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miércoles, 10 de septiembre de 2008

LA DEVASTACIÓN CONTINÚA

(Foto:S.Trancón)

Hablé hace poco de la visibilidad de la devastación, la progresiva destrucción de nuestra naturaleza y entorno. Es tan evidente el desastre que uno tiende a pensar que hoy ya no es posible que se continúen cometiendo impunemente los mismos atropellos. Pues no, esto suma y sigue. Pondré un ejemplo del que acabo de enterarme.

En la sierra de la Cepeda (León) existe una pequeña colonia de urogallos (la más meridional de Europa) que este año no ha podido reproducirse. La causa, porque han destruido su hábitat. ¿Quién? Una empresa constructora de un parque eólico. El censo de urogallos ha descendido un 50% desde los años ochenta. Así que no hace falta que Fraga se vaya de caza para exterminar esta ave bellísima y solitaria.

Esta estupidez de colocar “molinos” de viento sin ton ni son hay que aclararla. No se trata sólo del efecto estético aberrante en la mayoría de los casos (se plantan aerogeneradores en las cumbres de los montes y sierras, o sea, allí donde el paisaje define su contorno y se une al cielo), sino todo lo que supone: talar árboles y arrancar matorrales, trazar caminos para maquinaria pesada (excavadoras, taladradoras, niveladoras), extender cables, recalificar terrenos, romper hábitats, crear barreras, provocar la muerte de aves (muchas de ellas migratorias), alejar el turismo, hacer menos atractiva la vida rural (artesanía, agricultura ecológica, turismo rural, repoblación de los pueblos…), etc.

Para colmo, el efecto global de esta energía sobre el conjunto de la producción de energía es mínimo: ni sustituye a otras energías contaminantes (se siguen consumiendo más cada vez), ni es una verdadera alternativa. ¿Por qué proliferan estas industrias del aire y amenazan con no dejar una sierra tranquila? Porque es un buen negocio para las empresas instaladoras. El beneficio que reciben los ayuntamientos es el señuelo en el que caen los más incautos (y los más avispados): migajas para hoy y hambre para mañana.

Esta energía en nuestro país sólo tiene sentido si estos armatostes se colocan en lugares bien pensados, en pequeña cantidad y para el consumo de los lugares donde se instalan. Lo demás es especulación pura, dura y devastadora. Y lo peor: con el consentimiento de los gobiernos y partidos de todo signo y harapo.
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