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domingo, 9 de enero de 2011

UMBERTO ECO SIMONINI

(Foto: Daniel Montero)
Pensaba leer el último producto (comercial) de Umberto Eco, El cementerio de Praga. Por casualidad, cuando me acerqué a la FNAC para comprar El mundo bajo los párpados, de Jacobo Siruela, encontré un folleto de propaganda que reproducía una conferencia de Eco titulada “Construir al enemigo”, que el editor difunde como un “exquisito preámbulo” a la novela. Lo leí y ya, definitivamente, se me quitaron las pocas ganas que tenía meterme en El cementerio.

Nos explica Eco la tesis del libro, que resume así: Disponer de un enemigo es importante, no sólo para definir nuestra identidad, sino también para dotarnos de un obstáculo ante el cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al enfrentarnos a él, nuestro propio valor”. Concluye que, si no tenemos un enemigo, hemos de construirlo (o inventarlo).

Acabé de leer la conferencia, trufada de citas y erudición redundante, y lo que presuponía un punto de partida para una crítica más enjundiosa, resulta que no, que toda la acumulación de derribos históricos le servía para remachar su idea, convertida así en “necesidad connatural incluso al hombre tranquilo y amigo de la paz”. Y concluye: “No se puede estar sin un enemigo. La figura del enemigo no puede ser abolida por los procesos de civilización”. Vamos, que el hombre es un lobo para el hombre, y ahí se acaba todo el discurso filosófico, psicológico y moral sobre el asunto.

Pues no, no me interesa seguir las peripecias del capitán Simonini, protagonista del invento y portador de tan original y lúcida tesis. Para ese viaje no necesito tantas alforjas cargadas de pesada exhibición y la pedantería.

Porque yo no creo en ese burdo axioma, por más que la historia está llena de ejemplos a su favor. Yo no necesito ningún enemigo para definir mi identidad, lo siento señor Eco. Primero, porque mi identidad no es nada sólido y permanente, y segundo, porque para tomar conciencia de lo que soy, me basta con tomar conciencia de lo que hago y siento, y ahí, lo que encuentro es al otro, la necesidad del otro, pero no la necesidad de mi enemigo. Del mismo modo, tampoco creo necesario que para construir una comunidad social (incluso un Estado o una Nación), se necesite tener enemigos externos o internos. El señor Umberto se burla de esta posición: "Seamos realistas. Estas formas de comprensión del enemigo son propias de los poetas, de los santos y de los traidores".

Cuando el otro se convierte en problema, incluso en enemigo, yo no necesito demonizarlo y despreciarlo, retarlo y vencerlo, sino establecer leyes democráticas para defenderme. Para ello necesito, incluso, entender la diferencia y la posición del otro, no alimentar el enfrentamiento y la lucha, como el señor Eco acaba defendiendo: “La guerra constituye una válvula de escape para las vidas en excedencia”, asegura, entre otras simplezas.

No sé si es pura provocación, un modo de llamar la atención para poder vender más “Cementerios”. Puede que sí, pero cuando uno de los referentes intelectuales de la Italia actual dice lo que dice, uno empieza a comprender algo de lo que el régimen de Berlusconi significa y en qué postulados se basa.
Yo a lo que más le temo es al contagio (intelectual y político).
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