. Hoy es una lengua universal por la extensión y el número de hablantes. Llamarle castellano es pretender encerrarlo en un espacio originario que ya ni siquiera existe, algo tan forzado e inapropiado como llamar romano al italiano. Esta maniobra no ha sido inocente. Su efecto inmediato es despojar a España de su única lengua común y, por tanto, la única a la que se puede considerar, con propiedad, española. Al remitirla a su origen se quiere hacer visible que no es, en realidad, una lengua de todos, sino sólo de Castilla, que es quien la ha impuesto al imponer su dominio. Este es el contexto sugerido.
Pero, mientras se le niega el nombre de español, se equipara al "castellano" con "las demás lenguas españolas". Las lenguas regionales pasan a ser españolas, y el español, en cambio, no deja de ser una lengua (regional) más. Este es el equívoco, el cambalache semántico abiertamente dirigido a despojar al español de su rasgo de lengua común. Pero digámoslo sin miedo: ni el vasco, ni el gallego, ni el catalán son lenguas, en rigor, españolas; se hablan en una parte de España, junto al español, pero no se las puede atribuir un calificativo que sólo es apropiado para el sustantivo, o sea, España. Es llamativo que sean, no los nacionalistas, sino los demás, quienes se empeñen en afirmar que esas lenguas regionales son también españolas. Para los nacionalistas sus lenguas, no sólo no son españolas, sino, en realidad, "antiespañolas", incompatibles con el español, al que nunca ellos considerarán, en recíproca coherencia, otra lengua vasca, gallega o catalana. El español es para ellos lengua foránea, extranjera, impuesta, impropia.
Los federalistas y partidarios de la tercera vía (¿la de tres raíles?), creen que con ese gesto de buenismo lingüístico convencerán a los independentistas de que sus lenguas (y ellos) son amigablemente acogidos por el resto de españoles (¿por qué no castellanos?), y que así se sentirán más a gusto en el "Estado español". Tamaña ingenuidad es hoy ya abierta estulticia, si no maldad disimulada. La misma que el propio artículo 3º de la Constitución encierra, pues es imposible pensar que un texto tan confuso, científica y políticamente insostenible, se haya podido colar por torpeza o despiste. No. Por esos gestos, por este enseñar la patita, sabemos que los secesionistas introdujeron "caballitos de Troya" acá y acullá en el articulado de la CE, y ha sido esa "apertura constitucional" la que han aprovechado para meternos en el lío actual, en el que hasta una rebelión y sedición manifiesta, todavía encuentre dificultades legales para definirse y castigarse como merecen.
La otra rendija, convertida hoy ya en portalón del corral identitario, es eso de "las distintas modalidades lingüísticas de España" que deben ser protegidas y respetadas. Imposible definir ni cuántas ni cuáles, pues cada montaña, valle, riachuelo, peñasco o legajo sirve hoy para marcar la frontera de una nueva lengua. Ahí están esos intrépidos salva-lenguas (o linguas), oportunistas en busca de un cargo de recuperadores y normalizadores de las lenguas oprimidas, dispuestos a que la gente hable lo que ellos inventan con zurcidos y remiendos, del bable al lliunés, del mañico al castúo o el andaluz. Todo con el propósito de usar la lengua como instrumento político para inventarse una identidad con la que poder controlar el espacio social más libre y democrático que existe, como es el del uso de la lengua.
Tanta aberración fatiga. Tanta confusión desespera. Tanto fanático y político oportunista empieza a ser turbador. Si no reaccionamos impulsando la sensatez, defendiendo la libertad de hablar lo que resulta ser más propio y natural, la lengua común, el español, sin perder ni el tiempo ni el dinero en la conservación artificial de modalidades lingüísticas (dialectos) minoritarias, reinventándolas e imponiéndolas "contra natura" y "contra communicatio", pronto acabaremos en manos de verdaderos cabestros que nos dirán hasta cómo hemos de mugir para sentirnos distintos, especiales, dueños de nuestra propia identidad.
domingo, 22 de abril de 2018
PESIMISMO ACTIVO
Existe algo a lo que podríamos llamar "estado de ánimo político". Es un sentimiento, individual y colectivo, que, a partir del presente, adelanta cómo podría ser el futuro (no confundir con la "opinión pública"). Una especie de "percepción anticipadora". Cuanto más oscuro el presente, más inquietante el futuro. Cualquiera que analice sin prejuicios la realidad política de los últimos años, entenderá a quienes nos proclamamos "alarmistas" del presente y "pesimistas" del futuro. No sé cuántos -de esto nunca se ocupará el CIS-, pero pongamos que somos, a ojo de regular cubero, un tercio de la población. En millones podríamos superar al número de parados y pensionistas, lo que no quiere decir que todos los parados y pensionistas sean alarmistas y pesimistas.
