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martes, 9 de diciembre de 2008

ENERGÍA Y PERCEPCIÓN

(Foto: Agustín Galisteo)

La definición de energía de Einstein solemos entenderla en sentido cósmico o macrocósmico. Vemos una masa moviéndose a una velocidad inconcebible y de ahí sale la energía. Pero también vale para lo más cercano, para entender lo que ocurre en nuestro cuerpo, que es una masa que produce energía y que, por tanto, también algo en nuestros átomos y moléculas se mueve a esa inconcebible velocidad. Puro enigma, como la fórmula de Einstein, ya lo dije.

Pero si es así, pues yo veo que la energía, lo mismo que produce calor, puede producir conciencia. Al fin y al cabo, el calor es algo tan abstracto como la conciencia. Yo noto el calor gracias a mi piel, pero del mismo modo noto que me estoy dando cuenta de lo que siento o percibo gracias a mi cerebro.

El asunto complicado es comprender cómo esa energía percibe y se da cuenta de que percibe. Tiene que haber una explicación del mismo nivel que todo lo anterior, más o menos “física”. Me explico.

Si somos un conglomerado de campos de energía “organizada” a modo de filamentos, ondas o “cuerdas”, autocontenida, pues en alguna parte de esa esfera tiene que haber una zona de contacto con el mundo exterior, con la energía que nos rodea y que constituye el mundo, y ese contacto es lo que produce la percepción. Hay un punto, una abertura, que nos permite “encajar” nuestra energía con la energía exterior. A esto le podemos llamar “alineamiento” de fibras energéticas o filamentos. El “chispazo”, el contacto es lo que produce la percepción, el darnos cuenta, como si se tratara de una sinapsis que permite el paso de la energía por un circuito neuronal.

Lo que más me interesa de todo esto, es comprobar que esta explicación permite entender por qué pasamos de un estado de conciencia a otro, de un estado de ánimo a otro, de un modo de percibir la realidad a otro, y aquí caben todos los modos extraños de percibir, de sentir y de actuar, incluidos los que juzgamos patológicos o místicos, cotidianos o extraordinarios, delirantes o depresivos, altruistas o mezquinos.

Al cambiar el lugar en el que se produce ese contacto, ese encaje de la percepción, pues lo que vemos y sentimos es un mundo diferente, porque la energía alineada es diferente.
Y son casi infinitos los lugares a los que se puede “mover” ese punto luminoso, donde se concentra nuestra energía para producir la percepción consciente. Tan infinitos como los mundos que podemos percibir, todos igualmente reales, tan reales como el mundo de todos los días, ése que hemos aprendido a percibir de modo estable al fijar nuestro “punto de encaje”, todos, en el mismo lugar.

Hay muchos “lugares”, dentro de nuestra esfera energética, a los que se puede desplazar esa abertura que nos hace percibir. Señalaré algunos:

-El de la preocupación por uno mismo (el más común).
-El de la razón (mucho menos común de lo que suponemos)
-El del conocimiento directo o la conciencia pura (sólo lo podemos mantener durante un tiempo muy limitado)
-El de la atracción por la materia y los objetos (origen del materialismo capitalista)
-El del sexo (el placer del cuerpo).

Todos estos centros de la percepción producen a su alrededor una constelación de pequeños desplazamientos que explicarían la infinidad de conductas, sentimientos y percepciones que podemos experimentar. También se pueden producir “saltos” de un lugar a otro. La conciencia es ese darnos cuenta de dónde se sitúa en cada momento nuestra percepción, dónde se fija y hacia dónde se desplaza. La conciencia nos permite hablar de la “relatividad de la percepción”.

A todo esto yo lo llamo “teoría de la relatividad de la percepción”. En el fondo no es más que una consecuencia de la teoría einsteiniana.
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