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viernes, 15 de agosto de 2008

FOTO FIJA

(Foto: S. Trancón)

Me obsesionan sus ojos, negros, brillantes, y los labios finos, su sonrisa permanente mostrándome unos dientes muy blancos. No la conozco, no he hablado jamás con ella, pero ella está en mí, con su rostro inmovilizado, mirándome. ¿Qué es lo que la ha fijado a mi retina, a mis párpados, aun abiertos? Otras veces se me borran los rostros que veo al poco tiempo, y no puedo hacer nada para evitar que se desvanezcan en una bruma incolora. De hecho, nuestro sistema nervioso se protege borrando casi de inmediato todas las huellas que el mundo deja de nuestro contacto con él. ¿Por qué no has olvidado la cara de esta mujer, que viste un instante, al cruzar a tu lado en medio de la multitud?
No es bella, así que no es la activación automática que cualquier rostro hermoso produce en mi cerebro, despertando no sé qué recóndita zona instintiva, lo que justifica esta fijación. Podría ser una lesión neuronal, oigo que una voz susurra en mi oído izquierdo… De pronto, el miedo a que algo invisible e incontrolado ocurra allá adentro, me agarrota el pecho, me ahoga… Es tan fácil que algunas neuronas degeneren, que algo empiece a dejar de funcionar… El cerebro, ¡oh paradoja!, es un órgano insensible y silencioso, aunque esté lleno de ruidos. ¿De dónde ha surgido esa voz, esa voz intrusa y amenazante? ¡Horror! Compruebo que es ella, precisamente ella, la que me advierte del peligro moviendo sus labios como en una película muda…
Podía haberse disipado como tantos otros rostros, como los millones de ojos y labios y sonrisas que he contemplado y visto a lo largo de mi vida, cada día, desde que nací. Vistos y no vistos, olvidados para siempre jamás. Pero esta vez no podía arrojarla de mi pupila, de mi nervio óptico, de mi masa encefálica, y su imagen se convirtió en alarma, en alerta de salvación.
En efecto, el cirujano ha reconocido mi buena suerte, pues este tipo de tumores crece con la rapidez del rayo. Lo malo es que ahora, ni el más bello rostro llama mi atención.
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