No existe correlación entre la situación económica individual y el estado de ánimo político, pero pongamos que es más fácil convencer a quien vive económicamente agobiado que a uno que chapotee en la abundancia, que nuestro presente-futuro justifica el alarmismo pesimista o viceversa. Entra aquí una variable, la "educación sentimental" del ciudadano, que debería propiciar esa madurez política que consiste en ajustar el estado de ánimo a la percepción de la realidad, venciendo la tendencia a acomodar el ojo a lo que dicta la ideología, la conveniencia, el partido o el clero de turno. Quiero decir que así, sin prédicas ni acomodos, lo normal sería sentirse alarmado y pesimista ante el presente y el futuro de nuestra nación.
No voy a hacer una lista de síntomas inequívocos de cómo vamos avanzando hacia el precipicio. Tener que describirlos, cuando están a la luz de todos, es el peor síntoma (la luz también puede cegar). Freud describió el mecanismo de la negación, que podríamos aplicar a los que hoy se autoprotegen negando, unos los hechos, otros su gravedad. Sabemos que se niega lo que se teme y se reprime lo que se desea. El pueblo español tiene su memoria inconsciente, donde se acumulan temores negados y deseos reprimidos. Lo nuevo de hoy es que es esos miedos y deseos empiezan a salir a la luz, ya no funcionan los mecanismos habituales de negación y represión.
Mi posición es la del que, frente a quienes niegan esos miedos y deseos, quiere encararlos con lucidez, valentía y templanza de ánimo. Frente al adanismo rousseauniano, que niega la existencia del mal y los malos, la "suspensión del juicio" a la espera de que sean los hechos quienes aclaren intenciones y propósitos; frente a los pacifistas y apaciguadores que huyen del conflicto o niegan su existencia, la templanza que controla la embestida esperada; frente a la cobardía o pusilanimidad de los negacionistas, el reconocimiento del peligro y el riesgo de la pasividad; ante el acomodo oportunista, la despreocupación del indiferente o la reserva del conformista, el pesimismo activo.
Ser un pesimista activo significa que, para combatir el mal, lo primero es ponerle nombre e identificar a sus autores; que, para evitar una catástrofe, hay que reconocer las fuerzas que la empujan; que, para confiar en la eficacia de una acción, vencer a un enemigo o superar un obstáculo, hay que aceptar que todo es posible, incluso lo peor. Porque ser un pesimista activo no es ser derrotista o determinista, sino saber que el miedo y la conciencia del peligro son los resortes últimos de una sociedad cuando algo amenaza su propia destrucción.
Son principios elementales que nunca tendrán en cuenta quienes niegan, por ejemplo, que nuestro Estado es débil, que su unidad y poder se está desmoronando, que el plurisecesionismo es ya un hecho real; que tenemos una derecha ciega, oportunista y corrupta a la que España como nación le importa una higa, cuyos intereses se mezclan viscosamente con los de las élites nacionalistas y de ahí su incapacidad para combatirlas; que la izquierda actual es obtusamente antiespañola, que no defiende la unidad y la igualdad entre todos los españoles, garantía de nuestros derechos.
Torpes y miserables quienes no se dan cuenta de que, ante todo esto, la sociedad está empezando a tomar conciencia del peligro, de la "vuelta de lo reprimido", de miedos atávicos que creía conjurados, de injusticias y atropellos intolerables, como la exclusión del español en la enseñanza, la administración y el acceso al trabajo; o el estar pagando a una policía sediciosa y golpista como los Mozos de Escuadra, TV3 y toda la estructura separatista; o el haber creado ese monstruo de 17 cabezas que vive a costa de destruir el Estado, trocear la nación, inventar identidades y alimentar a una casta política parásita y corrupta; o el permitir la existencia de partidos cuyo fin es la destrucción del propio Estado democrático, algo inconcebible en cualquier otro país de Europa.
¡Pesimistas activos, uníos!
¡Ha llegado nuestra hora!
No existe correlación entre la situación económica individual y el estado de ánimo político, pero pongamos que es más fácil convencer a quien vive económicamente agobiado que a uno que chapotee en la abundancia, que nuestro presente-futuro justifica el alarmismo pesimista o viceversa. Entra aquí una variable, la "educación sentimental" del ciudadano, que debería propiciar esa madurez política que consiste en ajustar el estado de ánimo a la percepción de la realidad, venciendo la tendencia a acomodar el ojo a lo que dicta la ideología, la conveniencia, el partido o el clero de turno. Quiero decir que así, sin prédicas ni acomodos, lo normal sería sentirse alarmado y pesimista ante el presente y el futuro de nuestra nación.
