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lunes, 24 de noviembre de 2008

EL BRILLO DE LOS OJOS

(Foto: S. Trancón)




Nada más misterioso que el brillo de los ojos.

Dice Carlos Castaneda que el intento se intenta con los ojos, que el brillo de los ojos encierra el misterio del intento.
Todo lo que hacemos es fruto de nuestro intento, o de esa fuerza que actúa en nosotros a la que podemos llamar intento.

La atención es la que da vida a nuestros ojos. Solemos colocar la atención en nuestro interior, en el interior de nuestro cerebro, y por eso estamos acostumbrados a mirar sin ver.

Pero podemos colocar la atención de los ojos a un brazo de distancia, fuera de nuestra cabeza. Sacar la mirada de las cuencas de los ojos y volverla hacia fuera. Mirar desde fuera de los límites del cuerpo físico y situar la fuerza sutil de los ojos, su brillo, un poco más allá, hacia los límites de nuestro cuerpo energético.

La mirada que mira sólo hacia adentro, que se ensimisma, encoge nuestro cuerpo, lo repliega sobre sí en busca de un apoyo, una solidez e inmortalidad que no posee.

Desplegar la mirada, el brillo de los ojos que intentan ver, hacia el exterior, es una experiencia sorprendente. Poco a poco, si hacemos el ejercicio de mirar, no desde la cuenca opaca donde se alojan nuestros ojos, sino desde un punto que está un poco más allá, a un metro de distancia, en el aire, nuestros ojos adquieren otro brillo y todo se vuelve más transparente.

Hablo de un ejercicio físico que permite un desplazamiento del foco, de la convergencia del foco de los ojos. Se aclara la percepción, se disuelve la niebla, el adormecimiento de la conciencia. Sólo mirando desde ahí nuestro cuerpo se aligera y unifica al disolver su solidez. Las fibras de nuestro ser energético se vuelven menos rígidas. Sentimos que somos una masa de energía que va más allá del cuerpo físico. Por un lado, nuestro cuerpo físico se vuelve menos denso y, por otro, la energía dispersa de nuestra conciencia se condensa.

Tuve hace tiempo un sueño. Tenía entre mis manos la cabeza de un muerto. La moví y de pronto se abrió su ojo derecho. Vi entonces que ese ojo me veía. Me di cuenta, al mismo tiempo, que aquel rostro era mi propio rostro. Tenía entre mis manos mi propia cabeza. Me desperté sudando y jadeando. En aquel momento escuché una frase que repetí fascinado: “El ojo que se ve a sí mismo muerto”. Muerto, el ojo puede verse a sí mismo muerto. A veces pienso que uno no está muerto del todo hasta que no se ve a sí mismo muerto. La certeza de la muerte sólo la puede dar el ojo, el brillo de los ojos. Por eso ser conscientes de nuestra muerte devuelve el brillo a nuestra mirada.

La conciencia es ese ojo que se ve a sí mismo, pero desde fuera. La conciencia es el brillo de la mirada que mira hacia fuera, y por eso ve.
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