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jueves, 15 de abril de 2010

LA MUERTE, COMPAÑERA, CONSEJERA FIEL

(Foto: Agustín Galisteo)

La primera vez que me di de bruces con la muerte, yo tenía cinco años. Una niña de mi edad se ahogó con un globo. Aún recuerdo su cara pálida y los gritos de su madre cuando se la llevaban en un ataúd blanco.

Un amigo de mi infancia se hizo guardia civil. Ascendió pronto a teniente y se dedicó a perseguir al narcotráfico. Cayó en la tentación de traficar con los alijos de droga requisados. Sospecharon de él porque empezó a vivir por encima de sus posibilidades económicas. Lo descubrieron y se pasó varios años en la cárcel. Su mujer murió de cáncer. Al salir de la cárcel, se suicidó. Sus padres, nonagenarios, sin embargo, viven aún.

Tuve otro amigo que se aficionó al submarinismo. Le gustaba el riesgo. Vivió en Guinea Ecuatorial. Un día se fue a la costa de Gijón, se sumergió más hondo de lo prudente y se le reventaron los pulmones por la presión.

También mi primo murió ahogado. Fue en Tenerife. Una ola lo enredó y se ahogó de forma estúpida donde ni siquiera lo cubría el agua. También le gustaba practicar el submarinismo. Las playas rocosas de Tenerife con muy peligrosas, aunque no lo parezcan.

Otro primo mío también se murió hace años. Padecía del corazón desde niño, pero logró sobrevivir durante más de cuarenta años. Era fuerte y cariñoso. Acudí a su entierro, en Valladolid. Me impresionó su cara, hinchada y desfigurada.

Ya de joven, otro amigo se suicidó dándose un pistoletazo a la entrada de la catedral de León.

Cuando yo daba clases en Santa Coloma de Gramanet, un compañero del instituto se cortó la venas en el Departamento de Literatura y se tiró por la ventana. Otros dos profesores amigos también se suicidaron: uno padecía cáncer y el otro, esquizofrenia.

Hace poco, un amigo de Barcelona, con el que escribí varios artículos para la revista El Viejo Topo, apareció muerto en su piso. Padecía una depresión grave.

La lista de amigos y familiares muertos es mucho mayor, claro. Me he acordado ahora estos muertos porque siguen ahí, muy vivos en mi memoria.

De vez en cuando hay que escuchar a nuestra compañera más fiel, la mejor consejera, que siempre está ahí, a nuestra izquierda, a un brazo de distancia.
Sí, yo también me iré, como escribió Juan Ramón Jiménez.

Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros cantando;
y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
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