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domingo, 18 de julio de 2010

LA MARAÑA DE LAS IDENTIDADES


He pasado unos días en Barcelona. Ha dado la casualidad de que coincidieran con la manifestación contra la sentencia del Estatuto Catalán, el triunfo de la selección española de fútbol en el Mundial y la celebración masiva de este éxito en toda España.
Me vienen muchas reflexiones a la mente, que quizás amplíe en otra ocasión. A modo de resumen, aquí van algunas:

1) La especie humana no puede vivir sin formar grupos en los que el individuo busca sentirse seguro y protegido. Para unirse, el grupo necesita inventarse una identidad colectiva.

2) Los rasgos que definen una identidad colectiva son, en gran parte, imaginarios. Cuanto más intangibles y etéreos, más necesitan afirmarse mediante símbolos (banderas, himnos), imágenes, mitos y creencias simplificadoras.

3) Existen, sin embargo, dos maneras distintas de formar una identidad colectiva: de forma excluyente, diferenciadora, negativa, o, por el contrario, de manera integradora, incluyente, positiva. La primera trata de imponerse, ya sea de forma violenta o mediante la propaganda amenazante, la presión psicológica, la persuasión basada en la manipulación intencionada de los sentimientos, el miedo, el rechazo del otro. Y las mentiras, claro: históricas, económicas, políticas. La otra se basa en la apertura al otro, en el deseo de compartir algo con los demás y realizar un proyecto común. Una acentúa e inventa lo que separa; la otra, lo que diferencia y une.

4) Claramente hemos visto estos días la manifestación de estas dos formas de identificación colectiva: la concentración contra la sentencia de Tribunal Constitucional sobre el Estatuto en Barcelona, y la celebración del triunfo de la selección de fútbol, especialmente en Madrid, pero también en Barcelona. Se me dirá que son cosas distintas, una claramente política y otra meramente deportiva. Pero todos sabemos que ni los partidos catalanes son simplemente partidos políticos (son “el pueblo catalán”, la Cataluña que busca independizarse del pueblo español), y la selección es algo más que un equipo de fútbol, lo mismo que el Barça es “més que un club”.

5) Los sentimientos que han movido a las masas estos días, digo, muestran dos formas distintas de construir la identidad colectiva: una negativa, que se afirma por oposición al otro (se une para decir a los demás y decirse a sí misma que ser catalán es “no ser español”) y otra espontánea y positiva (se une para celebrar triunfos simbólicamente colectivos e integradores).

6) Hay dos eslóganes que muestran muy bien lo que digo: “Som una nació, nosaltres decidim”, frente a ese bullanguero “Soy español, español, español”. El eslogan catalanista parte de afirmar que el pueblo catalán no es España. Al darlo por supuesto, tratan de imponerlo en la conciencia colectiva. Si somos una nación, quienes nos impiden serlo (o sea, constituirnos en un estado independiente) no pueden ser más que fascistas y antidemócratas. El espontáneo “soy español”, sin embargo, no busca atacar a nadie, imponer nada a nadie, sino expresar un sentimiento de identidad incluyente, positiva, basada en un triunfo colectivo.

7) Las identidades colectivas aglutinan una maraña de sentimientos difusos, fácilmente manipulables. Puestos a elegir, a uno le gustaría que la política fomentara los sentimientos positivos de identificación colectiva, no la propaganda cada día más engañosa y visceramente antiespañola de los independentistas catalanes. Decir, por ejemplo, que en la manifestación del Estatut salieron a la calle millón y medio de personas, cuando, rigurosamente contados, no llegaban a 60.000, es algo que debería constituir un delito tipificado en el código penal. Que nadie diga que esta forma de distorsionar la realidad para presionar a la opinión pública es intolerable en una democracia, es lo verdaderamente preocupante.
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