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jueves, 16 de octubre de 2008

UNA HORA DE VIDA

(Foto: PortfolioNatural)


Dice el enamora-do a la muerte: dame una hora de vida. Quiere, antes de morir, ver a su amada, abrazarla. Corre a su encuentro, y cuando ya trepa hacia su balcón, “la fina tela se rompe, la hora es ya cumplida”, nos dice el romance. Su amada le habría arrojado sus trenzas para que subiera, pero no llegó a tiempo.

¿Y si no se hubiera precipitado en su busca?, nos preguntamos. Habría muerto igualmente, nos viene a decir el poema, porque lo que importa es la hora, no el modo con que la muerte se presenta. Mejor morir a punto de rozar los labios de la amada, que no derrotado, acurrucado en un rincón.

La hora de nuestra muerte. La llaman la hora de la verdad. Llegará, inexorablemente. El encuentro definitivo con el infinito. Pero, si bien lo pensamos, cada hora es siempre la última hora de nuestra vida. Primero, porque en cualquier instante podemos dejar este mundo, y nadie ni nada nos puede asegurar un segundo más de vida. Luego, porque esta hora de ahora, en cuanto transcurra, ya nada ni nadie podrá hacerla volver. Lo hecho, hecho queda para siempre, o desaparecido, o no hecho. Definitiva, irrevocable e irreversiblemente. Cada hora queda definitivamente atrás.

¿Angustia, desesperación, miedo? Si es así, irremediable, ¿de qué nos sirven estos sentimientos? Démosle la vuelta al tiempo y actuemos como el enamorado: vivamos cada hora con la intensidad del final. Alarguemos el tiempo, extendámoslo. Si lo dividimos en horas, cada hora vivida con atención, concentración y serenidad, puede convertirse en una eternidad.

Vivir la vida por horas es entregarse por entero a cada hora, no reservarse para la siguiente. Significa actuar con todas las consecuencias, despreocupándonos del resultado, del éxito o fracaso social de nuestros actos. Y tan importante es actuar con decisión, sin reservas ni titubeos, como no actuar, no hacer lo que estamos acostumbrados a hacer. No irritarnos, por ejemplo. No ofender ni despreciar a nadie, empezando por nosotros mismos. No abandonarrnos a la autocompasión, a la pereza o la rutina.

Una hora de vida. No un año, ni un mes, ni siquiera un día. Cada hora, la hora de la verdad. Un estado de alerta serena. A cada hora, renovar nuestro romance con la vida, nuestra amada, a la que nos entregamos por completo, sin cálculos ni reservas. Atención, atención. ¡Aquí y ahora, aquí y ahora!, como gritaban los pájaros de La Isla de Huxley.
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