No voy a hacer una lista de síntomas inequívocos de cómo vamos avanzando hacia el precipicio. Tener que describirlos, cuando están a la luz de todos, es el peor síntoma (la luz también puede cegar). Freud describió el mecanismo de la negación, que podríamos aplicar a los que hoy se autoprotegen negando, unos los hechos, otros su gravedad. Sabemos que se niega lo que se teme y se reprime lo que se desea. El pueblo español tiene su memoria inconsciente, donde se acumulan temores negados y deseos reprimidos. Lo nuevo de hoy es que es esos miedos y deseos empiezan a salir a la luz, ya no funcionan los mecanismos habituales de negación y represión.
Mi posición es la del que, frente a quienes niegan esos miedos y deseos, quiere encararlos con lucidez, valentía y templanza de ánimo. Frente al adanismo rousseauniano, que niega la existencia del mal y los malos, la "suspensión del juicio" a la espera de que sean los hechos quienes aclaren intenciones y propósitos; frente a los pacifistas y apaciguadores que huyen del conflicto o niegan su existencia, la templanza que controla la embestida esperada; frente a la cobardía o pusilanimidad de los negacionistas, el reconocimiento del peligro y el riesgo de la pasividad; ante el acomodo oportunista, la despreocupación del indiferente o la reserva del conformista, el pesimismo activo.
Ser un pesimista activo significa que, para combatir el mal, lo primero es ponerle nombre e identificar a sus autores; que, para evitar una catástrofe, hay que reconocer las fuerzas que la empujan; que, para confiar en la eficacia de una acción, vencer a un enemigo o superar un obstáculo, hay que aceptar que todo es posible, incluso lo peor. Porque ser un pesimista activo no es ser derrotista o determinista, sino saber que el miedo y la conciencia del peligro son los resortes últimos de una sociedad cuando algo amenaza su propia destrucción.
Son principios elementales que nunca tendrán en cuenta quienes niegan, por ejemplo, que nuestro Estado es débil, que su unidad y poder se está desmoronando, que el plurisecesionismo es ya un hecho real; que tenemos una derecha ciega, oportunista y corrupta a la que España como nación le importa una higa, cuyos intereses se mezclan viscosamente con los de las élites nacionalistas y de ahí su incapacidad para combatirlas; que la izquierda actual es obtusamente antiespañola, que no defiende la unidad y la igualdad entre todos los españoles, garantía de nuestros derechos.
Torpes y miserables quienes no se dan cuenta de que, ante todo esto, la sociedad está empezando a tomar conciencia del peligro, de la "vuelta de lo reprimido", de miedos atávicos que creía conjurados, de injusticias y atropellos intolerables, como la exclusión del español en la enseñanza, la administración y el acceso al trabajo; o el estar pagando a una policía sediciosa y golpista como los Mozos de Escuadra, TV3 y toda la estructura separatista; o el haber creado ese monstruo de 17 cabezas que vive a costa de destruir el Estado, trocear la nación, inventar identidades y alimentar a una casta política parásita y corrupta; o el permitir la existencia de partidos cuyo fin es la destrucción del propio Estado democrático, algo inconcebible en cualquier otro país de Europa.
¡Pesimistas activos, uníos!
¡Ha llegado nuestra hora!
jueves, 12 de abril de 2018
LA CHAPUZA ALEMANA... Y ALGO MÁS
Hablemos claro: Alemania, ni es lo que creemos que es, ni lo parece. Hagamos una generalización abusiva, pero necesaria. No toda Alemania ni todos los alemanes. Digamos, la Alemania oficial, por un lado, y la Alemania oculta, por otro, que, en este caso, coinciden, así que me ahorro más atenuaciones retóricas. La chapuza jurídica que ha dejado en libertad a Puigdemont es esa evidencia que necesitábamos los germanoescépticos para poder soltar la lengua sin ser tildados de lo que sea. Digo chapuza, estropicio, bodrio, castaña, emplasto. Saltarán unos: no siendo jurista, ¿cómo te atreves? Pues atrévome porque soy ciudadano, y con sentido común, con elemental capacidad para razonar y no tragarme piedras de molino, por más tudescas que sean. Y porque otros, más expertos, como Sosa Wagner, vienen a decir lo mismo.
