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miércoles, 2 de julio de 2008

¿POR QUÉ LLAMAR CASTELLANO AL ESPAÑOL? (III)

(Foto: R. Esteban)


La situación actual de desconcierto y conflicto entre el español y las otras lenguas de España (catalán, vasco y gallego), denunciado en el “Manifiesto por la lengua común”, empezó hace más de treinta años, y tiene su origen en una dejación política, fruto de los pactos forzados de la transición democrática. Se inició con Suárez, y luego siguió Felipe González, Aznar (tuvo ocho años para reorientarlo) y ahora Zapatero. Ningún gobierno ha querido analizar seriamente el problema (siempre negado) y buscar una solución plenamente democrática. Unos han pensado que el tiempo todo lo arreglará; otros que el remedio puede ser ya peor que la enfermedad. Lo cierto es que no es fácil encarar el problema, pero lo primero es reconocerlo y analizarlo. Sin embargo, no se hace. ¿Por qué? ¿Por qué no se puede hablar con libertad sobre el tema? Este hecho es ya de por sí un síntoma de que algo pasa.

Conozco especialmente la situación de Cataluña (vivé en Barcelona más diez años), y Pujol ha sido, sin duda, el verdadero artífice de una estrategia fríamente calculada, a la que Tarradellas, como se sabe, se opuso pero no pudo evitar. Claudicó Suárez (el mayor escándalo fue el caso “Banca Catalana”, algo que ninguna democracia debiera haber tolerado) y en ese momento unos cuantos intentamos llamar la atención sobre lo que ya entonces empezaba a repugnar a cualquier demócrata: que se impulsara el uso oficial del catalán con métodos de exclusión e imposición. Redacté entonces (1981) un Manifiesto que se acabó conociendo como el “los 2.300”, pues lo hicimos público al obtener ese número de firmas. Su contenido básico venía enunciado en el título, “Por la igualdad de derechos lingüísticos en Cataluña”, y defendíamos fundamentalmente dos cosas: el derecho a la enseñanza en español para los padres que lo desearan, así como el bilingüismo oficial y efectivo en el ámbito de la administración pública. Nada contra el catalán, nada contra la enseñanza en catalán, nada contra el nacionalismo, nada contra nada ni contra nadie. La respuesta fue un torrente de insultos, amenazas y el rebrote del terrorismo de Terra Lluire, con atentados incluidos. Algún día contaré esa triste historia.

Hoy vuelve la historia con este otro Manifiesto (antes, Ciutadans/Ciudadanos, y cientos de plataformas intentando lo mismo). ¿Se puede seguir acusándonos a todos de fascistas, lerrouxistas, imperialistas, etc.? Es tan estúpido y falso como aquello de “rojos” y “masones”.

Pero dejemos el lado político del asunto y centrémonos en el sociológico y psicológico, que es sobre el que a mí más me interesa reflexionar.

Sociológicamente, en Cataluña no ha habido hasta ahora ningún problema real de convivencia entre el español y el catalán. Salvo minorías radicalizadas, la mayoría comprende que no vale la pena ningún enfrentamiento por motivos lingüísticos, que afectaría a un tejido complejo y muy extenso de relaciones sociales, familiares, económicas y de todo tipo, urdidas durante varias generaciones. La mayoría, además, no rechaza el aprendizaje del catalán, ni que sus hijos aprendan bien esta lengua, ya que la consideran, entre otras cosas, un medio útil para asegurar su futuro laboral.

Si esto es así, ¿por qué el nacionalismo se ha vuelto tan intransigente en la inmersión lingüística y la imposición del monolingüismo? Sin indagar en otras causas, voy a aventurar una que resultará escandalosa para algunos: porque los nacionalistas no confían en su propia lengua. No confían en la capacidad de su propia lengua, el catalán, para atraer a los hablantes del español hacia su uso espontáneo, coloquial y cotidiano. Y es precisamente esto lo que ellos quieren y necesitan: que el medio lingüístico dominante y mayoritario sea catalán, que “se pueda vivir y sentir en catalán”, como dicen. Adelanto, para que se entienda bien mi postura, que yo entiendo perfectamente este problema psicológico y sociolingüístico, que no lo desprecio en absoluto, y que no me parece ni artificial ni secundario. El problema está en buscar una solución antidemocrática y en falso. Me explicaré otro día.
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