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lunes, 18 de abril de 2011

MEMORIAS DE UN JUDÍO SEFARDÍ (El tulipán)

(Foto: Eduardo Blanco)

Como mi casa se situaba al lado de la montaña, mi gran afán era salir a recorrer el campo, solo, perderme por ahí. Un día me fui más allá, al siguiente valle, caminando, y de repente veo una cosa que… Mira, cuando el milagro ocurre ya no es milagro. Porque es milagro cuando lo piensas, en la fantasía, pero en el momento en que se materializa ya pasa al mundo real, y eso es lo fantástico.

Pues iba yo por ahí, solo, y de repente noto cómo sale de la tierra algo, despacio, de manera lenta, pero se veía brotar y crecer. Observo una cosa de un color amarillo anaranjado y rojo. Era un tulipán silvestre. Nada más verlo me da una taquicardia, unas palpitaciones que se me sale el corazón del pecho. Porque nunca había visto un tulipán, y era de una hermosura fascinante. Al acabar de abrirse noté cómo se llenaba mi corazón, y todo mi cuerpo, de ternura y amor. Me agacho, lo miro y de pronto el tulipán…, el tulipán empieza a hablarme. Yo pienso ahora racionalmente: ya no tenía dos años, sino más de cuatro, y sabía bien que las flores no hablan, ni mi perro, ni mi burro, y las plantas que tengo alrededor de mi casa no me hablan. Pero aquel tulipán empiezó a hablarme con una voz cálida, baja de tono, suave, como soplando o susurrando, se abre frente a mí y me dice, Dani, quiero ser tu amigo, y le digo, yo también, pero cómo es que hablas… Y contesta: Hablamos, pero no todo el mundo nos escucha; y además, no hablamos con todo el mundo… Me pide: Ten cuidado de no pisarme, porque soy muy frágil. No, no, por Dios, no te preocupes. Yo, lleno de emoción, me acerco, le doy un beso y se me llena toda la cara de un calor dulce… Me dice: Ven todos los días a verme. Y le hago la promesa: Ten por seguro que todos los días voy a venir a verte.

Me vuelvo a mi casa con la preocupación de que nadie lo pise, con el deseo de que nadie lo descubra. No le cuento lo que me ha ocurrido a nadie, ni a mi padre ni a mi madre, pensando que no me van a creer, que se van a reír de mí. Así que fue un secreto entre el tulipán y yo. Y todos los días iba a verlo, hasta que después de mi cumpleaños, el tulipán me dice, mira, mi tiempo se está acabando y yo voy a desaparecer, no dijo la palabra morir; ven a verme el año que viene, por la misma época. Me despido de él, voy a verlo al día siguiente y lo encuentro más mustio, apagándose, y ya no me hablaba. Unos días después desapareció. Esto se quedará grabado en mi mente hasta el último instante en que me muera. Me sentí muy privilegiado porque un tulipán me hablara. He revivido muchas veces esos momentos y lo que entonces sentí. Lo he guardado en mi interior como un tesoro. Poco después, en la escuela nos leyeron ese pasaje en que Salomón habla con las piedras, las rocas, las plantas… Todos los niños se reían menos yo. Yo sabía que Salomón podía haber hablado con las flores, porque yo tenía la prueba, a mí mismo me había hablado un tulipán. Yo pienso que los niños, y más a esa edad, no son tan fantasiosos como la gente cree. Son mucho más realistas de lo que parece. Lo que pasa es que ven con otros ojos, otro estado de conciencia, mucho más cercana quizás a nuestro estado primitivo, en el que vivíamos muy conectados con la naturaleza.

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