Basta leer el dictamen. Después de afirmar que no hay "alta traición" (¡vaya concepto jurídico!) porque no se cumple el requisito de "fuerza" o "violencia", aclara que sí la hubo, pero no la suficiente como para "doblegar la voluntad" del órgano constitucional contra el que se ejercía esa violencia. Hubo, pero no hubo (muerto, pero sólo un poquito): a esto se llama claridad, coherencia y seguridad jurídica. Y por si hay duda, insiste: “Es cierto que el señor Puigdemont, como iniciador y defensor de la implementación del referéndum, debe ser considerado responsable de los actos de violencia cometidos el día del referéndum. Sin embargo, esos actos de violencia, por su naturaleza, alcance y efecto, no fueron los adecuados para presionar lo suficiente al Gobierno como para que este se hubiera visto forzado a rendirse a las demandas de los perpetradores de la violencia”.
Es difícil encontrar mayor absurdo y descaro. O sea, que sólo hay rebelión o traición si el golpe triunfa, si se hace efectivo o irreversible. Hay que esperar a que triunfe para poder perseguirlo. Ahora se entiende por qué Hitler llegó a donde llegó. Pero el colmo es que va la ministra de Justicia, socialdemócrata, y remacha el clavo con este martillazo: "la sentencia es absolutamente correcta y la esperada", contradiciendo a su propio fiscal. Se atreve, además, a exigirle a España que el otro delito, el de "malversación", tiene que "aclararlo bien" para que se conceda la extradicción (y no "va a ser fácil"), porque si no, "se levantará la orden de detención y Puigdemont será un hombre libre en un país libre, la República Federal Alemana" (sic). Y para más escarnio, amenaza: "habrá que hablar también de los componentes políticos de este caso".
Después de repetir mil veces, a lo Pilatos, que el caso de Cataluña "es un asunto interno de España", y que la justicia actuaría con total independencia, va el gobierno alemán y se mete de hoz y coz y se pone a patear y pisotear y chapotear en el asunto y a sentenciar y contradecir, no a un juez regional como ese del impronunciable Schleswig-Holstein, sino a las más altas instancias judiciales de nuestro país, y a toda la labor policial y de escrupulosa acumulación de pruebas (más de 300) que muestran con todo detalle la violencia de los golpistas antes, durante y después del referéndum (y ahora mismo). No sólo no hacen caso a estas pruebas, es que ese tribunal de tercera ni se ha molestado en mirarlas, ni tampoco esa ministra impresentable (suficiente para declararla persona "non grata" e impedirle pisar suelo español, y menos de Mallorca).
No sólo se meten a sentenciar (sin juicio) lo que no es competencia suya, la validez de las pruebas presentadas por el juez Llarena, sino que ni se dignan conocerlas, lo que no les impide asegurar que "por su naturaleza, alcance y efecto" no son suficientes para constituir el delito reclamado. Imagine a un mecánico que, sin siquiera ver el coche, va y firma que debe ir al desguace, y con el conductor dentro, a ser posible. ¿Por qué lo hace?
Llegamos aquí al meollo del asunto. Sigamos con la metáfora cacharrera. El mecánico chapuzas actúa así porque se lo consienten y porque sabe que su sentencia coincide con lo que piensan sus jefes. ¿Y por qué actúan todos con tanto desprecio y arrogancia? Porque se creen y se sienten superiores. ¿Y de dónde les viene tan mostrenca altanería? Del fondo de la historia, del relato sostenido desde el siglo XVI en que media Europa se alimentó del rencor, la envidia, el resentimiento contra lo que fue el imperio español y hoy es España. Un imperio que nació cuando el Sacro Imperio Romano dejó de ser Germánico y pasó a ser Hispánico, ¡y con Carlos V! ¡Intolerable!, que esos piojosos españoles, descendientes de judíos, hayan logrado semejante hazaña y alcanzado tamaño poder... Y que hoy pretendan ser una nación democrática que se defiende de su propia destrucción... No, eso nunca, por Lutero.
¿Y el Gobierno? ¿Qué Gobierno, dónde, cuándo...? Ni está ni se le espera. Sí, dejemos a los tudescos con su togas y miserias y digamos con Quevedo "que ya los brindis del Tajo / no le deben nada al Rhin". Vayamos a lo importante: qué hemos hecho los españoles de hoy, herederos de los de antaño, para tener un Gobierno tan cobarde, mentecato, pusilánime y acomplejado como para no levantar la mirada del pesebre y decir que no es tolerable que una ministra de un país "amigo", que pertenece al mismo espacio democrático común, diga lo que ha dicho, que es de una hostilidad manifiesta y humillante; y que un juez regional decida lo que compete y afecta a la propia existencia de otra nación, España, poniendo la interpretación absurda de una norma interna por encima de la propia Constitución española.
