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miércoles, 23 de abril de 2008

SU ILUSTRÍA, EL MINISTRO

(Foto: J.Rodríguez)
Soy reacio a comentar sucesos de actualidad. Confundir lo nuevo y actual (lo que actúa y transforma el aquí y ahora) con lo novedoso y llamativo (lo que sale en medios de comunicación) es error tan extendido que no hay modo de rebatirlo. Sin embargo, acabo de leer una entrevista de nuestro ministro de cultura, Cesar Antonio Molina, que publica El País, y he encontrado tantas extrañas afirmaciones que no he podido resistirme a comentarlas a pantalla descubierta. Veamos qué dice y cómo lo dice.

Preguntado sobre el conflicto de competencias entre su Ministerio y el de Asuntos Exteriores a propósito del Instituto Cervantes (adscrito a Exteriores, pese a su empeño en llevárselo a Cultura), reacciona como el Emperador de China: “¿De quién es…?”, se pregunta y va señalando infinidad de instituciones. “¿Quién tiene…?”, reitera y enumera otras tantas. Y se responde: “de Cultura”. A Exteriores le adjudica “las infraestructuras”, todo lo demás es… suyo. Llega a decir, “estamos presentes en todo”. La cultura para él, además, “está por encima de todo y de todos, vengan unos o vengan otros”. Sobre el cese de unos cargos del Instituto Cervantes que él había nombrado, afirma:“son ceses que se han ejecutado sólo por fastidiarme a mí”. Y sobre el futuro del director del INAEM: “Seguirá, ¡porque lo he nombrado yo!”
Aparece en una foto muy estirado, sentado en el brazo de un sillón (informal, parece decirnos que él “no se apoltrona”), aunque el estampado es horroroso.

Para nuestro Ministro, su Ministerio, como vemos, es ante todo un asunto de poder. Pero poder entendido como “mandar”. Cultura es cosa suya y la cultura, por supuesto, es lo más sublime de este mundo, está por encima del bien y del mal. Hay tanto egocentrismo reconcentrado en las respuestas que en lugar de hablar o decir algo de interés sobre la cultura, algún proyecto o idea nueva, sólo se dedica una autodefensa que nadie le ha pedido. Y sobre el código de nuevas prácticas que ha promovido en el Reina Sofía, pues parece que por ahora ya es suficiente. “Hay que dar tiempo al tiempo”, dice, estrujándose el cerebro. Yo me pregunto a qué hay que esperar para meter mano a la corrupción encubierta y a veces descarada con que se mueve parte del dinero público dedicado a la cultura.

Yo creo que todo parte de una idea tan equivocada de la cultura que sobra cualquier comentario. Entiende la cultura como lo que gira en torno a las ceremonias que la nueva burguesía retroprogre utiliza para darse prestigio y distinguirse, ya sea exposiciones, estrenos, premios, festivales, conciertos de postín, congresos, ferias, etc. Lo que luce, el autoprestigio, la impostura, cualquier cosa menos la cultura viva y la creación libre.

Confieso que he leído muy poco de lo que nuestro Ministro poeta ha escrito, pero hojeando alguno de sus libros me he topado con versos de este calibre:
Mis días están plenos en el resollar fatídico del océano
O
Tu cabellera ondula la escribanía como una vegetación

Bueno, pues eso. A lo mejor coincide todo: el ser mal poeta, el tono desabrido, cierta soberbia, poco talante y menos humildad. Yo le oí a Zapatero que… Pues no parece que en este caso haya tenido mucho tino. Creo que son muchos los que piensan como yo. Otra cosa es que callen por... lo que sea.
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