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jueves, 6 de noviembre de 2008

NOSCE TE IPSUM

(Foto:Javier Herrero)

La antigua máxima, por repetida, por sabida, acaba dejándonos indiferentes. Más aún: la consideramos una perogrullada. Yo me conozco muy bien, solemos decir y pensar. Pero no. Basta que nos paremos a pensar un segundo para caer en la cuenta de que no nos conocemos. Muy poco. Casi nada. ¿Por qué?

Primero, por eso mismo, porque damos por supuesto que ya nos conocemos. Y parece evidente: ¿Cómo no voy a conocerme si llevo conmigo mismo toda la vida? Pues no, repito. No nos conocemos. Más aún: aseguro que a quien menos conocemos es a nosotros mismos. Sí, nos vemos en el espejo y nos reconocemos. La imagen de uno mismo está omnipresente en nuestra conciencia. Pero esto mismo es lo que nos impide ir más allá de esa superficie y exterioridad que el espejo crea.

No conocemos, en primer lugar, nuestros defectos, reacciones estúpidas, comportamientos rígidos, repetidos errores. Lo que para los demás suele ser evidente, para nosotros es con frecuencia inaccesible, invisible, impensable. Se ha hecho carne pegada a nuestros huesos, materia gris, reacción neurológica automática. Las mismas opiniones, obsesiones, creencias, supuestos nunca puestos en duda.

Somos ciegos a nuestras peores actitudes y comportamientos. Yo tengo un método infalible para adentrarme en esa espesa niebla que me oculta de mí mismo: todo aquello que me irrita de los demás, todo lo que no soporto en los otros, eso mismo es lo que yo practico. No lo soportamos en nosotros mismos y lo proyectamos fuera: el recurso más fácil, y el más estúpido.

Tampoco conocemos nuestros mejores dones, talentos, cualidades. Los admiramos y envidiamos en otros, pero no nos atrevemos a encararlos y realizarlos con nuestro propio esfuerzo y energía. Y podemos. ¿Qué nos paraliza?

El yo, la idea exaltada que tenemos de nosotros mismos. Una idea paradójica, porque por un lado es exagerada y, por otro, tímida.

Para conocerse no hay que tener compasión por uno mismo. La autocompasión está detrás de casi todo lo que nos consentimos, nos disculpamos, nos culpamos y nos limitamos. Y la autocompasión genera la importancia personal y la obsesiva preocupación por uno mismo.

Sin conmiseración, sin juzgarnos dignos de lástima o compasión, sino seres que tienen energía suficiente como para enfrentarse a los retos de la vida, el reto de evolucionar, de alcanzar el máximo de nuestras posibilidades (casi infinitas), seguiremos ignorando lo mejor y lo peor de nosotros mismos. ¿Y quién cambia si no sabe qué es lo que debe cambiar de sí mismo? ¿Quién cambia si está convencido de que no tiene nada que cambiar? ¿Quién cambia si tiene miedo a conocer todo lo que tiene que cambiar?

Así que, para mí, no hay mejor camino que éste: conócete, reconócete, acéptate, y empezarás así a cambiar. Un cambio que no tendrá fin, porque siempre descubrirás el abismo insondable de tu ceguera, de tu casi ilimitada estupidez. Pero también, de tu inabarcable misterio, de tus inexploradas posibilidades.
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