Porque si es un asunto interno de España a qué viene esa ministra metepatas a meter la suya donde no debe; que si Europa es una espacio político y de derecho común, del que hemos eliminado las fronteras, a qué vienen estas fronteras jurídicas para proteger a forajidos antidemócratas, aliados de los neofascistas de Europa, alemanes, flamencos e italianos; que si no existe cooperación policial, jurídica y política, para qué carajo nos interesa Europa, etc.
La ceguera de Alemania es la ceguera de Europa, que no ha escarmentado de dos terribles guerras mundiales. Ceguera egoísta e hipócrita, porque nada de lo que defienden para los golpistas catalanes consentirían en su país, ni sabotajes, ni ataques violentos contra la policía, ni insultos y amenazas a los jueces, ni mucho menos la ruptura de su unidad territorial. Estamos volviendo a los años 30, pero peor, porque hoy los medios de aniquilación de la paz y la democracia son más profundos, invisibles y potencialmente destructivos. Y España parece que volverá a ser el laboratorio de ese infausto destino. El desmoronamiento interno y la pérdida de la unidad y la confianza no parecen sólo obra de nuestros errores. Nos llaman ignorantes y brutos porque les conviene, porque de ese modo se creen a salvo de su propia cretinez. Hablo de la Alemania oculta, la más peligrosa, pero también de un mundo cada día más convulso y menos predecible.
Lo peor de todo es que, en medio de la confusión, despreciemos las señales de alarma y caigamos en la tentación autodestructiva. Siempre habrá quien, entre nosotros, elevándose por encima de la "chusma" (en ella me incluyo), nos vendrá a dar lecciones de democracia. Ahí tenemos a dos ínclitos defensores del independentismo, disfrazado uno de magistrado y otro de catedrático de derecho, sentenciando: “Por encima de la ley está el principio de racionalidad jurídica. Es un valor superior del ordenamiento jurídico”. ¡Toma ya jurisprudencia! Lo ha dicho Martín Pallín, antiguo magistrado del Supremo.
Y el otro, por Pérez Royo conocido: este proceso “es nulo de pleno derecho", está “viciado” desde el principio porque la instrucción se ha hecho en base a un “delito imaginario”. “No hay rebelión”, insiste. “Es una barbaridad”, porque “se han vulnerado derechos fundamentales de personas que no deberían haber pisado la cárcel”. Bueno, puestos a pensar en sujetos peligrosos, quizás debiera existir una pena específica para evitar que personajes así predicaran sin consecuencia alguna tales memeces. Supongo que los separatistas se lo recompensarán, no será puro altruismo y amor a la verdad. Pienso lo mismo de algunos abducidos como el asturiano Luis Enrique, que ha descubierto que los catalanes "son la hostia", no como sus paisanos y el resto de españoles, más atrasados que un "caganer", digo yo, por buscar una comparación adecuada.
El nacionalseparatismo catalán es por naturaleza violento, usa todas las formas imaginables de violencia, desde la que se ejerce sobre los niños en la guardería para inculcarles el odio y el rechazo a España y a todo lo español, hasta el asalto a coches policiales, sabotajes en carreteras y vías del tren, agresiones, amenazas y coacciones a todos los disidentes. Que todo esto, la violencia visible e invisible de cada día en todos los espacios públicos, pero también privados; que todo se disfrace de democracia es el mayor escarnio y prueba del grado de imposición y control totalitario de una ideología a la que hemos de calificar sin reparos de neonazi y neofascista.
Nota final
He aquí lo que dice el artículo 81 de la Constitución alemana sobre la "alta traición":
“Quien intente con violencia o por medio de amenaza con violencia, 1) perjudicar la existencia de la República Federal de Alemania; 2) cambiar el orden constitucional que se basa en la Constitución de la República Federal de Alemania, será castigado con pena privativa de la libertad de por vida o con pena privativa de la libertad no inferior a 10 años”.
Hace poco, sentenció el TC sobre la pretensión de hacer un referéndum de independencia en el Estado de Baviera: "En la República Federal de Alemania, como estado nacional cuyo poder constituyente reside en el pueblo alemán, los estados federados no son dueños de la Constitución. No hay por lo tanto espacio para aspiraciones secesionistas de un estado federado en el marco de la Constitución. Violan el orden constitucional".
