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domingo, 7 de septiembre de 2008

HABLEMOS DE ESPAÑA (I)

(Foto: S.Trancón)


Hay temas tabú, sobre los que yo aconsejo no hablar nunca con los amigos (y menos con los enemigos): la situación de la enseñanza en nuestro país, los nuevos nacionalismos y los toros. Siempre se corre el riesgo de perder amigos, de no explicarse bien, de ser catalogado, clasificado, anatematizado. Una sutil barrera se acaba interponiendo, aún en los casos de mayor confianza.

A esos tres temas, voy a añadir un cuarto: España. Como yo no trato con estos escritos (o tecleados) de complacer, ni que me den la razón, ni buscar adeptos ni conservar amigos, pues aquí me lanzo, a pantalla descubierta y sin otro propósito que el de seguir un impulso, una necesidad intelectual y física que me ha ido creciendo en el pecho (hacia la boca del estómago) estos últimos días. Me explico.

Yo escribo por necesidad (seguramente también por necedad). Cuando digo necesidad me refiero a algo físico, corporal, una inquietud o desasosiego que casi siempre se localiza en torno al diafragma, que es ese músculo fundamental que separa el pecho del estómago, lo que aspiramos (el aire, lo etéreo) de lo que deglutimos (lo sólido y líquido).

Yo diría que escribo para aquietar “el músculo de mi inspiración”. Por eso afirmo que escribir es una actividad corporal, una lucha interior, invisible, pero muscular, nerviosa, respiratoria, circulatoria, neuronal y electromagnética. Mediante la escritura yo trato de sosegarme, de permitir que las palabras impongan su ritmo, su melodía, desplieguen una onda energética y vibratoria que me envuelva y transforme en escribano, más que escritor. Porque yo siempre creo que es otro el que escribe, aunque ese otro también sea, en parte, yo.

Bueno, pues partamos de la inquietud que “me acibara”, como diría don Mendo. ¿Por qué no podemos hablar hoy en nuestro país con naturalidad, libertad, ausencia de prejuicios, afán de objetividad y deseos de entendimiento, del tema de España, de su nombre y sentido? ¿Por qué hasta pronunciar este nombre, España, produce en muchos cierta duda, desconcierto, desazón, culpa e incluso miedo?

Hace unos días tuve la oportunidad de conocer y hablar con el escritor judío, iraquí y canadiense, Naïm Kattam, con el Presidente de los Escritores Marroquíes, Abdelhamid Akkar, con Jerónimo Páez, Presidente de la Fundación “El Legado Andalusí”, con Fernando Almasa, consejero de la Casa Real, con el pintor holandés Alwin van der Linde, con la poetisa sefardí Margarit Matitiau y con Waleed Saleh, un exiliado iraquí, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, entre otros. Todos ellos son hombres abiertos, moderados, con un pasado personal, democrático y progresista intachable. Les pregunté sobre su idea de España, de la España actual. Su admiración por nuestro país, por nuestra historia pasada y reciente, por nuestro patrimonio lingüístico y cultural, surgió de modo tan espontáneo, sincero y fundamentado, que me obligó a revisar mis propias ideas y sentimientos sobre este tema.

Así que aquí me tienes, dispuesto a lidiar esta fiera, este Minotauro, este Cíclope, este “monte de miembros eminente” en que, no sé por qué, parece convertirse el tema de España en cuanto tratamos de hablar de él. Es el público de la plaza, sin duda, el que enseguida está dispuesto a gritar, quien dramatiza la discusión llevándola a terrenos donde no es posible dar ni un pase de pecho. Trataré de no dejarme impresionar por el revuelo de las gradas.
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