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jueves, 22 de abril de 2010

TEORÍA DE LA NOVELA

Escribir es pensar, no sólo en lo que se escribe, sino cómo se escribe. Cada novela, al mismo tiempo que se escribe, define su propia teoría de la novela.

Ando metido en un nuevo proyecto: una novela larga, muy larga, pero escrita con párrafos más bien breves, como éste:

Colgó la chaqueta de pana negra, ya raída y desgastada, sobre un clavo que sobresalía en la pared de adobe. Sacó un pañuelo de tela sucio del bolsillo y se quitó el sudor de la frente y el rostro. Antes de colocarse de nuevo la boina de felpa sobre la cabeza, la sacudió violentamente contra la mano izquierda. Se levantó una pequeña nube de polvo. La cuadra olía a estiércol. Ató las riendas a un poste de madera, cerca del pesebre. El caballo también sudaba. Le pasó un cepillo de púas por el lomo y los ijares. Resopló el animal antes de hundir su hocico en un montón de paja seca.

Se verá que aquí estoy defendiendo, no una novela realista, sino una novela física, táctil, en la que, más que contar, se ve, se oye, se huele, se siente. No una novela en la que los hechos se dicen, imaginan o piensan, sino en la que se sientan a través del cuerpo, mediante la resonancia física que las palabras producen en el cuerpo.

Una novela orgánica, que tenga en cuenta, ante todo y sobre todo, los efectos sensoriales y orgánicos de la escritura.
Por tanto, ha de ser fluida, sonora, acústica, gestual, en la que todo resuene y provoque asociaciones neurológicas mediante el reflejo, la reverberación, el eco, la reduplicación, la traslación del texto al cuerpo del lector.

El lector ha de revivir, sin esfuerzo, y directamente a través de la lectura, los estados físicos y orgánicos que la escritura crea al describir los objetos, los lugares, los movimientos, las acciones.
Esto mismo ha de valer para los sentimientos, las emociones, los pensamientos que la novela exprese. Todo ha de pasar por el filtro de lo orgánico.

La paradoja es que, para lograr que el lector de verdad viva, reviva, sienta lo que está escrito, el autor ha de equilibrar lo dicho con lo no dicho, lo contado con lo omitido, lo descrito con lo aludido, lo narrado con lo sugerido, lo expresado con lo insinuado. Si no hay huecos, vacíos, implicaciones, no hay novela, no hay tensión, no hay interés para el lector.
Por ejemplo, el lector sabrá, un momento dado, y sin necesidad de contárselo, que el personaje al que acabo de presentar, que cuelga su chaqueta de pana sobre un clavo, acaba de cometer un crimen...

Ser incapaz de crear un mundo real, una atmósfera, una realidad física, con los detalles de lo concreto, o perderse en vaguedades y abstracciones, produce el mismo efecto que lo contrario: recargar la narración con datos innecesarios, querer contarlo y describirlo todo. Por ambos lados se despeña la novela.
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