Pues eso.
martes, 10 de abril de 2018
LA NEGACIÓN DE LOS HECHOS
No es posible construir una sociedad sin un acuerdo básico: existe la realidad. Sin este supuesto nadie podría andar seguro por el mundo ni establecer relación alguna con los demás. La evidencia de los hechos, la contundencia de los hechos, la consistencia de los hechos. ¿Es posible prescindir de este fundamento, organizar una sociedad negando el principio de realidad? Este es el mayor reto histórico imaginable al que parece abocada nuestra sociedad.
Dejemos de lado la pregunta científica sobre el fundamento último de la realidad, algo que se diluye cuando tratamos de atravesar la última frontera, la de las partículas elementales y eso tan inasible a lo que llamamos energía. Aparquemos también la duda filosófica que la fenomenología y la física cuántica han introducido al tratar de separar realidad objetiva y mente. Centrémonos en lo que hoy ha entrado en crisis: la construcción social de la realidad.
De modo natural, y guiados por la necesidad de supervivencia, los seres humanos construimos, a partir de los sentidos, un mundo real y objetivo que todos compartimos. Realidad y verdad son inseparables. La verdad es, ante todo, la constatación de la realidad de los hechos. Cuando la verdad se separa de los hechos, cuando se establece una separación radical entre el mundo subjetivo y el objetivo, todo se desmorona. Es lo que ha hecho el relativismo posmoderno, abriendo la puerta a la mayor crisis epistemológica y cognitiva de las sociedades modernas.
Cuando nos preguntamos perplejos cómo es posible que un personaje como Trump haya llegado y se mantenga en el poder, la pregunta importante es cómo ha podido construir su "verdad" sobre la negación de la realidad. Cómo ha podido inventar una realidad mental autónoma que ocupe el espacio de la verdad. Por un lado, esto revela que toda realidad social es una construcción cognitiva, una interpretación que se superpone a la realidad y acaba sustituyéndola; por otro, que hoy se puede crear cualquier interpretación de los hechos de modo rápido y masivo gracias a los poderosos medios de influencia mental, control de las imágenes y lanzamiento simultáneo de billones de mensajes ciberdirigidos capaces de manipular la opinión pública en la dirección que se quiera.
Pero el ejemplo más cercano, conocido y sorprendente es la creación del relato y la interpretación independentista de la realidad catalana y española por parte del ultranacionalismo fascista catalán, eso que muy apropiadamente alguien ha llamado "fascismo inverso": logran negar la realidad de los hechos mientras se construye una realidad inversa capaz de ocupar el lugar de la verdad, inmune a cualquier evidencia contraria. Es como echar sobre un vaso de agua un chorro de aceite: el aceite flota, mantiene su cohesión y aislamiento como un mundo autocontenido y autosuficiente.
Así, el Estado democrático español pasa a ser fascista, autoritario y represor, como si se tratara de una cruel dictadura. Poco importa que, en un índice de valoración democrática, España aparezca muy por encima de Bélgica, Suiza o Alemania; para los nacionalseparatistas seguirá siendo un Estado sanguinario del que hay que separarse como sea. Muchos belgas, suizos y alemanes también se lo creerán, lo que les hará sentirse, naturalmente, superiores.
Que se corten impunemente carreteras y autopistas, se amenace de muerte con pintadas y gritos a jueces, partidos y asociaciones no nacionalistas, se rompan cajeros y mobiliario urbano, se quemen banderas españolas y retratos de autoridades y políticos. Que se agreda con sillas, palos y piedras a la policía, se les acose, rodee y rompa sus coches y furgonetas; que se apalee y ataque a jóvenes que defienden el derecho a ver a la selección española; que se aísle, insulte y amenace a cualquier padre que pida el 25% de clases en español; que se persiga a cualquier profesor que se niegue a inculcar el odio a España y a propagar mentiras en sus clases; que se practique el apartheid a periodistas y profesionales...
La lista de actos violentos (más de 300 ha contabilizado y documentado la policía en la semana de 1-O) es interminable, sin olvidar el historial de Terra Lliure, que hoy intenta volver a organizarse, o los ataques y la violencia verbal constante de TV3. Que todo este cúmulo de hechos siga ignorándose, banalizándose, negándose, no sólo por parte de los catalanofascistas que los llevan a cabo y apoyan, sino por parte del periodismo "progre" (veo a Escobar en la Sexta repetir "¡eso no es violencia!", "el independentismo es un movimiento pacífico, democrático y tolerante"...), eso sí que nos produce estupor, pero quizás no sea más que un ejemplo de lo que venimos analizando: hoy ya es posible construir una realidad paralela o flotante mediante el simple procedimiento de negar la realidad de los hechos.
