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miércoles, 21 de enero de 2009

ANTISEMITISMO PRIMARIO

(Foto: Agustín Galisteo)
Los recientes acontecimientos de Gaza han provocado algunas reacciones inesperadas. Me refiero ahora al antisemitismo, un fenómeno que después del Holocausto (6 millones de judíos asesinados), parecía desterrado para siempre de nuestras sociedades. No es así, y se cumple la máxima de que cualquier barbarie humana siempre puede repetirse y aumentarse. ¿No han muerto ya en la guerra de el Congo 5 millones de personas?

Cambian los intereses y las justificaciones, las ideas y prejuicios que soportan y estimulan los crímenes, pero no las reacciones emocionales, los impulsos primarios que ponen en marcha. En esto no ha habido progreso alguno, basta que se produzcan las circunstancias adecuadas para que resurjan los viejos fantasmas con toda su monstruosa obstinación.

Toda guerra, todo asesinato, comienza en la mente, ahí se desarrolla, crece como un cáncer hasta llevar a los actos. Por eso son tan importantes las palabras y las acciones simbólicas en las que la guerra y el crimen van ganando previamente terreno. Siempre me llamó la atención la justificación del decreto de expulsión de los judíos de 1492: querían evitar, decían, “la comunicación de los judíos con los cristianos”. Había que impedir que los judíos llevaran a los cristianos “a su dañada creencia”.

Es curioso, porque el judaísmo prohibe el proselitismo, la predicación para aumentar el número de fieles o creyentes, todo lo contrario de lo que ha defendido el catolicismo, que no sólo promueve la conversión forzada, sino que justifica el uso de la espada al lado de la cruz para alejar a los paganos de sus erradas creencias. Pero el decreto ni siquiera hablaba de impedir el proselitismo judío, inexistente, sino simplemente de “evitar la comunicación”. El peligro estaba en la simple palabra, el contacto, la comunicación. ¡Qué frágil aquella fe católica, que no resistía ni el mero contacto con cualquier judío, aunque sólo fuera para encargar el arreglo de unos zapatos!

Recuerdo esto porque hace unos días acudí a Toledo a la presentación de un vídeo de Margalit Matitihau, una excelente poetisa sefardí, sobre el Toledo de Sefarad, un recorrido histórico y emocionado de la presencia judía en esta enigmática ciudad, todavía llena de misterios, entre los que se encuentra su propio origen. Dino del Monte me dice que proviene de la palabra hebrea Toledá, que significa Renacer. El Toletum romano sería posterior. También me cuenta Hilario Franco que el curso actual del río Tajo no es natural, sino artificial, y que para que rodeara la colina en que ahora se asienta la ciudad, hubo que remover toneladas de roca.

Bueno, pues la proyección de este vídeo fue prohibida a última hora por la consejería de Cultura de la Junta de Castilla-La Mancha, que fue quien lo financió. Con inusitado descaro se dio la excusa de “problemas de agenda de la consejera”. Un efecto colateral de la guerra de Gaza que sólo se puede calificar de antidemocrático y estúpido. ¿Por miedo a qué? ¿Qué tiene que ver este acto cultural con esa desgraciada guerra? Supongo que, con igual motivo, se cerrarán al público sine die las dos sinagogas de la ciudad. Cuidado con la “comunicación” y el conocimiento de la historia. La propaganda a favor de Hamás, en cambio, goza de todas las bendiciones apostólicas. Y lo digo, porque a lo mejor también anda detrás de esta absurda prohibición la Iglesia toledana, todavía trentina y hasta tridentina. De la consejera y su gesto, mejor ni hablar.
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