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miércoles, 6 de agosto de 2008

VOCES, AYES, RUIDOS

(Foto: S.Trancón)


¿Qué es lo que oigo? Voces, ayes, ruidos…
Si me encuentran con ella estoy perdido.

Así soliloquia en un aparte don Mendo, embozado y espada en mano, al ser descubierto en la alcoba de su amada por su legítimo, don Pero. Don Mendo es un personaje teatral magnífico, porque todo él es disparate, contradicción, ofendida dignidad, acoso y requiebros, enredo y desatino. Lo recuerdo y traigo a cuento ahora para hablar de lo que somos, de lo que la mayoría somos: un conjunto descontrolado y absurdo de voces, ayes, yoes, ruidos. Somos cientos de personajes. Esa idea de un yo unificado, coherente, consecuente, sólido y continuo, que se encarna en un nombre propio, no es más que fantasía. Yo saco de ello algunas consecuencias.

Me digo, por ejemplo: deja, permite ser (un poco) a todos los personajes que eres. Déjales hablar con su voz, exponer sus puntos de vista, sus pretensiones. Déjalos ser de vez en cuando a todos, sin exclusión ni preferencias. Como son muchos, distintos, contradictorios y hasta opuestos, no permitas a ninguno tomar el mando, que se crea el jefe y dé ordenes a los demás. Todos tienen derecho a existir y a hablar, así que habrá que impedir a cualquiera de esas voces, de esos yoes y personajes, que acapare todo el tiempo y la atención para sí. Todo yo es por naturaleza totalitario, aspira a ocupar la totalidad del espacio psíquico y mental. En cuanto lo pones en su sitio, deja de ser un tirano para convertirse en un colaborador. Ahí está el truco.

Ninguna de esas voces, quejas, personajes, eres tú; pero todos y cada uno de ellos son tú, al mismo tiempo. ¿Que no sabes a qué me refiero? Vaya una pequeña lista, que puedes ampliar casi hasta el infinito: deja hablar y gesticular al controlador, el egoísta, el soñador, el atrevido, el tímido, el simpático, el pesimista, el optimista, el loco, el melancólico, el ansioso, el paranoico, el vago, el obsesivo, el desconfiado, el alegre, el idiota, el débil, el fuerte, el huraño, el generoso, el afable, el elegante, el torpe, el equilibrado, el místico, el lascivo, el tolerante, el sensato, el impasible… Déjalos actuar, obsérvalos, no te identifiques con ellos, no les des nunca toda la razón a ninguno. No le entregues el control y el mando nunca a ninguno. Comprenderás que todos son iguales y lo mismo, siendo todos distintos. Si son iguales, todos tienen la misma importancia, o sea, ninguna. Y ríete; verás que cada uno presenta su lado cómico. A solas, puedes llegar a soltar incontenibles carcajadas.

Tomarás conciencia así de ese otro yo, esa mirada, esa otra voz que las abarca a todas sin dejarse atrapar por ninguna de ellas, que sabe situarse por encima y por debajo, antes y después. Tomarás conciencia, aceptarás, te aceptarás con todas tus excentricidades, tus debilidades y fuerzas, tus miserias y recursos, tu claridad y tu ofuscación. Y, sobre todo, aprenderás a no pelear contigo mismo, contra esas voces y personajes, porque comprenderás que la batalla más inútil y estúpida es ésa, la que lucha por no ser quien eres, por creerte importante, por sentirte uno, único y continuo y, en consecuencia, poner todo tu intento y energía en mantener una sola voz y ser un único personaje. En ser inmortal, en definitiva, cuando en realidad no eres más que un don Mendo, un cerebro lleno de ruidos, voces, ayes. Un ser perdido, metido en los enredos de la vida, que lo único que puede aspirar es a controlar su propio desatino. A no tomarse tan en serio, y aprender a gozar y a reírse de sus cómicas ofensas y sus disparatadas venganzas.
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