martes, 3 de abril de 2018
COMENTARIOS PERTINENTES
(Foto: F. Redondo)
No hay que confundir pertinencia con pertenencia. Son sustantivos que tienen el mismo origen etimológico, pero significados ligeramente distintos. Uno da lugar a dos adjetivos antónimos, "pertinente" e "impertinente", y el otro sólo a uno, "perteneciente". Una lengua es rica por estos matices; dominarla es saber distinguirlos y aplicarlos. Soy de los que piensan que es necesario conocer bien una lengua para pensar bien, para analizar bien, desarrollar la mente y dotarnos de un instrumento imprescindible para dominar nuestras emociones y reacciones. Ya dijo Cervantes aquello de que "lo que se sabe sentir, se sabe decir", estableciendo una relación estrecha entre el decir y el sentir. Decir bien para bien sentir, y al revés, sentirse bien porque existe armonía entre lo que uno dice y lo que siente.
Sirva el preámbulo para defender la necesidad de aprender a hacer comentarios "pertinentes". Debiera ser máxima sagrada de tertulianos y comentaristas, una "profesión" hoy sobrevalorada ante la ausencia de lectura, pensamiento crítico, vacío y aturdimiento mental. Todo comentario debiera ajustarse al objeto de discusión y análisis, encajar o ajustarse al tema, venir a cuento y a propósito. Lo contrario es ser impertinente, hablar por hablar, confundir, someter a la mente a una especie de parálisis y aturdimiento que impide a los oyentes o receptores construir un mínimo de orden y sentido con los mensajes que reciben. Comentar debiera ser poner de relieve lo relevante, lo apropiado y congruente con aquello de lo que se habla o trata. Esto requiere aprendizaje y voluntad de claridad, pero también respeto a los demás, a aquellos que ven y escuchan los mensajes.
Reflexiono sobre el fenómeno tertuliano (o tertulianesco), porque recientemente he sido invitado a participar dos veces en un programa de Intereconomía TV, La Redacción Abierta, dirigido por Rafael Núñez, un presentador nada engolado ni retórico, que practica un periodismo abierto, no sectario, a años luz de lo que vemos en la Sexta u otros programas de agitación y propaganda. En el primer programa pude hablar ajustándome a la máxima que aquí defiendo, intentando que mis comentarios fueran pertinentes con las preguntas e intervenciones del entrevistador, todas ellas a su vez muy pertinentes.
Todo lo contrario me sucedió en el siguiente programa, donde, planteado a modo de debate, tuve que ajustarme a las intervenciones y preguntas, no del moderador, sino del otro tertuliano o contrincante. Imposible poner orden en el marco conceptual y el conglomerado de ideas incongruentes (impertinentes) de mi oponente (y perdón por la aliteración). Falta de experiencia en tales lides y cierto hábito profesoral que confía demasiado en la "pedagogía de la razón", en lugar de centrar la atención en lo relevante, lo pertinente, aquello que de verdad interesa a los espectadores, me llevó a veces por cerros llenos de niebla, y no logré decir bien lo que pensaba.
Pero voy a lo que quiero ir. La impertinencia es hoy lo más común, la característica más destacada del tertuliano, pero sobre todo del político. Para no quedar atrapados por la "logotropía" del discurso (descentrado, merodeante, digresivo, elusivo y hasta logorreico) uno debe mantener la cabeza fría y el cuerpo sereno, y preguntarse siempre "de qué está hablando este tío", "qué me quiere decir", "qué rollo está soltando". Si no sabes responder con claridad, no te eches la culpa ni te creas tonto; piensa que ese charlatán impertinente te está haciendo perder el tiempo. No pretendas entenderlo ni meterte en su cabeza: acabará contagiándote.
Es lo peor que nos puede suceder. Ejemplo: si tratas de ser comprensivo con un nacionalista o un separatista, tal y como predica Iceta y repite Sánchez y toda su cohorte, acabarás hilvanando un discurso tan incoherente (e impertinente) como el que mi compañero tertuliano esbozó en el debate referido. Lo difícil es superar la perplejidad y la ofuscación mental que este tipo de intervenciones produce. Y lo malo, y hasta peor, es que, sometidos a un constante bombardeo de este tipo de mensajes, es muy difícil sustraerse a su tóxica influencia. No es el arte de la política, como se suele decir, sino la miseria de la política. Porque el primer deber de un político es ser responsable de sus palabras, de lo que dice y cómo lo dice. O sea, no ser impertinente.
