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martes, 6 de marzo de 2012

CRIPTOJUDAÍSMO E INQUISICIÓN (3)


(Foto: Carlos Guzmán. Palomar. Valderas)
   

Prosigo con mi análisis de lo que ocurrió en nuestro país con los judíos a partir del siglo XV, y en qué medida su expulsión y persecución influyó en nuestra historia, dejando una huella que llega hasta el presente. Para empezar, conviene aclarar algunos términos. Distingamos  entre judaizantes, criptojudíos y conversos.

Judaizante no era el converso que hacía proselitismo del judaísmo entre otros conversos o cristianos. La Inquisición llamó judaizante a cualquier converso que continuara practicando o creyendo en el judaísmo, con independencia del grado de fidelidad u observancia que mantuviera de su antigua fe, y sin necesidad de que hiciera propaganda o difusión de sus creencias. Por principio, todo converso era sospechoso de judaizar. La Inquisición justificó su implantación, de hecho, en este supuesto, pues no se creó para perseguir a los judíos (después del Decreto de Expulsión habían desaparecido oficialmente del país), sino para detectar y eliminar a los falsos conversos.

Criptojudío es un término reciente con el que nos referimos a aquellos conversos que claramente trataron de no asimilarse ni integrase en el cristianismo, que mantuvieron consciente y voluntariamente su adhesión al judaísmo a pesar de no poder manifestar sus creencias ni observar la mayoría de las prácticas judías. Con el tiempo estos judíos ocultos, aislados y sin el apoyo del grupo, apenas lograron mantener el recuerdo de sus orígenes, pero es sorprendente que hasta hoy mismo hayan resistido a la asimilación, como es el caso de los chuetas de Mallorca.

Conversos eran todos los judíos y sus descendientes a partir de 1492, pues obligatoriamente debieron bautizarse y convertirse para no ser expulsados de Sefarad. Dentro de este grupo existió una gran variedad, que iba de los cristianos más fanáticos y entusiastas a los más tibios e indiferentes, pasando por los heterodoxos, los reformadores o los clérigos (curas y frailes), los vacilantes o los escépticos y descreídos. El término marrano se aplicó a todos los conversos, pero especialmente a los de origen portugués o a los que, habiéndose refugiado en Portugal en 1492, tuvieron que volver a partir de 1497 en que fueron bautizados colectiva y forzosamente. Es muy sintomático el desplazamiento semántico de la palabra marrano, que acabó usándose para referirse al cerdo, precisamente porque su carne era tabú para los judíos. Sefardí es el nombre con el que se identifican todos los judíos descendientes de los expulsados en 1492.

También conviene aclarar algunos términos hebreos. Goim son los no judíos, los gentiles; todos los conversos fueron considerados por los rabinos goim, excluidos o apóstatas. Los anusim son los judíos forzados a convertirse contra su voluntad que lo hicieron para salvar su vida. Los meshumadim, por oposición, fueron los conversos voluntarios. Los malsín, por último, eran los delatores o traidores que denunciaban a su antiguos correligionarios.

También se usan a veces confusamente los términos con los que se identificaba a los distintos tipos de condenados por la Inquisición. Penitenciados o reconciliados eran los condenados que abjuraban (renegaban) de su fe judía para aceptar la cristiana. Había dos tipos, los que abjuraban “de levi”, o sea, los que eran condenados por delitos leves, y los que abjuraban “de vehementi”, o sea, los que habían cometido delitos más graves. Por oposición, los impenitentes eran los que no renegaban de sus errores o delitos y se mantenían fieles a su fe. Los relajados o relapsos eran los reincidentes, los que volvían a ser descubiertos y condenados de nuevo.

Las penas que imponía la Inquisición eran muy variadas, en función de la calificación de sus delitos. Iban desde llevar el sambenito, a veces de por vida (un sayón amarillo, casaca o capote con la cruz en aspa de San Andrés en el pecho y la espalda); entregar una “limosna” (una cantidad de dinero); la cárcel, los azotes, el escarnio público llevando, por ejemplo, la coroza (un capirucho grotesco como los que pintó Goya) o figurando sus sambenitos colgados en las iglesias; las galeras (encadenados como esclavos remeros en los barcos de la Armada real) y, en el caso de algunos reconciliados de vehementi, el garrote y luego la hoguera, y directamente al quemadero (o sea, eran quemados vivos) para los relajados. Los huidos o desaparecidos eran quemados en efigie, o sea, sustituidos por un monigote del que se colgaba su nombre y condena. También se podía condenar a los muertos, en cuyo caso se les desenterraba y sus restos eran quemados públicamente. Fue el caso de la madre de Luis Vives, por ejemplo, que había muerto de la peste antes de ser condenada.
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