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jueves, 17 de abril de 2008

DIME LO QUE PIENSAS



(Fotos: Beatriz Moreno)



Lo que más hacemos en la vida es pensar. El cerebro consume la mayor parte de nuestra energía (glucosa). Al día podemos llegar a activar más de 60.000 pensamientos. Calculad el número de pensamientos que caben en un año, en diez, en una vida. La vida es larga, si la medimos en número de pensamientos. El cálculo es difícil, porque los pensamientos se entrelazan, se fragmentan, quedan inacabados, se bifurcan y no tienen límites precisos. Pero también es cierto que tienden a emerger como proposiciones categóricas.

La mayoría de nuestros pensamientos son automáticos, incontrolados, repetitivos. Muchos de ellos giran en torno al yo: a la idea, la imagen y la preocupación por uno mismo. Su función principal es alimentar y sostener al yo, ese ser que crece en nuestro interior para acabar ahogando al ser.

Para tomar conciencia de nuestros pensamientos hay que realizar un ejercicio paradójico: observarlos como si no fueran nuestros, distanciarlos, no identificarnos con su contenido, separarnos de ellos. Es un pensar sin pensar. A eso Carlos Castaneda le llama acecho. Lo mismo que un animal o un cazador acecha a su presa desde un “no lugar” (no visible para el observado), así observar a los pensamientos que pasan por nuestra mente.

Comprobamos entonces que casi todos van a parar al mismo lugar, a las mismas obsesiones, a una serie de proposiciones que nos repetimos hasta la saciedad: “qué mala suerte tengo”, “no me merezco esto”, “yo soy distinto”, “quién se habrá creído que soy yo”, “nadie me comprende”, “yo valgo mucho más que todo eso”, “¿por qué me tiene que pasar esto a mí?”, “yo soy así, no puedo evitarlo”, etc.

Lo malo de estos pensamientos es que son debilitantes y absorbentes: no dejan energía ni espacio para otros pensamientos vivificadores. Son pensamientos emocionales, dominados por la activación límbica. Por eso como mejor se controlan los pensamientos es con desapego, no aferrándonos a ellos, no identificándonos con ellos. Estando siempre dispuestos a no darlos por hechos, a cambiarlos, a relativizarlos, a no otorgarles un poder que no tienen.
Resumiendo de modo aforístico, heurístico o proverbial:

Dime lo que piensas, y te diré qué sientes.
Dime lo que sientes, y te diré qué haces.
Dime lo que haces, y te diré quién eres.
Es más fácil controlar los pensamientos que las emociones.
Si controlas tus pensamientos, controlarás tu vida.
O dominas tus pensamientos, o tus pensamientos te dominan a ti.
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