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miércoles, 7 de enero de 2009

CAE LA HOJA

Foto: Agustín Galisteo


Estoy esperando a alguien en el coche. Ha salido el sol. El cielo resplandece con un azul intenso. Bajo la ventanilla del coche y respiro el aire tibio de la mañana. A mi lado se alza un plátano de hojas amarillas. Del tronco pálido se van desprendiendo trozos de corteza, como escamas. Se renueva. De pronto cae una hoja, penetra por la ventanilla y se queda a mis pies. Al posarse produce un leve ruido seco. Digo “ruido seco”; construyo una sinestesia para expresar ese sonido casi imperceptible. Como la hoja está seca, traslado la percepción visual a la sensación acústica. La hoja, que fue verde, suave y maleable, se ha vuelto marrón, frágil y quebradiza. Al romperse cruje y se desmorona. Trato así de describir lo indescriptible: el sonido. El sonido es lo más indescriptible que existe. Tienes que echar mano de otros sentidos para hablar de él. El sonido es esencialmente impermanente: el puro instante. En cuanto lo oyes, desaparece. Puedo dar cierta permanencia a lo que veo y a lo que toco, pero no a lo que oigo. Se va, vuela. Un sonido prolongado es una sucesión de sonidos. El sonido es una vibración del aire que llega a nuestro tímpano y ahí produce un estímulo que luego el cerebro transforma en sonido. Se produce al chocar una materia con otra, se desprende de ese choque y llega, como una sucesión de ondas, a nuestro nervio acústico. En realidad es una sensación táctil. Cómo convierte nuestro cerebro esa sensación física en sonido es algo inexplicable. ¿Y todos los matices, intensidades, tonos, alturas, timbres..., que podemos llegar a distinguir? ¿Todo basado en la simple vibración del aire bajo la forma de ondas? El sonido es totalmente invisible, impalpable y fugaz, sin embargo, ahí está. El sonido es el vacío puro, la nada más real. Cojo la hoja por el rabillo y la observo: tiene forma de corazón, por el envés está llena de venas, finísimos surcos que puedo palpar con la yema de mis dedos. Hay una línea más saliente que divide la hoja en dos partes simétricas. De ella parten muchas ramificaciones hacia los lados y bordes, que a su vez se van dividiendo en venas más finas hasta cubrir la hoja entera. Descubro que todos estos canalillos están interconectados: puedo empezar en cualquier punto y recorrer todos los surcos de la hoja entera. Una molécula, un electrón, podría recorrer toda la hoja siguiendo estos caminos. Todo está conectado con todo. Así nuestro cuerpo. La vida es ese flujo constante de energía que circula por todo nuestro ser recorriendo circuitos que van de lo más grande a lo más pequeño e invisible. Si se obstruye ese flujo en un punto, la energía se para, tiene que dar un rodeo, y allí donde no llega, esa zona acaba muriendo. La serenidad, la ausencia de tensión, es el secreto de la salud. La preocupación, la ansiedad, el miedo cierran el flujo de la energía, bloquean, obstaculizan el paso de la energía vital. Provocan una muerte no natural. La otra muerte es la de la hoja, la que se produce cuando se agota la fuente de la energía que la sostiene, la de la tierra, la del universo entero al que estamos conectados. Invisible, como el sonido, pero tan real e incomprensible como el leve crujido de la hoja que acaba de caer a mis pies.
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