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domingo, 28 de septiembre de 2008

HABLEMOS DE ESPAÑA (V) La sinrazón del independentismo

(Foto: S.Trancón)



¿Es posible construir hoy una idea positiva de España, que compartan la mayoría de los españoles?

Para que esto ocurra, primero hay que formular con palabras nuevas, sin complejos, esa idea de España. Es una tarea colectiva, y no se puede establecer por decreto, sino ser el resultado de la labor de escritores e intelectuales, medios de difusión, políticos, creadores.

Cualquier idea positiva e integradora de España ha de partir de la realidad actual, ser coherente con el mundo en que vivimos y con una perspectiva de futuro. Una idea que no niegue los hechos del pasado, pero que no busque ningún fundamento ontológico ni jurídico en los “derechos históricos”. El pasado es pasado, y sólo nos interesa en la medida en que continúa siendo parte del presente. Sin duda, el pasado vive ante todo en nuestra cabeza. Necesitamos hacernos una idea, dar un sentido al pasado para entender mejor nuestro presente.

No hace falta ser un erudito para hacernos una idea global de lo que ha sido nuestro pasado. Podemos interesarnos por la historia, conocer e interpretar minuciosamente los hechos más relevantes de nuestro pasado, pero al final lo que más importa es esa especie de síntesis o simplificación mental, suficiente para estructurar nuestro pensamiento. Cada uno la hará a su modo. Yo lo resumo así:

-España nace primero como término, para designar cierta unidad geográfica (un amplio territorio montañoso, rodeado por el mar, con una gran meseta central, rico en vegetación, fauna y minerales).

-En ese territorio, como en la mayoría del planeta, han vivido multitud de pueblos y etnias desde la más remota antigüedad, mezclándose biológica, cultural y lingüísticamente (no existe, por tanto, ni raza, ni pueblo, ni lengua pura, por más aislado que haya vivido).

-Entre esos pueblos podemos señalar los más destacados: celtas, iberos, fenicios, romanos, visigodos, árabes y judíos. Actualmente, todos los del mundo, desde los africanos a los chinos, pasando por todos los hispanoamericanos.

-España se constituye como nación a partir del siglo XV. Nación que progresivamente se va convirtiendo en Estado unificado. Esta unificación nunca destruyó el sustrato medieval de Cataluña, Navarra, Galicia y Portugal, donde pervivieron lenguas y algunas instituciones políticas diferenciadas. Salvo Portugal, ninguno de los antiguos reinos o condados medievales tuvieron suficiente necesidad, interés o posibilidades de constituirse en naciones independientes. Así que han mantenido su integración política, social, económica y cultural con el resto de España durante los últimos cinco siglos. Las diferencias nunca han sido tan importantes como para impedir su integración positiva y duradera en España. Estos son hechos, no “historias”.

-La integración política de España no ha sido fruto de la imposición por la fuerza. El ejemplo más claro es Portugal. Si de verdad hubiera habido una voluntad de independencia sólida y fundamentada, Galicia, País Vasco y Cataluña hubieran seguido el mismo camino. No digo que no haya habido momentos históricos ni intentos de independizarse, sino que esos intentos no tuvieron suficiente apoyo y determinación como para llevarse a cabo. ¿Por qué? Eso ya es discutible. Lo que yo digo es que hubiera sido imposible mantener la integración sólo mediante la fuerza de las armas, mediante una imposición externa (“los ocupantes”). Sin la colaboración, el consentimiento y el interés de la gran mayoría de los habitantes de esas zonas, clases dirigentes incluidas, no hubiera sido posible mantener hasta hoy esa unidad política, jurídica y social que llamamos España.

-El pasado, en resumen, no da ningún argumento serio para que hoy se esgrima ningún derecho histórico para justificar la independencia. Otra cosa es que hoy se quiera esa independencia por razones de interés político y económico, y para ello se acuda a la historia, interpretándola de manera arbitraria y sesgada hasta convertirla en mito (los nuevos nacionalismos necesitan asentarse en el mito, transformar imágenes, banderas, himnos, hechos históricos, diferencias culturales, modos de comportamiento, etc. en verdaderas fantasías colectivas actuantes, porque su obsesión es “marcar la diferencia”, en este caso, negar todo lo que objetivamente les une a España).

-Las diferencias entre catalanes, vascos, gallegos y el resto de españoles son tan superficiales e imaginarias, que no sostienen el más mínimo análisis. Aparte de la lengua (en el caso de los que, siendo catalanes, vascos o gallegos, se expresan sobre todo en catalán, vasco o gallego, no para los que tienen como lengua materna el español, al menos la mitad de la población), el resto de diferencias no tiene ninguna significación política, jurídica, económica o cultural. Podrían encontrarse más diferencias (externas, de costumbres, de “modo de ser”) entre un leonés y un sevillano, que entre un leonés y un catalán, por poner un ejemplo.

-Las diferencias, por tanto, no son reales o importantes, salvo en un aspecto: el sentimiento de pertenencia. Aquí sí encontramos diferencias, desde la identificación emocional, mítica y religiosa de un catalanista o un galleguista con su “nación”, hasta la despreocupación e indiferencia de un madrileño por su territorio.

Todo esto nos lleva a la conclusión que el problema del independentismo nacionalista es en gran parte un problema ideológico, emocional, inducido, alimentado y sostenido por la voluntad y determinación de una minoría que espera sacar beneficios de todo tipo con esta estrategia de tensión, presión, imposición, amenaza, ruptura. Beneficios indudables de los que ya disfruta, pero que creen pueden ampliar en el futuro. ¿Por qué caer todos en la red mental, política, ideológica y lingüística que ha ido tijiendo esa minoría durante los últimos treinta años?
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