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lunes, 4 de agosto de 2008

¿HACER TURISMO?

(Fot: S. Trancón)



Es verano, y la gente dice que se “va de vacaciones” o a “hacer turismo”. Antes se decía “veranear” o “ir de veraneo”. Se iba a la playa, a la montaña o a viajar. Lo de “hacer turismo” es uno de los muchos extranjerismos o barbarismos que se han instalado en nuestra lengua bajo capa de modernidad, que empiezan como una mezcla de esnobismo y “darse postín” (importancia), y acaban más o menos generalizándose. Mi sentido de la lengua, sin embargo, se resiste a todos estos atropellos semánticos.

El verbo “hacer” en español no ha perdido su raíz corporal, física, cercana a “fabricar”, “manipular”, realizar o construir algo con el cuerpo y las manos. Por eso no acepta de forma natural los complementos directos abstractos. En español no hay manera de entender literalmente eso de “hacer turismo”. Lo mismo que “hacer el amor”. En español no se pueden hacer cosas abstractas, acciones que no tengan alguna referencia, directa o indirecta, a gestos, movimientos o hechos físicos. Estas expresiones funcionan a fuerza de repetirse y semantizarse, pero acaban contaminando el sentido básico del verbo hacer. Cuando yo me rebelo contra estos calcos semánticos lo hago no sólo por capricho o conservadurismo, sino porque introducen elementos contaminantes y desestructuradores de los usos más comunes y precisos de la lengua. Y porque no son necesarios.

Pero más allá de esta reflexión lingüística, lo que yo quería era defender la idea del viaje y el veraneo. Me gusta viajar y veranear, mezclando ambas cosas. Si pudiera, no haría otra cosa en mi vida. Todo menos hacer turismo. Viajero, caminante, paseante, peregrino, visitante. Incluso navegante o explorador. Todo menos turista. El turista planifica el viaje, se informa previamente, compra guías, abre páginas y páginas de internet… En cuanto llega a un sitio sabe muy bien todo lo que tiene que ver, lo que no se puede perder, lo que tiene que fotografiar… Todo para poder luego decir que ha estado allí, allá y acullá, para contarlo y exhibirse ante los amigos, familiares, en el trabajo, en el bar... Y si otro habla de tal o tal lugar enseguida poder decir que él también ha estado allí. Pura pedantería, darse importancia, destacar… Se viaja ante todo y sobre todo para eso. O para darse un baño de cultura y sentirse muy culto, o sea, importante. O sea, lo mismo. Incluso, algunos, para saber, para conocer mundo. Todo esto es sencillamente ridículo, porque uno puede conocer y hablar hoy de cualquier rincón del mundo con leer una guía turística, abrir google o enchufar la tele.

Bueno, pues eso, que a mí me gusta viajar sin plan alguno, sin leer ni saber nada previamente del lugar, sin seguir ninguna ruta, sin obligación alguna de dar luego cuenta de lo que he visto y oído. No tengo necesidad alguna de enfatizar ni exagerar artificialmente nada para justificar mi viaje. Me dejo guiar por vagos impulsos, por sensaciones difusas, casi siempre con la tendencia a apartarme de los caminos más transitados. Porque yo no viajo para conocer lugares, ni para hablar de monumentos, platos típicos, museos, restos históricos. No viajo ni veraneo para acumular datos. Ni para acumular recuerdos. No para aturdirme. No me importa olvidar nombres, lugares, rutas, dejar de visitar lo que nadie se puede perder. Me gusta, incluso, perderlo, perdérmelo.

Porque lo que busco, en realidad, es perderme, olvidarme de mí mismo y de todas las obligaciones sociales y culturales que nos ordenan y dictan a cada momento, en todo tiempo y lugar, lo que debemos hacer, pensar y sentir. Perdérmelo, y perderme, para encontrarme. Para encontrar cosas insólitas o inusitadas, que no son siempre las más llamativas, sino aquellas que tu ojo descubre por primera vez. Puede ser un gato asomando en una ventana, o un reflejo, un color, un olor, un sabor, una sombra, una mirada, una expresión, un gesto, una piedra tallada, un signo, una figura, un balcón, un patio, una bebida, una tapa… Todas las huellas que el hombre construye y deja de su paso por los lugares que habita.

Trato de imaginar y ver y sentir lo que movió a alguien o a un pueblo a hacer o construir tal casa, palacio, iglesia, fuente, crucero. Qué manos y qué cuerpo y qué sentir y pensar fabricó tal o cual imagen, instrumento, herramienta, mueble… Y la naturaleza, la tierra, la vida que todavía respira en el entorno o la que ya se fue para siempre: pájaros, insectos, flores, cultivos… Y la luz. Y el abandono. Y la ruina. Y la soledad. Y el silencio. Y el miedo. Y la desesperación. Y el sudor, y la miseria, y la sangre. Porque allá donde vayas podrás ver también el dolor y la fortaleza del hombre que lucha, que se resiste a la destrucción y la muerte. Y a la fealdad. La resistencia a la fealdad, al desorden, a la estupidez, a la pérdida de la dimensión humana de la vida. Y también el gozo de vivir, de divertirse, de evadirse, de crear. Y con ello asombrarse, dejarse llevar. Dar rienda suelta al sentir. Se quedarán entonces dentro de ti, y para siempre, instantes memorables, imágenes, señales inefables, la presencia de lo que vive sin más, sin prisas.

Concha Labarta, una amiga que ya se fue, me contó que Carlos Castaneda viajó una vez a Madrid y se acercó hasta el Museo del Prado. Entró, empezó a recorrer unas cuantas salas y a los cinco minutos ya estaba afuera. Hasta hace poco no había entendido este “no hacer” de Castaneda, que siempre sorprendía con lo que menos se esperaba de él. ¿Qué sentido tiene aturdirse viendo miles de cuadros colgados de las paredes, conservados como momias? ¿Qué energía, qué impulso recibes de ese atracón, en medio de una multitud sonámbula?

Viajar para ver y sentir, para vivir; no para contar, ni siquiera para recordar.
Veranear para serenarse, para contemplar, para pensar, para observar, para descubrir, para callarse, para no hablar demasiado.
Viajar y veranear sin expectativas, pero atentos a todo lo que de verdad nos conmueve: lo inesperado, lo nunca visto ni oído ni sentido. Y esto está siempre ahí, por todas partes, donde menos esperamos. En lo más pequeño y en lo inmenso. En los otros y dentro de uno mismo.

(Si no cambias tu ojo, tu atención, tu actitud, da igual que viajes a donde viajes. Siempre verás y sentirás lo mismo).
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