(El vídeo del debate: https://www.youtube.com/watch?v=KjEjFuelQEM&feature=player_embedded)
No hay que confundir pertinencia con pertenencia. Son sustantivos que tienen el mismo origen etimológico, pero significados ligeramente distintos. Uno da lugar a dos adjetivos antónimos, "pertinente" e "impertinente", y el otro sólo a uno, "perteneciente". Una lengua es rica por estos matices; dominarla es saber distinguirlos y aplicarlos. Soy de los que piensan que es necesario conocer bien una lengua para pensar bien, para analizar bien, desarrollar la mente y dotarnos de un instrumento imprescindible para dominar nuestras emociones y reacciones. Ya dijo Cervantes aquello de que "lo que se sabe sentir, se sabe decir", estableciendo una relación estrecha entre el decir y el sentir. Decir bien para bien sentir, y al revés, sentirse bien porque existe armonía entre lo que uno dice y lo que siente.
Sirva el preámbulo para defender la necesidad de aprender a hacer comentarios "pertinentes". Debiera ser máxima sagrada de tertulianos y comentaristas, una "profesión" hoy sobrevalorada ante la ausencia de lectura, pensamiento crítico, vacío y aturdimiento mental. Todo comentario debiera ajustarse al objeto de discusión y análisis, encajar o ajustarse al tema, venir a cuento y a propósito. Lo contrario es ser impertinente, hablar por hablar, confundir, someter a la mente a una especie de parálisis y aturdimiento que impide a los oyentes o receptores construir un mínimo de orden y sentido con los mensajes que reciben. Comentar debiera ser poner de relieve lo relevante, lo apropiado y congruente con aquello de lo que se habla o trata. Esto requiere aprendizaje y voluntad de claridad, pero también respeto a los demás, a aquellos que ven y escuchan los mensajes.
Reflexiono sobre el fenómeno tertuliano (o tertulianesco), porque recientemente he sido invitado a participar dos veces en un programa de Intereconomía TV, La Redacción Abierta, dirigido por Rafael Núñez, un presentador nada engolado ni retórico, que practica un periodismo abierto, no sectario, a años luz de lo que vemos en la Sexta u otros programas de agitación y propaganda. En el primer programa pude hablar ajustándome a la máxima que aquí defiendo, intentando que mis comentarios fueran pertinentes con las preguntas e intervenciones del entrevistador, todas ellas a su vez muy pertinentes.
Todo lo contrario me sucedió en el siguiente programa, donde, planteado a modo de debate, tuve que ajustarme a las intervenciones y preguntas, no del moderador, sino del otro tertuliano o contrincante. Imposible poner orden en el marco conceptual y el conglomerado de ideas incongruentes (impertinentes) de mi oponente (y perdón por la aliteración). Falta de experiencia en tales lides y cierto hábito profesoral que confía demasiado en la "pedagogía de la razón", en lugar de centrar la atención en lo relevante, lo pertinente, aquello que de verdad interesa a los espectadores, me llevó a veces por cerros llenos de niebla, y no logré decir bien lo que pensaba.
Pero voy a lo que quiero ir. La impertinencia es hoy lo más común, la característica más destacada del tertuliano, pero sobre todo del político. Para no quedar atrapados por la "logotropía" del discurso (descentrado, merodeante, digresivo, elusivo y hasta logorreico) uno debe mantener la cabeza fría y el cuerpo sereno, y preguntarse siempre "de qué está hablando este tío", "qué me quiere decir", "qué rollo está soltando". Si no sabes responder con claridad, no te eches la culpa ni te creas tonto; piensa que ese charlatán impertinente te está haciendo perder el tiempo. No pretendas entenderlo ni meterte en su cabeza: acabará contagiándote.
Es lo peor que nos puede suceder. Ejemplo: si tratas de ser comprensivo con un nacionalista o un separatista, tal y como predica Iceta y repite Sánchez y toda su cohorte, acabarás hilvanando un discurso tan incoherente (e impertinente) como el que mi compañero tertuliano esbozó en el debate referido. Lo difícil es superar la perplejidad y la ofuscación mental que este tipo de intervenciones produce. Y lo malo, y hasta peor, es que, sometidos a un constante bombardeo de este tipo de mensajes, es muy difícil sustraerse a su tóxica influencia. No es el arte de la política, como se suele decir, sino la miseria de la política. Porque el primer deber de un político es ser responsable de sus palabras, de lo que dice y cómo lo dice. O sea, no ser impertinente.
(El vídeo del debate: https://www.youtube.com/watch?v=KjEjFuelQEM&feature=player_embedded)
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