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jueves, 27 de septiembre de 2012

LA CRESTA Y LA OLA


Las olas del mar, cuando llegan a su punto álgido, se encrespan y acaban rompiendo contra las rocas o disolviéndose en la arena. No todas las olas tienen cresta, por eso podemos diferenciar la cresta de la ola. La imagen viene bien como símil de los movimientos sociales y de masas actuales.

Cuando la ola adquiere cierta envergadura, surge la cresta. La cresta hace más visible la ola. La ola se forma por un empuje inicial que va aumentando por la inercia que el propio volumen de la masa de agua genera. Hablemos de tres movimientos de muy diverso signo, pero con el mismo mecanismo interno: el independentismo catalán, el islamismo y el 15-M y sus ramificaciones, como el 25-S (la dificultad para nombrar a este último movimiento nos obliga a acudir a estos guarismos).

La cresta de estos movimientos es lo que suelen recoger los periódicos y televisiones, o sea, los aspectos más visibles. Lo más frecuente es confundir entonces la cresta con la ola. Tiene su lógica, porque no hay cresta sin ola.

Identificar la cresta con la ola produce dos efectos opuestos: aumentar o disminuir la ola.  Aumentar significa arrastrar a más gente, adquirir más fuerza; disminuir, iniciar su disgregación. La cresta-ola se convierte así en lo más importante: un instrumento eficacísimo de propaganda y propagación, ya sea para hacer crecer el movimiento o para destruirlo. Es aquí donde interviene decisivamente el poder.

Los movimientos que carecen de un grupo de poder (ideológico, político, económico) que los sostenga, acaban en el caos y la autodisolución. Es el destino fatalmente anunciado para el movimiento del 15-M y todas sus variantes en la medida en que no es capaz de articularse política, ideológica y económicamente. Como el poder tiene mucho miedo a la "rebelión de las masas", este movimiento ejercerá su influencia en la medida en que se convierta en una amenaza real (desorden social, pérdida de votos, violencia incontrolada), pero al mismo tiempo servirá para legitimar la represión y afianzar el poder al que intenta combatir.

Hablemos de los otros dos movimientos, que sí tienen detrás grupos de poder: el independentismo catalán y el islamismo. El independentismo ha sabido muy bien transformar la cresta en ola arrolladora (la última manifestación de la Diada: 200.000 personas se convirtieron en ¡dos millones!, que no caben ni en todas las calles de Barcelona); el islamismo crece cada día con el foco mediático que cada uno de sus actos violentos provoca. Algunos han visto la semejanza de ambos movimientos. No se equivocan: nada más perecido a un independentista quemando una bandera española que un islamista quemando una bandera americana o francesa.

Lo que más me sorprende de estos fenómenos es la ceguera de quienes colaboran pasiva y decisivamente a que la ola crezca de modo amenazante. Muchos dicen: hay que distinguir a la minoría de fanáticos y exaltados de la inmensa mayoría, que es pacífica. Se añade que, mientras un movimiento no sea violento, hay que aceptarlo. Aceptarlo significa dejarlo crecer por su propia inercia, empujado por los grupos de poder a los que interesa que prosiga su rumbo.

Pero lo decisivo no es la cresta, sino la ola, o sea, esa masa amorfa que va siendo arrastrada y que se deja arrastrar. Sin ella, la cresta sería eso, espuma. Lo decisivo son los medios de comunicación que convierten la cresta en ola, y la ola en algo natural. Lo decisivo es la actitud ciega de los que rechazan la cresta mientras se unen a la ola. Lo decisivo es que los que se sienten arrastrados no se den cuenta de que ya forman parte de la ola y que han perdido toda capacidad de resistencia.

Es el caso de la mayoría de los musulmanes, incapaces de criticar o separarse un milímetro del curso que marca la ola. Es el caso de muchos catalanes, incapaces de oponerse a la ola independentista (el caso de los socialistas catalanes es patético, pero también el del PSOE, IU y el PP, los Sindicatos y hasta la COE). Si el movimiento prosigue, sin nada ni nadie que se oponga a su arrastre, lo normal es que acabe triunfando.

Pero demos un paso más: ¿Por qué un movimiento de estas características puede acabar triunfando?
Lo diré muy claro: porque es capaz de propagar eficazmente la mentira y al mismo tiempo despertar sentimientos profundos y masivos de odio, rencor, desprecio, fuerza y superioridad.

Pero la mentira debe pasar por verdad, y el desprecio, por justicia. Es aquí donde interviene la propaganda, la coacción, la manipulación informativa, la ideología... ¡y el miedo! El miedo a separarse de la ola, al aislamiento, al ser señalado como traidor, colaboracionista o enemigo. No hay mayor pavor que el verse rechazado y amenazado por el grupo. Entiendan por qué muchos "charnegos", después del lavado de cerebro de la inmersión lingüística, acaban siendo independentistas.

Para mejor comprender lo que digo, piense el lector en el nazismo, autodenominado nada menos que "nacionalsocialismo". No todos los alemanes eran nazis, pero acabaron formando parte de la ola. ¿Qué tenía de malo el defender la nación y el socialismo? Una vez que se forma parte de la ola ya no es posible dejar de llegar allí donde la ola te arrastra. Sólo así se entiende que individuos pacíficos se convirtieran en asesinos.

¿Cuántos ciudadanos pacíficos y sinceramente demócratas forman ya hoy parte de la ola independentista? Voy a ser provocador: hasta los seguidores del Barça experimentan el empuje de la ola. No es casual que el anterior presidente del Barcelona sea hoy un fanático independentista, así como el elegante Guardiola se declare también independentista. El mayor éxito del catalanismo es que un murciano, un leonés o un extremeño, seguidor del Barça, acabe comprendiendo, no sólo el sentimiento independentista catalán, sino aceptando todos sus argumentos. La identificación con su equipo les impide el ver que ese equipo es, además de un gran equipo, un instrumento activo del independentismo. Le ocurre lo mismo al izquierdismo progre, incapaz de evolucionar y pensar, tan comprensivo y tolerante con algunos intolerantes, con tal de que sean vascos, catalanes, palestinos o islamistas (aunque se maten entre sí).

Ser ciudadano libre es, ante todo, no seguir ni formar parte de ninguna ola, sino pensar, tomar decisiones y votar con argumentos e ideas propias, fundamentadas en la verdad y la reflexión, no en ninguna presión social, mediática, de grupo, de partido o de ideología. Esto supone vigilar mucho los sentimientos de odio, rencor, desprecio y superioridad, tan humanos, pero tan tóxicos y corrosivos.




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