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lunes, 22 de septiembre de 2008

HABLEMOS DE ESPAÑA (IV) El concepto de nación

(Foto: PortfolioNatural)



La historia, el territorio y la lengua son los fundamentos en que se basa la idea de nación. Poco a poco el concepto ha ido arrinconando las connotaciones de “raza”, “etnia, “carácter” o cualquier otra diferencia de naturaleza biológica o genética -aunque todavía se mantengan en su sustrato semántico-, para acentuar el significado de “realidad política, geográfica y cultural diferenciada”. Desde el punto de vista político, nación es sinónimo de independencia territorial y soberanía política. Una nación sin estado independiente es una anomalía.

Si se acepta el término nación, por tanto, para definir a la Cataluña de hoy, el simple uso de la palabra lleva implícita la denuncia de una anomalía: la falta de independencia política. Van contra el sentido común y el propio contenido semántico de la palabra los que piensan que carece de importancia el llamar o no llamar a Cataluña, el País Vasco o Galicia, nación. Las palabras, lo he repetido ya varias veces, no son nunca inocentes, inocuas o de quita y pon. Condicionan la percepción, la valoración y la relación con la realidad. Si aceptamos sin más que dentro de la nación española hay, al menos, otras tres naciones, estamos aceptando también que esto es una anomalía semántica, jurídica y de hecho. Una situación que, dentro de la pura lógica del lenguaje y los hechos, debería resolverse con la constitución de esas naciones en estados independientes. Esta es la lógica de los nacionalistas.

Porque si son naciones sin estado, esto significa que hay un poder que les impide por la fuerza el constituirse en estados. Al llamar naciones a Cataluña, el País Vasco y Galicia, ya estamos dando por supuesto lo que precisamente deberíamos discutir y aclarar previamente: en qué se basa ese supuesto derecho a ser políticamente independientes. Los nacionalistas vascos y catalanes siempre han ido un paso por delante en la guerra semántica, ese arte de imponer palabras suficientemente ambiguas como para ir derrotando y haciendo imposible la discusión. Pongo ejemplos: lengua propia, nación, autodeterminación, derecho a decidir, bilateralidad, soberanía compartida independencia. Cada vez que una de estas palabras o expresiones se introduce y generaliza, es para ellos una batalla ganada, territorio mental conquistado, del que se derivarán beneficios políticos inmediatos. Es llamativo lo bien que utilizan el español, la lengua de la que reniegan, para imponer sus ideas.

Yo no digo que Cataluña y etc. no puedan llegar a ser naciones: lo que digo es que ahora no lo son, pues si lo fueran eso significaría aceptar, aunque sea de un modo ambiguo, que el estado español les está impidiendo ser independientes, a lo que tienen derecho. Y esto es precisamente lo que hay que aclarar y discutir, no darlo por sentado… o por impuesto. La política catalana y vasca ha jugado siempre a dar por hecho que son una nación con derecho a decidir si son o no independientes. Lo del derecho a decidir es la penúltima trampa para disfrazar su imposición antidemocrática.

Porque veamos. De lo que se trata no es de decidir si se quiere o no ser independiente, ya que se parte de que se tiene el irrenunciable derecho a serlo, sino simplemente de que ese derecho sea reconocido por una mayoría previamente separada, diferenciada, sistemáticamente adoctrinada, chantajeada o intimidada. En ese juego, calculan, acabarán inclinando la balanza a su favor. Ellos ponen las condiciones y la premisa, y si una mayoría escasa decidiera que no quiere ser independiente, eso no cerraría el problema, pues el derecho a ser independientes seguiría existiendo con la misma legitimidad. Así que detrás de todo hay una trampa evidente, ya que sólo cabe una salida: alcanzar la independencia.

Ser nacionalista es ser independentista: por principio, por lógica, por pura necesidad. Si uno acepta la premisa que los nacionalistas imponen, ya no hay forma de aclarar ni discutir nada. Igualmente resulta inútil tratar de que un nacionalista razone, cuestione su premisa, ponga en duda el supuesto de que son una nación (esto no lo tolera la idea que se han hecho de sí mismos, de su historia y su territorio).

Así que no nos queda más remedio que encarar la situación desde otra perspectiva: por qué España tiene que dejar de ser lo que ahora es, una nación, un estado independiente, con un territorio definido, una constitución democrática y una lengua común. Por qué el conjunto de los españoles tiene que renunciar a su historia, su lengua, sus fronteras territoriales, su constitución, sus derechos y deberes, su legitimidad democrática. Por qué tenemos que desmoronar todo lo que democráticamente ahora nos une, empezando por la constitución, para iniciar un período de enfrentamientos y separaciones cuyo resultado es impredecible. No por ninguna razón democrática o de derecho, sino simplemente ¿por imposición, por presión, por incomodidad, por miedo a mayores conflictos, por cansancio, por un hostigamiento larvado y permanente?
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