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domingo, 2 de enero de 2011

VERSOS FALLIDOS

(Foto: S. Trancón)
El culto al subjetivismo causa estragos, especialmente en el mundo de la poesía. Hay que repetir que no todo lo subjetivo vale. La poesía nace de una experiencia subjetiva, pero, una vez escrita y publicada, se convierte en objetiva y, como tal, puede ser analizada y valorada.

Del culto al yo se pasa irremediablemente al culto a la persona. Convertido alguien en gran poeta, adquirido un nombre, ensalzado como “figura” literaria, la sociedad le inviste de un halo de intocabilidad reverencial y empalagosa.

Pero el más grande autor puede escribir versos fallidos, desvaríos, insulseces. Si renunciamos a la crítica, al criterio y el análisis, el gusto literario acaba pervirtiéndose y los nuevos poetas pierden el rumbo y acaban creyendo que lo que importa es escribir rarezas.

Hago estas reflexiones porque he empezado a leer un interesante ensayo de Manuel Cruz (Las malas pasadas del pasado) y me topo en la primera página con una cita de Ángel González, un buen poeta, en general, pero al que se le iba de vez en cuando la vena poética y escribía cosas tan desafortunadas como ésta que se cita:
Nada es lo mismo, nada
permanece.
Menos
la Historia y la morcilla de mi tierra:
se hacen las dos con sangre, se repiten.

(Glosas a Heráclito)

La ocurrencia es de pésimo gusto. Asociar la sangre de la morcilla (palabra de por sí cargada de una sonoridad que la inutiliza para cualquier sutileza) con la sangre de los muertos en guerras del pasado para decir que todo se repite, es meterse en un cenagal asociativo insalvable. Pero pasa por ocurrencia ingeniosa cargada de conciencia crítica…

Otro tanto diríamos de algunos ripios famosos. Hoy, afortunadamente, hemos educado el oído para que detecte de inmediato la rima ripiosa y la deteste. Por ejemplo, aquello de Machado, escrito sin duda después de una mala noche:
Anoche cuando dormía
soñé, ¡bendita ilusión!,
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.


O lo de otro gran poeta, Miguel Hernández, en aquella Elegía dedicada a la muerte de su amigo Ramón Sijé:
Yo quiero ser llorando el hortelano
de la tierra que ocupas y estercolas,
compañero del alma, tan temprano.
O:
Ando sobre rastrojos de difuntos,
y sin calor de nadie y sin consuelo
voy de mi corazón a mis asuntos.


Que el cuerpo muerto del amigo “estercole” la tierra o uno pise “rastrojos de difuntos” no son imágenes poéticas muy afortunadas, así como eso de ir “de mi corazón a mis asuntos”.

La falta de criterio y gusto parece haberse adueñado del mundo de la poesía. Leo los poemas premiados en una página web, prestigiosa por sus casi siempre acertadas críticas (http://criticadepoesia.blogspot.com/). Me desconcierta el criterio con que han sido elegidos versos de este tipo:
Escucha, aún no
cae: prosigue ahora el sueño
de las plantas adoptado por el último perito
parvulario que pasó a mejor
postor.
(Daniel Aguirre, Vuelve usted ayer)
No entiendo (porque no hay nada que entender) qué ha querido el autor decir con eso de “perito parvulario que pasó a mejor postor”. No me gusta, y no significa nada.

O estos otros versos de otro de los premiados:
regreso a la ciudad
de los andenes impasibles
para escollarme noche,
miel talada
de su infancia de helechos y metales.
(Ciudad ciega, Carlos Frühbech)
“Andenes impasibles para escollarme noche”, o “miel talada” no son más que rarezas semánticas sin sentido ni interés alguno.

La poesía es el refugio, reserva y semilla de la lengua. Si perdemos el sentido del ritmo, de las imágenes, la sensibilidad para detectar la reverberación de la palabra o la capacidad evocadora y creativa del verso, la mente se convierte en un hormigueo de sonidos destartalados, insensatos, hojarasca, cháchara, impostura. Los versos fallidos no son sólo malos versos, sino perniciosos, contaminantes.
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