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martes, 22 de marzo de 2011

TEORÍA DE LA INCERTIDUMBRE

(Foto: Daniel Montero)

¡Qué tiempo, el que ahora estamos viviendo! ¡Y qué espacio, el que ahora nos rodea! ¿Se acelera la historia, se precipita el apocalipsis?

Cuantos más elementos intervienen en un momento dado, mayor es la entropía, la invasión del desorden y el caos. El mundo se ha hecho insoportablemente complejo. A los elementos de la naturaleza hemos añadido tanta basura, tantos aparatos, tanto enredo, tantas redes y cachivaches… La cacharrería humana es ya el bosque más extendido por toda la superficie de la Tierra. Y por sus entrañas, llenas de cables, túneles, cañerías… Y por el cielo, inundado de chatarra, de humo, de partículas asesinas.

No hay imagen más poderosa, más elocuente, que ese mar negro que invade las ciudades y sepulta los cuerpos entre montañas de escombros. Todo, de pronto, se convierte en lo que es, basura, putrefacción, un revoltijo de desechos, un violento deshacer y destruir todo lo que el hombre ha construido a su alrededor para separarse del mundo, para aislarse y encerrarse en su propio nido, para crear un universo artificial paralelo.

Aquí hay luz, contra la noche. Aquí nos sobra la ropa, estemos en el desierto o nos rodee la nieve. Aquí hay pantallas, aunque el mundo real desaparezca. Aquí hay máquinas, aunque las manos se vuelvan artríticas. Aquí hay energía atómica, aunque nos estallen las pupilas. Aquí hay coches, trenes, aviones muy veloces, aunque viajemos dormidos. Aquí hay bombas, toneladas de bombas, para añadir otro montoncito de cadáveres chamuscados a la gran hoguera.

¿Qué hacer? ¿Qué podemos hacer? La impotencia, la indefensión aprendida nos paraliza. Es tan colosal el poder de los poderosos, de los que hacen negocio con el plutonio y el uranio, con el petróleo, con las bombas, con los terremotos, con los tsunamis, con la muerte y el dolor, con la resignación y el miedo, con los cachivaches, con la chatarra, con la incertidumbre de todo cuanto nos rodea…

No enmudecer, al menos, me digo. No callar, al menos. Ser conscientes del delirio, de la enorme capacidad que tiene el hombre para convertir la locura y las alucinaciones en realidad. ¿De dónde nacieron los campos de exterminio, las cámaras de gas, las zanjas llenas de cadáveres esqueléticos, miles, millones de cuerpos apilados como basura? Eso fue ayer, hace un par de horas, y durante el tiempo transcurrido no han cesado de llenarse de huesos y ojos desorbitados todas las fosas del mundo, desde África a Japón, de las cunetas de los pueblos de España a los mares argentinos, de Chernóbil a Haití. ETA y Las Azores, Gadafi y la OTAN, el Corán y el Pentágono… Sí, ya sé que no es lo mismo, no es lo mismo. Sin embargo, una misma corriente de delirio y omnipotencia, de soberbia y ceguera, recorre el cerebro de quienes toman las últimas decisiones sobre la cacharrería global y sobre la vida de los demás. Siempre, claro, movidos por los más nobles objetivos: la paz, la patria, el progreso, la libertad, el bienestar… Todos sabemos cuánta mentira hay detrás de estas palabras.

¿Necesitaremos que la Tierra se agite y convulsione para destruir los artificiales cimientos de nuestra civilización, que revienten todas centrales nucleares del mundo a la vez? ¿O que el sol, con sus atómicas llamaradas, venga a poner freno al caos delirante en que se fundamenta el orden superficial de nuestras ciudades, con su asfixiante maraña de cables y efímeros objetos, que no sirven más que para aturdirnos y olvidar la muerte y el caos que nos rodea?

No enmudecer, al menos, porque seguimos amando la vida, y el mundo, sí, podría ser radical, total, absolutamente diferente.

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