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martes, 19 de agosto de 2008

MUNDO TRANSGÉNICO (I)

(Foto: S. Trancón. Trigo no transgénico)
¿En qué mundo vivimos?
Todos necesitamos hacernos una idea global del mundo. Cuando decimos mundo, nos referimos a la sociedad y el entorno físico, o sea, a nuestro planeta, hoy totalmente modificado y dependiente del hombre.

Desde que descubrí hace poco un campo de trigo enano mesetario, verdadera pesadilla postnuclear, me obsesiona la idea de que vivimos en un mundo transgénico y muy pronto, además, clónico. He leído algo para confirmar mi sospecha y he comprobado que la realidad es todavía más negra de lo que pudiera yo imaginar. Escribo transgénico en sentido metafórico, pero también literal.

Como este discurso se presta a malentendidos, digo antes de nada que la ciencia en general, y la genética en particular, son avances indiscutibles del pensamiento racional y que podrían ser utilizados para mejorar el mundo, para avanzar en bienestar y conciencia, pero que hoy están en manos de verdaderos criminales, grupos y organizaciones con un poder mundial que sobrepasa a cuantos ejemplos de monstruosidad ha habido a lo largo de la historia, todos ellos dentro de la especie humana, doblemente sapiens. Pero dejemos esto para otro día.

Un transgénico es un ser vivo artificial, o sea, que antes no existía y ha aparecido sobre la Tierra gracias a una intervención humana. La operación quirúrgica ha consistido en meter mano allí donde se forma y conforma un ser vivo, o sea, en su ADN, o sea, en el centro de una célula reproductora (los cromosomas). Se cambia un trocito de la cadena de elementos de un cromosoma (un gen) por otro trocito de la cadena de otro ser y ¡hala!, ya tenemos un organismo genéticamente modificado que se va a replicar con una característica nueva, tomada de otro ser vivo. Se puede meter así dentro de cualquier animal o vegetal, material genético extraído de cualquier otro animal (incluido el humano), planta, bacteria, virus, etc. Como hay cientos de miles de genes y millones de especies distintas, el jueguecito de cambiar cromos es infinito. Como la vida, por naturaleza, se expande, esos nuevos seres trasladan su material genético modificado a su alrededor de modo imparable, así que, al cabo de pocos años, los transgénicos habrán colonizado el mundo. Se inventarán entonces otros organismos genéticamente modificados para acabar con las invasiones no previstas, y etc. Esto no es un vaticinio: ya está ocurriendo.

La soja y el maíz son las plantas transgénicas más conocidas, y ya ocupan millones de hectáreas en el mundo. Todos estamos comiendo ya quilos de sustancias transgénicas. Derivados de la soja y el maíz se emplean en el 60% de los alimentos cotidianos (harina, aceite, lecitina, mono y digliceridos, ácidos grasos, almidón, glucosa, jarabe de glucosa, fructosa, caramelo, sorbitol, etc.). Millones de animales son alimentados con productos transgénicos y sus derivados. El proceso es ya irreversible e impredecible.

Lo peor de todo esto es que, además, no podemos evitarlo, porque ni el etiquetado de los alimentos nos lo advierte, ni hay control ni normativa que se cumpla ni modo de aplicarla. En esto, para colmo, en España vamos a la cabeza del desastre: somos el único país de Europa que permite el cultivo masivo de soja y maíz transgénicos. Hasta se permiten campos experimentales de otros transgénicos (de trigo, por ejemplo). Recientemente no se ha podido ni llegar a un acuerdo para delimitar los campos de cultivo transgénico. Echa la culpa la Ministra a los grupos ecologistas. Sencillamente, este gobierno, como los anteriores de Aznar, con los que empezó la permisividad, no quiere. No se quiere tocar a las grandes empresas multinacionales que viven de este negocio repugnante. Unos datos: La Empresa Multinacional Monsanto (¡vaya nombrecito!) tiene el 80% del mercado de las plantas transgénicas, seguida por Aventis con el 7%, Syngenta (antes Novartis) con el 5%, BASF con el 5% y DuPont con el 3%. Estas empresas también producen el 60% de los plaguicidas y el 23% de las semillas comerciales (además de estar presentes en la industria farmacéutica).

Expliquemos esta siniestra asociación entre transgénicos, semilas, insecticidas y herbicidas ( y fármacos, hemos de añadir). Los transgénicos inventados, lo han sido para poder arrojar sobre ellos toneladas de pesticidas industriales y que no se mueran, pero que maten a cualquier otra planta e insecto viviente. Se aumenta así, claro, la producción del monocultivo transgénico, convirtiendo los terrenos en fábricas, en industrias. El negocio es redondo, cósmico: te vengo las semillas que yo sólo poseo y luego los plaguicidas. Si es necesario, te envío una plaga rara de vez en cuando, para que te convenzas. Luego, te vendo también las máquinas-tanques todo terreno, para que puedas recoger la cosecha sin ningún problema. ¿Y el agua? Pues que la ponga el Estado, que construya pantanos, canales, desvíe ríos o haga rogativas. De momento, sólo el agua embotellada en un gran negocio. Cuando sea necesario, os venderemos agua transquímica o plantas resistentes a la sequía (ya las tenemos)…Y apareceremos como lo que somos, los salvadores del mundo.
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