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jueves, 20 de enero de 2011

IMAGINACIÓN Y FANTASÍA

(Fotos: Agustín Galisteo)
Podemos distinguirlas. La imaginación nace de la percepción de la realidad y trata de proyectarse sobre a ella, transformándola. La fantasía nace de la pura actividad imaginaria del cerebro y no tiene en cuenta la realidad. La imaginación mira hacia afuera, el exterior. La fantasía, hacia el interior, trata de crear una realidad autónoma.
Naturalmente, pueden mezclarse y confundirse, pero ahora me interesa más distinguirlas. Una y otra se basan en una cualidad básica del cerebro humano: la memoria visual.

Aunque suelen confundirse, su distinción es muy útil para entender y valorar las obras artísticas y, más en concreto, las literarias.

La imaginación no pierde nunca de vista la realidad. Parte del hecho de que toda realidad es real y ficticia a la vez, o sea, que nuestra percepción del mundo tiene un fundamento real, pero al mismo tiempo es una interpretación y construcción imaginaria. Esto lo explica con claridad la física cuántica.

Consciente de que necesitamos de la imaginación para construir la realidad, la literatura crea mundos ficticios e imaginarios, pero siempre, de algún modo, conectados con un mundo real (un mundo posible). Por eso exigimos a la literatura que los mundos posibles y ficticios que crea, sean verosímiles.

En mi libro Teoría del teatro aclaro mucho más el tema (páginas 106 a 136), pero aquí me bastará con una cita de Aristóteles: “Lo inverosímil no es creíble, y lo increíble no persuade ni mueve”.

La literatura crea, mediante la imaginación, mundos internamente coherentes y verosímiles, creíbles. No es lo mismo que reproducir mundos reales o realistas. En el mundo real (cotidiano) nos guiamos por la verdad; en el mundo de la ficción literaria, por la verosimilitud.

La fantasía, la imaginación fabulosa, no tiene en cuenta los mundos reales ni la verosimilitud. No busca descubrir ninguna realidad oculta, ni construir ficciones que iluminen, transformen o cambien nuestra percepción del mundo, sino simplemente evadirnos, entregarnos a la pura actividad imaginativa sin atender a leyes internas ni límites de coherencia o verosimilitud. Esta actividad cerebral más o menos desinhibida, tiene un peligro: la pura arbitrariedad e incoherencia nos cansa. Si todo puede ser de cualquier manera, pues carece de interés (algo parecido pasa con la llamada “escritura automática” y explica el fracaso literario del surrealismo puro).

Se suele decir que la infancia es el reino de la fantasía. No estoy de acuerdo. A los niños no les gusta la fantasía; más bien la rechazan. No quieren vivir en un mundo falso, fabuloso, sino real. Se frustran cuando aquello que imaginan resulta ser sólo fantasía.

A mí la literatura puramente fantástica me deja indiferente. Yo quiero, como los niños, vivir en un mundo real. Lo que no me gusta es el mundo de la realidad cotidiana, ese mundo tan limitado, donde la imaginación tiene muy poco que hacer. No me gusta fantasear, me gusta hacer real aquello que imagino. Precisamente por eso la imaginación no tiene casi límites, como tampoco los tiene la realidad, que supera siempre a la imaginación y a la fantasía.
Porque para ver hay que imaginar. Y para oír. Y para pensar. Y para crear. Y para gozar. Y, por supuesto, para escribir.
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