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lunes, 30 de agosto de 2010

LOS OJOS Y EL SOL









He hablado en otras ocasiones sobre el misterio de los ojos (ver en este bloc “El brillo de los ojos” -24 noviembre 2008- y “Ojos que miran” -17 junio 2009-). Es un tema que sigue interesándome mucho.

El culto al sol es quizás el más universal, presente en todos los tiempos y culturas. Cuando pensamos en los egipcios o los mayas, con sus pirámides solares, tendemos a creer que sus ritos eran fruto de la superstición o creencias irracionales. No se nos ocurre pensar que detrás de esas prácticas existía un conocimiento real y pragmático sobre la energía del sol y su relación con la salud, el bienestar y la elevación de la conciencia. Incluso los griegos mantuvieron este conocimiento a través del culto a Apolo.

Hira Ratan Manek es un sabio que está dando a conocer este conocimiento milenario, adaptándolo a la mentalidad de hoy. Se pueden leer cientos de entradas en internet escribiendo su nombre. Con sentido crítico, uno puede aprovechar esa información, sorprendente, pero con un fundamento muy racional y hasta científico.

Se trata de tomar en serio el principio de que toda la energía de la Tierra proviene del Sol y que, si las plantas pueden absorberla directamente, nosotros también lo hacemos de hecho y podemos potenciar esta posibilidad a través de los ojos.

Don Juan le describe a Castaneda cómo recoger la energía del sol, al atardecer, mirándolo con los ojos entrecerrados y girando la cabeza de un lado a otro.
Hay una terapia, científicamente probada, que se basa en el movimiento de los ojos (EMDR, Eye Movement Desensitization and Reprocessing) o la percepción de un sonido rítmico o un estímulo táctil que sintoniza los dos hemisferios cerebrales al estimular cada uno de forma alterna. Fue descubierta por casualidad por la Dra. Shapiro. De hecho es lo que pasa en la fase MOR (o REM) (Movimientos Oculares Rápidos) del sueño, mediante la cual el cerebro procesa los recuerdos del día (la sobreestimulación) que no han podido ser asimilados u ordenados a través de la corteza prefrontal. Acunar a los niños debe de basarse en el mismo principio.

La energía suave del sol, al entrar a través de los ojos, ejerce un influjo extraordinario sobre el cerebro y puede ayudar a reestructurar todo el sistema nervioso y favorecer con ello la salud, la capacidad mental y las posibilidades de elevar el nivel de nuestra conciencia.

De niño siempre me sorprendió cómo al amanecer todos los pájaros entraban en un estado de alegría, bullicio y dinamismo. Están, sin duda, sintonizados con esa energía benéfica del primer sol, de la que se aprovechan. Igualmente me sorprendió siempre que muchas aves, al atardecer, se queden fijas mirando al sol hasta que desaparece en el horizonte. Cualquiera que vaya a una playa podrá comprobar cómo realizan este rito las gaviotas.

Pues sí, hay que mirar al sol, entregarse a su baño de energía. Lo peor de las ciudades es que nos tapa el horizonte, no nos deja saludar al sol matutino, ni despedir al sol del ocaso. No hay energía mayor, derramada con mayor generosidad, ni más beneficiosa. Buscamos con frecuencia los milagros donde no existen y dejamos de lado, en cambio, los que ocurren cada día ante nuestros ojos.

Estando el Burgos el viernes pasado, descubrí en lo alto de un gran cedro, una grulla gris, al atardecer. Inmóvil, con sus alas abiertas hacia el sol, estaba recibiendo una oleada de energía. Los pájaros y las aves saben muy bien aprovecharse de esta energía inagotable. ¿Cómo iban a poder atravesar continentes enteros volando durante días y días, y sin probar bocado?
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