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sábado, 3 de enero de 2009

SUFRIR O NO SUFRIR



El dolor físico es inevitable e imprescindible para la supervivencia.
El dolor psíquico o sufrimiento cumple también una función de alerta y prevención.
Digamos que todo esto, dentro de ciertos límites, es natural.

Pero no es este dolor el que nos hace infelices, sino otro, mental, que empieza y acaba en nuestro cerebro, aunque se traslade inevitablemente al cuerpo. Me refiero a todo el sufrimiento que nos produce la preocupación, el miedo en sus infinitas manifestaciones: miedo a la desgracia, a la enfermedad, a un accidente, a una agresión, a la pobreza, la humillación, el desprecio, la separación, la vejez, la muerte, etc.

La preocupación es el temor al futuro, la angustia ante una amenaza imaginada, anticipada, prefigurada. Detrás de toda preocupación siempre está la preocupación por uno mismo, por la imagen de sí, por su yo. El yo se alimenta de la preocupación por uno mismo. El sufrimiento, la preocupación, sostiene al yo. Me preocupo, sufro con esa preocupación, y esto me da la sensación de que existo, de que tengo continuidad. Estoy ansioso, preocupado, sufro, luego existo.

Este sufrimiento es un engaño, porque no sirve para nada. No estamos mejor preparados ante lo inesperado, lo imprevisible, la amenaza, cuando nos preocupamos, nos angustiamos e imaginamos la desgracia anticipándola en nuestra mente. Es un mecanismo equivocado por ineficaz.

El presente es también otra fuente de sufrimiento mental. Todo lo que no nos gusta de nuestro presente nos produce malestar, angustia. Quisiéramos destruirlo violentamente para alejarlo de nosotros. La agresividad reprimida engendra sufrimiento. Pero ante el presente inevitable la actitud más racional es la aceptación consciente, no el impulso infantil de la rabia destructiva.

El pasado es también otro pozo del que extraemos sufrimiento mental, autocentrado, ensimismado. Todo lo que no hicimos o hicimos mal nos causa dolor, angustia. Y nos enredamos en ello constantemente.

Insisto: todo este sufrimiento por el futuro, el presente y el pasado, no es más que una construcción mental, algo que hemos aprendido y que ha acabado convirtiéndose en un hábito psicofisiológico, un estado de ser que se ha instalado en nuestro cuerpo produciendo agitación, angustia, preocupación y ansiedad permanentes.

Pero podemos modificar esta necia actitud, este despilfarro de energía y atención. Podíamos resumirlo en algunos principios generales:

-Aceptación total y consciente de todo.
-El enfado, la rabia, la violencia no son más que reacciones infantiles, una pérdida estúpida de energía, un mecanismo perverso y autodestructivo.
-No engancharse a la preocupación, sea del tipo que sea. La preocupación es adictiva, no te agarres a ella, déjala fluir, suéltala.
-Actúa. La acción exige la atención inmediata a lo que se está haciendo. Actúa constantemente. Pensar es también actuar. No te quedes parado, paralizado, absorto en el pasado o el futuro.
-No trates de controlar todo, y menos el futuro. La única forma de influir sobre el futuro es actuando sobre el presente.
-Dale la vuelta al sufrimiento: cuesta más alimentar el sufrimiento que colocar en su lugar la aceptación, la serenidad, la confianza y el disfrute de todo lo que te rodea, que es infinito.

Ser o no ser, sufrir o no sufrir. No te engañes. No por sufrir eres más, eres tú. Tu continuidad no necesita asentarse sobre el sufrimiento; también puede basarse en el disfrute, el goce silencioso de todo.
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