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jueves, 3 de abril de 2008

A LA CUESTA DE MOYANO

(Foto: S.Trancón)
El lector de estas páginas volanderas (son más volátiles que las de papel, aunque permanezcan en la pantalla, pues se leen sin la fijeza y atención que propicia la materialidad física del libro) se habrá percatado de que hablo poco de mí mismo, al menos directamente. Huyo del diario, porque esto del bloc es otra cosa, nuevo género, más libre acaso que cualquier otro, ya que cada uno le puede dar el tono y el contenido que quiera. Aunque tiene entidad propia, para mí es un intermediario entre el montón de papeles que tengo escritos y medio perdidos, y lo que luego puedan llegar ser textos literarios destinados a una posible publicación. Es también un modo de recapitular ideas y experiencias con voluntad reflexiva y aclarativa, no sólo comunicativa.
Me mueve ahora otro impulso, otro intento, que es el de atreverme a poner por escrito algunas cosas de mi vida y de tantísimos personajes a los que he ido conociendo a lo largo, ancho y alto de mi vida, breve, como todas, pero ya bastante cargada de recuerdos. Vaya una, para explicar lo que quiero decir.

Un año di clases en el Instituto Cervantes de Madrid. Allí, un profesor amigo me contó que había pasado por el centro, como profesor, Carlos Sahagún, premio nacional de poesía en 1982, que fue el año en que yo tuve que salir casi por piernas de Barcelona (acaso lo cuente un día). A Carlos Sahagún lo conocí en Barcelona y también se vino a Madrid el mismo año que yo, y por el mismo motivo. Bien, pues me contaba mi amigo que por aquel tiempo era frecuente que en los institutos cundiera de pronto el pánico cuando se producía una amenaza de bomba. Así ocurrió una vez en el Cervantes, y entonces, Carlos Sahagún se puso a correr por los pasillos al grito de “¡A la cuesta de Moyano, a la cuesta de Moyano, todos a la cuesta de Moyano!”

Para quien no lo sepa, la cuesta de Moyano de Madrid es la calle de puestos de libros más entrañable y antigua de la ciudad, a la que ahora han peatonalizado con un gusto pésimo (¡viva el cemento!). Está a más de dos kilómetros del Instituto Cervantes. Pues a mí esto de que para huir de una bomba, Carlos Sahagún propusiera ir a buscar refugio en la Cuesta de Moyano, entre las casetas y puestos de libros, me parece una genialidad.

A Carlos le he perdido la pista. Tengo de él una imagen enternecedora, con su dogmatismo leninista y sus magníficas fobias. Lo último que recuerdo es su exaltación de El Cojo Manteca, aquel personaje que se hizo famoso por romper farolas con una de sus muletas en las manifestaciones estudiantiles. Lo consideraba un verdadero revolucionario.
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